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La planificación familiar en el Perú del siglo XX bajo la mira

Entrevista al historiador Raúl Necochea, autor de "La planificación familiar en el Perú del siglo XX" (IEP - UNFPA 2016)

La planificación familiar en el Perú del siglo XX bajo la mira

La planificación familiar en el Perú del siglo XX bajo la mira

Luego de la polémica generada por las denuncias en torno a esterilizaciones forzadas cometidas en los noventa, el historiador Raúl Necochea decidió investigar si acaso esta fue la única vez en que en nuestro país ocurrió una controversia similar en medio de diversos intentos por establecer una estrategia de planificación familiar.

Ese interés inicial dio paso a una investigación ardua que hizo posible el libro “A History of Family Planning in Twentieh Century Peru”, publicado por la Universidad de Carolina del Norte en 2014 y ahora traducido al castellano por el Instituto de Estudios Peruanos (IEP) y el UNFPA bajo el título “La planificación familiar en el Perú del siglo XX”.

La publicación tiene una extensión de 350 páginas e incluye seis capítulos, una interesante introducción y una vasta bibliografía. La diversidad de los temas tocados por Necochea va desde la idea que se tuvo hace unas décadas sobre el potencial reproductivo de la nación, los abortos, las políticas de control poblacional,  el papel de la iglesia en una sociedad como la nuestra, el uso de métodos anticonceptivos, entre otros.

Conversamos con el autor de “La planificación familiar en el Perú del siglo XX” sobre su investigación, que consistió en revisar no solo libros y periódicos, sino también expedientes judiciales, archivos médico y hasta partes policiales.

-¿Cuánto influyó el racismo y el centralismo en el diseño de políticas de planificación familiar en el Perú del siglo XX?

Una de las acusaciones más graves a nivel sistémico, cuando empezaron a ocurrir las cirugías no consentidas de esterilización quirúrgica (en los noventa), era muy claro que quienes más sufrían este problema eran mujeres indígenas de habla quechua en zonas rurales. Y lo curioso es que, en cuanto a abuso, marginación y falta de cuidado, no tiene nada de nuevo que estos peruanos y peruanas sean quienes más lo hayan padecido.

-¿Cómo puede evaluarse la influencia de los gobiernos extranjeros en el diseño de las políticas poblacionales que se han aplicado en Perú?

Hace algún tiempo tenemos la percepción de que los gobiernos extranjeros ‘nos han hecho algo’ a nosotros. Una de las cosas que busco en mi libro es rescatar que nosotros también hicimos bastante, y me refiero a nuestros médicos, gobiernosy a nuestros intelectuales. No hemos sido ni monigotes ni títeres de nadie. Tomamos iniciativas que han sido buenas y otras no tan buenas. Todo debemos entenderlo en su contexto. Aunque también es cierto que entidades como la Agencia para el Desarrollo Internacional de EE.UU. han jugado un papel, las facultades de medicina francesas jugaron otro, los intelectuales venidos de Europa también. Eso se mezcló con los intereses y preferencias de los peruanos.

-Usted menciona al inicio del libro la Teoría de la Transición Demográfica. ¿Qué significa esto y cuánto influyó en el Perú del siglo XX?

Una cosa importante es la formulación de dicha teoría como algo que explica cambios de larga distancia en las historias de muchas naciones en vías de desarrollo. La idea de que naciones de ese tipo se mueven de tener tasas altas de natalidad a otras pequeñas, y a la vez que disminuyan sus tasas de mortalidad, conforme aumentan los procesos de urbanización y de desarrollo es parte del conglomerado de la teoría descrita, que en mi opinión –en rasgos generales—es (una teoría) muy acertada, usada y reconocida. Lo que sí quería era precisar cómo esta teoría se usa y entiende en contextos como el nuestro.

-¿Por ejemplo?

Por ejemplo la idea de que muchas de las ideas y tecnologías para regular la fertilidad venían de afuera. Esa idea es correcta hasta cierto punto. Sin embargo, las mentalidades de los peruanos acerca del tamaño de familia deseada, las aspiraciones de las mujeres para trabajar, venía cambiando desde mucho antes de que llegaran las teorías modernas de planificación familiar. Eso no debe perderse de vistas. Otro detalle importante era de dónde venían las motivaciones de las personas para querer tener más o menos hijos. La teoría decía que era un tema económico. ‘Tener menos hijos, aumenta la capacidad de ahorro, el espacio para tomar decisiones, ser más ambicioso, trabajar y buscártela más’. Sin embargo, lo que yo encontré era que muchas veces las decisiones acerca de tener o no tener hijos son mucho más complicadas que simples disposiciones financieras. También tenía que ver, muchas veces, con cosas completamente irracionales como el amor, los conflictos de pareja, la habilidad que tenían redes de mujeres para unirse y ayudar a una mujer a tener un aborto. Cosas que desde otro punto de vista son muy sensatas. Esas cosas también me interesó destacar y no son claves en la teoría de la transición demográfica.

-Probablemente uno erra al asociar planificación familiar solo a la mujer, sin embargo, los hombres también juegan un papel importante. Y en su libro usted detalla una especie de ‘campaña del miedo’ dirigida hacia ellos en parte del siglo XX…

A comienzos del siglo XX los hombres no estábamos exentos de las campañas para educarnos sobre la importancia que teníamos como padres de familia, como ‘proveedores’, miembros de la sociedad, en un contexto donde no había las facilidades que dan los métodos de planificación familiar que hoy existen. Entonces, la ‘educación’ de nuestras emociones, los sentimientos de culpa, de asco hacia las enfermedades de transmisión sexual, o hacia el mal cuidado de los niños era algo que a los intelectuales les interesaba tocar para generar conciencia. A comienzos del siglo XX los hombres no estuvieron exentos de este debate. Recién cuando empezaron a aparecer los métodos ‘modernos’ de planificación familiar –como la píldora o el dispositivo intrauterino—este tema cambió de tono y como que a los hombres ‘nos dejaron’ de lado un poquito, dejando la temática en casi un asunto de mujeres.

