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“Ausentes”: el costo irreparable del conflicto

El crítico Percy Encinas comparte su opinión sobre el montaje de Rodrigo Benza.

“Ausentes”: el costo irreparable del conflicto

“Ausentes”: el costo irreparable del conflicto

Es esperable, aunque no muy frecuente, que a los teatristas contemporáneos no les baste con lograr una cuidada factura estética. Que busquen, a la vez, abordar un tema relevante en el contexto que les toca vivir. Que su trabajo satisfaga la necesidad de expresarse con las herramientas básicas pero poderosas con las que cuentan: sus cuerpos, sus emociones y sus destrezas en escena. Muchos aspiran a que su presencia ante la mirada del público sea vehículo de un discurso político, no en el sentido programático sino en el reivindicativo, sin dejar de ser artístico. Pero no todos lo logran. 

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Proyecto “Ausentes” es un deliberado intento por fundir en un mismo espectáculo preocupaciones éticas y estéticas. Para ello, elige escenificar un conflicto, lamentablemente frecuente en nuestra realidad, que implica dimensiones sociales, ambientales y culturales: una empresa minera, Newmine, enfrenta un levantamiento de los pobladores de la comunidad de Yuyus, quienes se oponen a la mina. En la galería de personajes están la policía (tanto la tropa como los mandos oficiales), altas autoridades políticas del país, funcionarias de ONG, periodistas, los representantes de la empresa y los comuneros con sus líderes en cada bando. Sin embargo, hay otro “actor clave” que se entrevera en las acciones y fricciones: el público, el que literalmente está atestiguando lo que ocurre, de cerca, rozando el conflicto, pero sin intervenir. 

Esa sola disposición escénica –usada antes por otros espectáculos como “El ocaso de la primavera” (2003) de Lázaro, Panfichi y Castrillón o “Sin título/Técnica mixta” (2004) de Yuyachkani– es un acierto que tiene relevancia: no tanto por incluir a casi todos los participantes directos e indirectos de un conflicto como este, sino en cuanto nos refriega, con una proximidad perturbadora, la responsabilidad ciudadana de tolerar o, peor aún, ensayar una neutralidad (aprovechando la convención del espectador) ante un conflicto que, veremos luego, tendrá consecuencias irreversibles. El público, desprovisto de la comodidad de sus asientos, será inducido a acompañar con su mirada los reclamos, las tensiones, los alegatos, las conciliaciones, la violencia desatada, trasladándose hacia cada punto escénico en distintos extremos del recinto, moviéndose para evadir los choques entre los bandos (preciosamente alegorizados con danzas guerreras), para evitar las trayectorias de las esquirlas y de los peligrosos desbordes. Los observadores estaremos casi sumergidos en los conatos, asaltos y masacres de ambos lados, sentiremos la cercana respiración de mujeres y hombres inocentes criminalizados, devorados por la escalada de su ira y de la represión consecuente. 

La vocación abarcadora del espectáculo decide combinar lenguajes artísticos, apelando a recursos del teatro documento y la multimedia: la imagen que inaugura el espectáculo es una solicitud escrita con sello de recepción de entidad pública, amplificada como imagen en negativo y el lenguaje que atraviesa a muchos personajes es típico de sociolectos reconocibles como el de activistas, funcionarios públicos, empresarios, políticos, ciertos periodistas. Además, despliega una partitura actoral, dancística y musical muy consistente. 

Los actores, además de interpretar varios personajes, desarrollan coreografías que permiten resolver escénicamente los más cruentos sucesos en clave simbólica. Estas partes corales son las más emocionantes y, junto a la imagen final, las que conmueven al público hasta las lágrimas según hemos podido constatar en más de una función. Mención aparte merece el trabajo de Melvin Quijada, sólido y convincente cuando habla, reclama, baila o pelea. Y de Andrea Fernández, quien salvo un breve rictus en la escena de la sala de espera de las víctimas, al descubrirse sentada junto a la viuda del bando rival, compone soberbiamente sus disímiles personajes.

La música, compuesta por Noel Marambio y Jan Diego Malachowski, es interpretada en vivo, enfatizando acentos emocionales en el desarrollo de las escenas. La obra exige a la mayoría de los actores componer varios personajes y todos consiguen, casi siempre a través de la construcción arquetipal, llenarlos de verosimilitud, estableciendo referencias que el público capta siempre. A facilitar el vínculo de la ficción con el referente real abonan también la elección de algunos vestuarios y la dramaturgia: la historia es ordenada, progresiva y estructurada (dividida en preconflicto, conflicto y pos-conflicto), hasta un tanto predecible. Sin embargo, “Ausentes” apuesta por la potencia de la forma: es en el modo envolvente y escénicamente descentrado en el que despliega esta historia, en la puesta en escena, en la eficiente articulación de lenguajes, como consigue impactar al espectador, recordándole desde el título que el costo irreparable del conflicto es la pérdida de personas, el dolor de familias de un lado y del otro, que estos problemas son más complejos que el reduccionismo binario de buenos y malos. Una obra de visita obligatoria. 

AL DETALLE

Teatro: Yuyachkani. Dirección: Jr. Tacna 636, Magdalena. Fechas: Luego de presentarse en el FAE Lima, serán nueve funciones adicionales, del 16 al 27 de marzo, de jueves a lunes a las 8:30 p.m. 

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