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Enrique Ghersi debuta como actor en "El monstruo de Armendáriz"

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Acompañan a Enrique Ghersi un elenco joven integrado por Manuel Monteagudo, Christian Ojeda, Jean Pierre Baca, Roberto Pérez Prieto, Rosa Cairampoma y Luis Dasso.

Enrique Planas

En la quebrada de Armendáriz, dos estudiantes encuentran el cadáver de un niño de 3 años, con visibles muestras de maltrato. Corre 1954, los últimos años de la dictadura de Odría, y la policía presenta ante una población escandalizada a un sospechoso incapaz de defenderse: Jorge Villanueva Torres, de raza negra, habitante del villorrio que luego desaparecería al pavimentarse la Costa Verde, sería acusado sin pruebas por el asesinato y violación del pequeño Julio Hidalgo Zavala. El acusado negó siempre su culpabilidad, y cuando la aceptó, reclamó que fue obligado a hacerlo por la fuerza. Tres años después, la prensa difundía la noticia del fusilamiento en primera plana. El “monstruo”, como lo bautizó el diario “Ultima Hora”, había muerto. 

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Este sublevante caso es trasladado a escena por Sebastián Eddowes y Malcolm Malca, como parte de las producciones teatrales que la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú lleva adelante desde hace cuatro años. Y para esta adaptación ha sido convocado un abogado que conoce bien los casos jurídicos de amplia exposición mediática: Enrique Ghersi interpreta a un veterano abogado aprista que supervisa la defensa del acusado. 

—Desde los tiempos de Perry Mason, uno siempre se imagina que un abogado tiene mucho de actor. ¿Es así?
Cuando presentas un caso en un tribunal, la expresión oral y corporal es sustancial. Un abogado que tiene la razón pero que no tiene la convicción está perdido. Aunque nuestro sistema judicial es escrito y profesional (no existe un jurado como en otros países), igual debes tener capacidad de expresión al estar frente a la Corte Superior, la Corte Suprema o el Tribunal Constitucional. De lo contrario, sencillamente no te escuchan, pues hay un déficit de atención generalizado en la magistratura. Los abogados dicen que gana el caso no el que tenga la razón, sino el que cuenta la mejor historia. Y yo me siento un ‘storyteller’, lo aprendí cuando era periodista, continué cuando fui político y lo hago ahora como abogado. 

—¿Cómo se animó a subir al escenario?
Alfredo Bullard es el responsable. Él es el gran promotor del diálogo entre las facultades de Derecho y de Artes Escénicas de la Católica. La idea es estimular en los estudiantes de Derecho la expresión oral y corporal, que descubran cómo moverse en un escenario, saber lo que se tiene que decir, memorizar un libreto sin improvisar. ¡En el Perú todos los abogados son campeones para improvisar! Si me hubieran dicho lo complicado y disciplinado que es el teatro, probablemente no me hubiera metido en este lío. 

—¿Tuvieron que convencerlo?
Con Alfredo [Bullard] somos muy amigos. Él es mi abogado y yo soy el suyo. Y me llamó para invitarme a participar. Le dije: “Viejo, de teatro solo hice ‘Don Juan Tenorio’ en quinto de media. ¡No tengo idea!”. Él me respondió: “¡Te has pasado la vida actuando en los tribunales. Lo vas a hacer bien!”. 

—¿Su experiencia en casos mediáticos le ha servido como base para construir su personaje? 
Ha sido al revés. El dramaturgo Sebastián Eddowes creó un personaje que no existe en la historia real, llamado Francisco Gómez Peña, muy parecido a mí. 

—Un personaje a su medida...
Así es. El personaje habla como yo, se mueve como yo, dice las cosas que yo digo. Es un viejo abogado aprista y jefe de los abogados de oficio en el Palacio de Justicia que ayudará al abogado joven que, en el inicio de su carrera, deberá defender a Jorge Villanueva Torres. En la vida real, ese joven abogado es Carlos Enrique Melgar, famosísimo abogado aprista, que lamentablemente hoy está muy enfermo. Como abogado de oficio, hizo una defensa heroica de Villanueva Torres cuando era muy joven. Sin embargo, fusilaron a su cliente. Cincuenta años más tarde, se descubrió que era inocente. 