-Uno de los capítulos está dedicado a Irene Silva de Santolalla como una especie de ícono de la ‘mujer doméstica’.  ¿Cómo era entonces la correlación de fuerzas entre las mujeres adscritas a las ideas de Silva y las feministas?

Ese era un momento de transición muy interesante en la historia intelectual peruana. Desde nuestro punto de vista esas corrientes parecerían conservadoras, sin embargo, para ella --la primera senadora que tuvo el Perú-- sus ideas eran completamente ‘pro-mujer’, pro dignificación del trabajo doméstico de la mujer, pro complementariedad entre hombres y mujeres. Cosas que eran más complejas de lo que pretendemos ver hoy. Era un momento de transición, así que la siguiente generación de mujeres urbanas bien educadas, de tendencia algo más liberal o de izquierda, cuando veían enseñanzas como las de Irene estas les parecían demasiado conservadoras, o quizás tiradas hacia un catolicismo rezagado. Desde cierto punto de vista, también tenían razón. Por ejemplo, decir en los años 70 que la mujer debía tener un papel clave más dentro del hogar que fuera, era casi repugnante e intolerable para las feministas de esa década.

-¿De qué manera se usó la legislación para tipificar, perseguir y castigar el aborto a lo largo del siglo XX?

Cambiaron algunas leyes muy importantes a comienzos de la década de 1920 cuando se legalizó el aborto terapéutico, que recién en el año 2014 se ha avanzado un poquito más en la tipificación de las circunstancias en las cuales un aborto terapéutico es válido. Lo que me parece muy interesante es que en 1924 cuando se dio esta ley, muchos médicos peruanos guardaron un silencio absoluto en torno a si estaban a favor o en contra. El pasaje de la ley no fue algo que los galenos hayan luchado por conseguir, no era algo que reivindicaban como un derecho de la mujer, sino que parece haber sido algo que ocurrió al nivel del Congreso peruano. Me parece interesante porque, actualmente, el aborto terapéutico es completamente legal, sabemos algo más de las circunstancias que lo volverían legítimo, pero finalmente quienes estarán a cargo de estos procedimientos son médicos. Y creo que sabemos bastante poco respecto de sus actitudes y sus prácticas, tanto quizás como lo que conocíamos en los veinte. Necesitamos saber qué opinan los médicos del tema porque son personajes clave.

-Hay otra parte muy interesante de su estudio relacionada al uso del condón en nuestro país. ¿Cómo ha ido variando la percepción de los peruanos con respecto al uso de este preservativo?

Tenemos condones de látex en el Perú desde que el proceso de vulcanización (lo que hace que el caucho sea estirado) se extendió en las américas a fines del siglo XIX. Los condones de jebe estaban, inicialmente, muy asociados con la prostitución. Se vendían ‘solapadamente’ pero también libremente en la calle, lo cual generaba bastante rechazo en algunas esquinas. Esa actitud un poco que se le pegó al condón. Fue una tecnología un poquito estigmatizada a comienzos del siglo XX, aunque tuvo más bien dos caras: algo que protegía de enfermedades de transmisión sexual, pero que a la vez era asociado a lo ‘sucio’. Y esto quizás es algo que hoy en día permanece.

-Teniendo en cuenta su investigación y sin dejar de lado el contexto, ¿qué evaluación puede hacer usted sobre el papel de la iglesia en relación a las políticas de planificación familiar tomadas en el Perú durante el siglo XX?

Cuando empecé a investigar para este libro leí una edición de la Revista Peruana de Obstetricia y Ginecología. Entre todos estos artículos escritos por médicos, había uno redactado por un sacerdote, el padre jesuita Enrique Bartra. Pensé, qué hace un sacerdote escribiendo en una revista de ginecología. Fue la primera pista que tuve de un programa que existió en los sesenta, auspiciado por las esferas más altas de la iglesia católica, incluyendo por el padre Juan Landázuri, para proveer a familias peruanas de píldoras anticonceptivas –llamadas entonces anovulatorias, por su acción—, que entonces eran muy novedosas por su forma de trabajo, pues creaba condiciones químicas diferentes dentro del cuerpo de la mujer. Entonces, dada esa apertura en el conocimiento científico, la iglesia católica empezó a considerar la posibilidad de usar esta tecnología nueva para responder a una demanda para controlar mejor la fertilidad de hombres y mujeres, sin dejar de lado la doctrina católica. Y en Perú avanzamos más que en ningún otro país para tratar de efectuar dicha convergencia.

-Pero luego…

Cambiaron las cosas. El nuevo Papa, Pablo VI, decretó que la píldora no era aceptable, después de todo el suspenso que se generó. Eso no nos detuvo en Perú. El programa continuó por muchos años más y se terminó deshaciendo por falta de fondos. Sin embargo, la gran lección aquí es que la iglesia católica en los sesenta y setenta tuvo una actitud bastante ‘creativa’ y capaz de conversar con segmentos diferentes de la sociedad, no para someterse a lo que les digan sino para encontrar una alternativa nueva, que les permitiera mantener lo más importante de su doctrina: crear mejores familias católicas sin dejar de responder a un clamor popular. Eso fue importante y lo lograron hacer durante mucho tiempo.

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