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"Justin Bieber: algún día serás viejo", por Jaime Bedoya

Un intento por decodificar el germen, también biológico, de la desenfrenada pasión por Justin Bieber y demás ídolos

Justin Bieber: algún día serás viejo, por Jaime Bedoya

Justin Bieber: algún día serás viejo, por Jaime Bedoya

Esta es la cruda verdad: la gloria de las estrellas juveniles se alimenta de las hormonas de nuestras hijas. 

La ciencia médica pretende relativizar el tema describiendo la situación como una etapa inocua y pasajera de histeria colectiva, cuyos antecedentes –superando largamente los entusiasmos que despertaban Frank Sinatra, Elvis Presley o a nivel local Los Doltons o el sempiterno Santiago Rogelio Farfán Holguín, alias Jimmy Santi1 – llegan hasta el compositor y pianista Franz Liszt (1811-1886). 

En el siglo XIX sus jóvenes seguidoras le arrojaban corsés al escenario y peleaban despiadadamente por un bucle o prenda del inventor del recital de piano moderno. Un tema pendiente de mayor indagación es determinar la distancia que separa un guante de terciopelo de Liszt del calzoncillo de Justin Bieber. 

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En estos tiempos en que se puede, se ha determinado que las canciones azucaradas y propensas al sonsonete repetitivo generan la producción de dopamina. Este neurotransmisor es el mismo que liberan los centros de recompensa cerebral al comer chocolate, apostar o disfrutar del deseo sexual. Es la dopamina lo que explica por qué una canción idiótica, sea de Bieber o de Luis Fonsi, tú eres el imán yo soy el metal, se resiste a salir de nuestra cabeza, cual Toblerone derritiéndose lentamente entre ambos hemisferios cerebrales. 

Súmese a esto una coyuntura fisiológica gravitante. Es durante la adolescencia que las niñas tienen sus primeros sentimientos sexuales y románticos. Esta transición psicosexual ha sido meridianamente descrita por quien los más preclaros representantes del conservadurismo nacional identificarían como pionero inadvertido de la ideología de género, Julio Iglesias, el hombre que amaba a la mujeres y a su perfil derecho. El español lleva la teoría a la praxis en su magistral interpretación de la balada “De niña a mujer” (1981). 

La quería ya tanto que al partir de mi lado 
ya sabía que la iba a perder 
es que el alma le estaba cambiando 
de niña a mujer.

Esta canción, valga la digresión, fungió de inmisericorde y necesario puntillazo en la nuca al sentimiento paterno inocentón representado en la canción “Mi niña bonita” del bolerista Lucho Barrios, himno de la sobreproducción de baba que la primogénita hembra suscita en el padre. 

Yo creo que a todos los hombres 
les debe pasar lo mismo 
que cuando van a ser padres 
quisieran tener un niño 
luego te nace una niña 
sufres una decepción 
y después la quieres tanto 
que hasta cambias de opinión.

Volviendo al tema de fondo que nos ocupa, estas primeras emociones que experimenta una adolescente encuentran un cauce seguro y controlado al ser proyectadas en una celebridad distante y ajena, que muy improbablemente conocerán alguna vez en la vida real. Esa distancia es un cinturón de castidad invisible. La manera segura de procesar el huaico hormonal que las embarga. 

A esto es lo que se referían en 1997, si bien de manera bastante tosca, los venezolanos Servando y Florentino, intérpretes de ese tema emblemático llamado “Una fan enamorada” cuando tras presentarse en la Feria del Hogar, patear a un bombero y estar involucrados en la muerte por asfixia de cinco fanáticas, se refirieran a sus seguidoras locales como cholitas aguantadas. 

