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Denegri: "La inminencia del huaico es un sacudón emocional"

Marco Aurelio Denegri analiza el creciente alud de la estupidez humana y alista nuevo microprograma en la web para abril

Un misántropo popular cuyas columnas dominicales en este diario alcanzan en la web envidiables picos de lectura. Autocalificado como polígrafo autodidacta, Marco Aurelio Denegri aborda en sus textos y programas televisivos temas tan diversos como la esencia del ser humano y la capacidad multiorgásmica femenina. Ahora su equipo de producción alista un nuevo formato de microprograma pensado para la web. 

— Usted ha dicho que hay una declinación indefinida de la inteligencia. 
Eso era previsible y no está sujeto a ningún lamento. Peter Medawar, el premio Nobel de Medicina, dijo en 1974 que desde la década de 1940 la inteligencia ya había comenzado a declinar, y que seguiría declinando […]. Estamos en plena levedad del ser, de la cual habla Lipovetsky en su libro “La era del vacío”. Nos guste o no, la sociedad cibernética, la era digital, son realidades que han venido para quedarse. Y ahora con esto de las redes ahí el ser humano hace lo que quiere, no tiene ningún atajo en absoluto. 

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— Hay esta demencial atracción tanática, por ejemplo, de irse a tomar fotos con el huaico. 
La atracción tanática está en función de cierta uniformidad existencial. La inminencia de un huaico, o el vaticinio de un terremoto, es una especie de sacudón emocional que se está buscando, aun cuando el costo sea altísimo. Creo que eso nos puede llevar a apretar el botón rojo, a que se produzca el “orgasmo cósmico”, que explote todo y volamos todos. Es esa 'busca' de las emociones fuertes, paroxismales, extremas. Como la vida es tan chata, y los seres humanos son tan chatos, un terremoto, un maremoto o un huaico nos sacan de esa chatura, por supuesto. 

(La entrevista Marco Aurelio Denegri. Video: El Comercio)

— En los años 70 usted solía leer dos libros al día. 
Sí, pero ya no. Primero, porque el paso del tiempo limita a la persona, y a mí me ha limitado la visión; y, luego, porque uno termina cumpliendo el mandamiento de Martín Adán. En “La casa de cartón” dice: “Límpiate los ojos de entusiasmos”. Y, claro, en esa época no me los había limpiado, estaba entusiasmado. El entusiasmo es una palabra griega que quiere decir que está inspirado por los dioses. Entonces, uno está, pues, con una inspiración divina… Yo no volvería a hacer las cosas que he hecho en la década del 70 en temas de divulgación. 

— ¿Es indefectible esa declinación del entusiasmo?
En mi experiencia sí. Lo que yo lamento es que de los 80 para aquí hayan desaparecido programas que debieron seguir, y voy a mencionar un par: Eduardo Lores tenía un programa llamado “La luz de la ciudad” que era muy bueno. Luego, el doctor César Miró tenía un programa de una hora el día viernes. Estamos hablando de hace 40 años, y a partir de ahí ya no he visto nada que se parezca. 

— Ha dicho alguna vez que el hombre tiene una interioridad cada vez menor. ¿Cómo salvaguardar su propia interioridad en esta época del imperio de las redes sociales?
Yo tengo poca interacción con los otros seres humanos, y no me interesa tenerla tampoco, así como a ellos tampoco les interesará. No le podría contestar cabalmente esa pregunta, porque eso significa que una persona esté en permanente relación, que esté en el ida y vuelta. Yo no.

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— En su penúltima columna ha escrito sobre la caracterización formal del ser humano. ¿Cómo definiría usted al ser humano en su esencia? 
Planteado así es una pregunta filosófica… Hay seres humanos rescatables, pero para que uno sea rescatable en el campo humano tiene que tener significancia. Pablo Macera tiene una frase muy buena: “El tamaño de la promesa de una historia cualquiera depende siempre de nuestro propio tamaño”. Claro, si somos pequeñitos, lo que hagamos y lo que seamos será pequeñito. Hay que reformular el asunto en esos términos: ¿cuál es nuestro tamaño, cuál es nuestra promesa, qué pretendemos? Y en esa medida nos acercaremos algo más a la verdad. 

— ¿Cuál es el peor desliz del habla peruana, el haiga o el nadies?
Bueno, el haiga ahora es un barbarismo, pero tiene una raigambre clásica, no sabría qué decirle… lo que pasa es que la mayor parte de mis interlocutores han sido gente culta. Yo he entrevistado más de una vez, por ejemplo, al doctor Luis Alberto Sánchez, cuando todavía veía algo, y me decía [sobre sus problemas de la vista]: es como si me hubieran puesto una cañita de gaseosa, y yo veo eso. 

—Usted tiene también la visión disminuida. 
Sí, prefiero que me lean, aunque no es lo mismo. Pero hay una cosa, que como yo ya he leído tanto, entonces no me problematizo. 

— A los 78 años, ¿tiene un poquito más de esperanza en el género humano?
No, pero hay una razón. La escuela etológica contemporánea ha demostrado que en la medida en que un ser como el llamado ser humano pierde el caudal instintivo, entonces asume la llamada inteligencia superior, que es lo que nos distingue del resto de animales. Esto en teoría es una definición notable, pero el hecho de que la inteligencia superior nunca ha tomado en cuenta que nosotros no tenemos un cerebro, sino tres, y con tres cerebros, el rector en realidad es el cerebro emocional –el sistema límbico– y el paleoencéfalo –el sistema reptiliano–, y no el neocórtex. Entonces, estamos sujetos al imperativo emocional, y eso ya no tiene compostura.

— Doctor, ¿hay recodos de felicidad para usted?
A estas alturas, para mí una vida feliz es una vida sin achaques.

— Toma con calma su problema con la vista. 
Sí, ¿pero qué voy a hacer? El glaucoma es el asesino silencioso. Cuando uno se da cuenta ya solo tiene visión periférica. Claro, sería trágico que estas cosas ocurran cuando se tiene 40 años, no ya a esta edad, pues, como dicen los chinos, cuando uno ya está pronto para saludar al mundo. Hay dos cosas que indican en chino que el paciente está a punto de morir: uno, que va a saludar al mundo y, la otra, que ya no fuma. Por otro lado, en chino no existe la palabra amor, ni la palabra felicidad. Son énfasis culturales de occidente. Parece que es la maravilla de las maravillas. No, pues, la gente no tiene en cuenta todas las desgracias que trae consigo el amor. 

— ¿Conscientes pero reincidentes a propósito?
Sí, pero a partir de los trovadores con el loco amor, de las personas que se matan por amor, toda esa huachafería… La canción popular es de amores desgarrados. El amor feliz no tiene historia. Como el matrimonio, tiene que ser desgarrado, infeliz, para que tenga historia, sustento, si no es muy aburrido.

— ¿La vida feliz es acaso una vida tonta?
El sufrimiento es útil, lo que no está bien es el sufrimiento estúpido, y la mayor parte del sufrimiento es estúpido… El famoso explorador del Ártico, Rasmussen, conoció a un gran chamán, Igjugarjuk, a quien le preguntó: “¿Cómo ha logrado usted llegar a ese nivel?”. El chamán le dijo: “Viviendo apartado de los seres humanos”.

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