—¿Cuál era el contexto político para que el caso del ‘Monstruo de Armendáriz’ haya tenido tal resonancia?
Era muy interesante. Si revisas los archivos de El Comercio, verás que era la noticia de la época. Era 1954, en el último tercio del gobierno de Odría, cuando ya el régimen mostraba debilidad. Sucede la revolución de Arequipa, el intento de golpe de Zenón Noriega, que era el brazo derecho del dictador. Odría despide a Esparza Zañartu, su director general de gobierno y jefe de su policía secreta, gran perseguidor del Apra. El gobierno se interesó por inflar el caso, pues fue lo que hoy llamaríamos una cortina de humo. La dictadura estaba más que interesada en que la prensa y la opinión pública le tengan más miedo al ‘Monstruo de Armendáriz’ que a la realidad. 

—La palabra ‘monstruo’ aparece enseguida al enjuiciar a un criminal. Al no entenderlo, lo deshumanizamos. 
La prensa trituró a Jorge Villanueva Torres. A partir de allí, a todos los violadores de menores se les llama monstruos. Esa es la contribución dramática de esta historia a la criminología en el Perú. Lamentablemente, es una de las clásicas estrategias utilizadas por la policía y el aparato represivo del Estado. Una manera de buscar responsabilidades es a través del uso del lenguaje. Y luego, la fiscalía usa esa descalificación como argumento a la hora que presenta sus cargos. Es una falacia. En este caso, la descalificación verbal lleva a la descalificación moral, que es el fundamento de una acusación penal. En el caso de Jorge Villanueva Torres, Carlos Enrique Melgar hizo una defensa heroica con los instrumentos que había en esa época. Por ejemplo, una de las cosas que se descubre ya en el proceso, en la autopsia, fue que el niño no había sido violado. Había muerto por el maltrato físico. Al acusado se le condena según el código de 1924, con una figura penal que ya no existe: el homicidio con gran perfidia. Un término clásico que define un asesinato con vesanía y abuso extremo contra la víctima. 

—¿Desde la sociedad civil se levantaron voces para defender a Villanueva Torres? 
Hacia el final, como suele pasar en el caso de las penas de muerte, un grupo de gente empezó a preguntarse si realmente el monstruo era tal. Al fin y al cabo, solo hubo un testigo: un turronero que vendía melcochas. Dijo que Villanueva Torres le había comprado una melcocha llevando un niñito de la mano. La prueba del fiscal fue la moneda de 20 centavos con la que presuntamente le había pagado. Nada más. No hubo más testigos. 

—Hoy se afirma que Villanueva Torres es inocente. ¿Lo cree? 
El doctor Víctor Maúrtua, a quien tuve la fortuna de conocer, pocos meses antes de morir dio una entrevista en la que contó sus experiencias. Él tenía la convicción de que si se hubieran hecho los exámenes con los métodos actuales de la medicina legista, habría revelado que el niño murió atropellado y no a golpes. Probablemente, el culpable lanzó al niño por el barranco. Jorge Villanueva Torres tuvo la mala fortuna de vivir en las inmediaciones. Pero, claro, eso también es una hipótesis. Nunca podremos comprobarlo. Lo cierto es que Jorge Villanueva Torres no ha sido reivindicado ni rehabilitado. Es probable que hayan fusilado a un inocente. 

—¿Por qué la triste suerte del ‘Monstruo de Armendáriz’ se mantiene vigente en el imaginario social? 
La violación de menores es un tema que corroe íntimamente a nuestra sociedad cristiana. No solo por los temas recientes que conocemos, sino porque está íntimamente vinculada con traumas mucho más profundos. Por otro lado, creo que el monstruo sigue vivo en la fantasía y el miedo popular, en las carencias populares. Es el padre que castiga, es la figura salvaje que va en contra de los derechos de las personas. 

AL DETALLE

Lugar: Auditorio LUM (bajada San Martín 151, Miraflores). Temporada: del 23 al 27 de marzo, 8 p.m. Domingo 26, doble función: 5 p.m. y 8 p.m. Entradas: Teleticket.

 


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