Lo inevitable es que la estrella infantil crece (y luego engorda y se arruga). Y tras años de ser mantenido muchas veces artificialmente en ese limbo angelical asexuado y apto para todos que su mercado requería, empieza su transformación en un depredador sexual desbordado por la fama y el narcisismo a escala global. Piénsese en la ex Hanna Montana, sonsa y jorobada, convertida en la sexualmente agresiva Miley Cyrus sacando la lengua y punteando a quien se le pusiera delante o atrás, o al propio Bieber paseándose calato por Jamaica, orinando en la calle y haciendo todo lo posible por demostrar que está en las antípodas del niñato acabrado que saltó a la fama vía You Tube cuando tocaba en las calles canadienses y por máximo rasgo de peligro tenía un sonso tatuaje de una gaviota en homenaje a quien por entonces era su inspiración: Juan Salvador Gaviota. Aquel mamarrachiento pájaro parlante que encarna el cliché de la superación personal a través del adefesiero sé tú mismo. Triste metáfora felizmente neutralizada contemporánamente por el oportuno malhumor de los Angry Birds y la grosería del Gallito Inglés2. Bieber no era gaviota. Era pavo. 

TESTIMONIO DE PARTE
Con lo cual llegamos al momento, con vuestro permiso o no, del testimonio personal. Siendo padre de una jovencita en pleno tránsito de salida de la adolescencia doy fe de las penurias y tribulaciones que embargan al joven espíritu femenino respecto a la idolatría prepúber. Es decir, padres jóvenes, prepárense con amor y templanza para la tarea de educación y administración endocrina que les espera. 

En estoico homenaje a mi abuela paterna, señora con personalidad y ascendencia gala, mi hija iba a llamarse Clementina. Una voz amiga me hizo reparar que tal nombre, desprendido del valor sentimental, podría considerarse mas bien afín al ganado vacuno. Quedó como Josefina. El vínculo entre Josefina y el fanatismo infantil empezó a raíz de una coneja muerta. 

En uno de sus primeros cumpleaños como bípeda implume y andante recibió ella un gazapo hembra, nombre de equívoco con que se denomina al conejo bebe. Le puso de nombre Boba. El amor hacia el animal fue instantáneo pero mortal. Durmiendo abrazada a ella con todas sus fuerzas, el animal amaneció asfixiado, es de esperar que de manera indolora. 

Tuve pocas horas para recorrer la ciudad en busca de un conejo de iguales rasgos para reemplazar el cadáver aún tibio entre sus brazos. Encontré uno de nariz un poco más rosada, pero conejo al fin y al cabo. El cambio de cuerpos fue sutil y oportuno, aflojando un tanto el agarre para evitar un genocidio conejil. Josefina despertó y guardó sospechoso silencio durante el día, mudez acompañada por una mirada desconfiada hacia el animal. 

Recién al final del día consideré oportuno preguntarle qué pasaba. Había algo que le preocupaba: de un día a otro le había crecido un pipilín a su conejita. 
Para cambiar de tema derivé su interés hacia la televisión, el viejo truco de la madrastra electrónica. Estaban dando un esperpento estruendoso y disforzado llamado “Floricienta”. Ahí empezó la debacle. 

DE FLORICIENTA A JONAS BROTHERS
Floricienta era la versión argentina de la Cenicienta. Una huérfana alegre, colorida y cantarina que con dejo porteño vivía gritando su amor por el hijo mayor de los Fritzenwalden (sic). El personaje estaba interpretado por la entonces joven y entusiasta actriz Florencia Bertotti, hoy respetable señora cuya inusual aparición en bikini este verano en Mar del Plata fue llamado por la prensa rosa argentina como el terrible lomazo de Florencia Bertotti, elogiando mediante metáfora parrillera la estupenda figura de la otrora niña actriz. 

El bodrio con que esta señora se aseguró la vida venía entonces acompañado por el respectivo márketing de rigor, álbum, disco, cuaderno, y concierto en Lima al que –por supuesto– Josefina tenía que ir para superar el trauma transgénero de su mascota. 
Pero para ir al concierto antes era requisito psicológico tener el álbum, el disco, el cuaderno y –antes que nada– las odiosas zapatillas Converse multicolores que caracterizaban esta alharaca. Desperdicié un día y medio en Buenos Aires en un viaje de trabajo buscando ese par como si se tratara de la vacuna contra el cáncer. Pero fue al concierto con las zapatillas puestas. Había creado a un adorable monstruo. 

El patrón, siempre con merchandising de por medio, se repitió en una sucesión continua de estrellas, ídolos y cantantes hechos en serie. Homogeneidad interrumpida por esporádicos paréntesis de sensatez, como un concierto de los Rolling Stones en Buenos Aires en el 2006 que ella, graciosamente, recuerda porque eran viejitos y llovía. 

Descartada la fundacional Floricienta, no faltó en el culto y conciertos de Selena Gomez, Miley Cyrus, Demi Lovato, Shakira y Katie Perry, entre otros. Pero quienes establecieron un antes y después en esta obsesión serial adolescente fueron los Jonas Brothers, modélicos artistas procreados en la rentable incubadora comercial de Disney. 

Los hermanos Jonas se presentaban como tres pavos de Nueva Jersey bajo juramento de castidad, infantilizados con esmero industrial. La perfecta atracción sin riesgos. Además uno de ellos, Nick, se promocionaba como doliente diabético, condición que al entendimiento de una menor era motivo urgente de empatía y conmiseración. Josefina lloraba por los Jonas Brothers. Por lo que, además de castigar mi triste historia crediticia con las entradas para el concierto en el Estadio Nacional, año 2009, enfrentaba la disyuntiva de resolverle algún tipo de cercanía con el trío fraterno. Para eso sirven los periodistas, embajadores del canje, de la entrada de cortesía y del alterne con estrellas de baja estofa. 

Entonces fue cuando la paternidad me hizo caer en un par de despropósitos. El primero de ellos fue prestarle atención a la música de los Jonas Brothers. De una manera perversa, venenosa diría, un temita se empezó a colar en mi subconsciente bajo la consideración a todas luces falsa de que se trataba de “una buena canción”. Se trataba de Lovebug, balada pueril acerca de la recaída amorosa. La escuchaba a escondidas a todo volumen, cuando conducía solo, imaginándola como un himno privado del amor hacia mi hija. Qué momento. 

El segundo despropósito puede haber sido peor. Y amerita ahora, ocho años después, una confesión pública. 

Conseguí para un fotógrafo el acceso a la prueba de sonido del trío en cuestión en el coloso de José Díaz. Compré una guitarra tan descartable como la música proveniente de estos tres hermanos y le encomendé al reportero gráfico, como misión de amistad, conseguirme el autógrafo de por lo menos 1/3 de los Jonas Brothers sobre el instrumento. El sujeto regresó con la guitarra intacta, sin rúbrica alguna sobre el maderamen. 

Sin temblarme la mano me apersoné ante el escritorio del ilustre ilustrador, valga la redundancia, Carlos Castellanos, con dos elementos: la guitarra y una copia de los autógrafos de cada uno de los Jonas. 

“Carlos, este es un tema muy personal y reservado”, le dije, pidiéndole un favor irrepetible. Él, algo confundido, procedió honorablemente a hacer lo mejor de su parte. 
Josefina recibió su guitarra autografiada. Durante ocho años no la tocó ni dejó que nadie lo hiciera con tal de preservar para la eternidad el nombre en tinta de sus ídolos temporales. 

Pero ahora que la magia en común ya no supone sucumbir mansos al ritual consumista de ir a conciertos de mierda, sino en la mayoría de los casos la gloria se reduce a reír espontáneamente de situaciones absurdas y hacer de esa risa alimento, es momento de ser absolutamente honestos. 

La guitarra y el amor siempre fueron verdaderos. Pero las firmas de los Jonas Brothers son tan falsas como la ingeniería de los puentes de Castañeda. 

Josefina, disculpa la inexactitud. Algún día Bieber será viejo, tú tendrás hijos y entenderás por qué se hacen estas cosas. 

(1) Sempiterno: que habiendo tenido principio, no tendrá fin. DRAE dixit.
(2) Procaz grafiti de baño que viene acompañado del verso: Este es el gallito inglés/míralo con disimulo/quítale el pico y los pies/y métetelo al culo. 

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