30 de julio del 2014 15 °C

Día del Holocausto: dramático testimonio de una sobreviviente que vive en el Perú

Mary Cogan recordó que “las condiciones eran infrahumanas, muy terribles. Era cuestión de esperar la muerte o sobrevivir de milagro”

Por Antonio Alvarez

Hoy, 12 de abril, se conmemora el Día de la Memoria del Holocausto. A continuación la historia de un sobreviviente de esta masacre, sus padecimientos y su lucha, junto a su madre, para poder escapar de un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial.

Mary Cogan tenía cuatro años cuando el drama de la Segunda Guerra Mundial aquejó a su familia y a todos los pobladores de Hotín, un pueblo ubicado en ese entonces en la región rumana de Besarabia. Era finales de 1939.

Los nazis obligaron a todos a salir de sus casas. Judíos, gitanos, fueron agrupados. Irían a un campo de concentración.

“Nos pusieron en fila, hasta que formamos un convoy. Actualmente cuando alguien me pide que cuente mi historia yo la suelo titular camino hacia la muerte. Todos sabíamos que esa era la finalidad, sabíamos que íbamos al matadero”, narra Mary.

En efecto. Conforme pasaron las semanas, niños, ancianos y discapacitados, débiles por la falta de alimento, empezaron a caer como frágiles piezas de dominó.

Su abuelo fue uno de los primeros. Pese a su intento por ponerse de pie, uno de los soldados lo sacó del grupo y le disparó a sangre fría en la cabeza y el pecho, pese al clamor de la gente.

“Ese fue el primer contacto directo que tuve con la muerte”, dice Mary con la voz afligida.

TRATANDO DE SOBREVIVIR
Luego de varios meses de caminar y de haber estado un corto tiempo en dos campos de concentración, finalmente se instalaron en el de Moguilov, actualmente Bielorrusia. Aquel terreno tétrico con aire de patíbulo, se convertiría en su nuevo hogar.

Eran tantos los confinados que Mary apenas lograban sentarse. La gente hacía sus necesidades donde dormía. “Las condiciones eran infrahumanas, muy terribles. Era cuestión de esperar la muerte o sobrevivir de milagro”.

En el campo de concentración la gente se alimentaba con cáscaras de papa que robaban de los botes de basura de los nazis. “Tal era el hambre que teníamos que eso para nosotros era un manjar comerlas”, recuerda.

La suciedad llegó a su punto extremo. La sarna comenzó a carcomerles piernas y brazos. Los piojos empezaron a recorrer sus cuerpos.

La abuela de Mary no aguantó más. Una mañana fue hallada muerta. Pasaron ocho días hasta que su cuerpo recién fue retirado.

“Debía formarse un grupo de cadáveres para que recién los pudieran llevar a las fosas comunes”, cuenta.

ESCAPE DE LA MUERTE
Estos episodios impactaron terriblemente a Mary, pero el verdadero horror llegó a fines de 1944, cuando cerca a su campo de concentración los nazis instalaron una cámara de gas. La muerte acechaba más cerca que nunca. Se sudaba frío, había llegado la hora.

“’¡La muerte llegó, la muerte llegó!’, gritaba mi mamá. ‘Hay que tratar de escaparnos y a la de Dios’, no se cansaba de repetir. Y así fue. Una noche me dijo: ‘llegó la hora’”.

“Yo tenía tanto miedo, pero lo hicimos. Nos arrastramos. Los alambres de púas de las cercas nos desgarraban la espalda y nos sangraba el pecho por el contacto con las piedras”.

“Nos arrastramos sin hablar, tratando de no respirar, sin mirar atrás. Con la mirada firme al horizonte. No sé si habremos avanzado cientos o miles de metros, solo sé que fue hasta el amanecer, en busca de la ansiada libertad”.

En octubre de 1944, Mary y su madre escaparon de aquel campo de concentración. Tras sortear cercas y minas personales llegaron a un pequeño pueblo donde se infiltraron en un tren de carga que las llevó hasta Chernóbil. Allí una asociación judía y la Cruz Roja Internacional las reconocieron gracias a su padre que las estuvo buscando desde Perú.

Pisaron suelo peruano el 22 diciembre 1948. Mary inició una nueva vida. Estudió odontología, se casó y desde entonces lleva el apellido de su esposo Felipe Schneider. Tiene dos hijos y dos nietos. Pertenece a un grupo de personas que realiza obras benéficas.

Su madre, a quien le agradece seguir con vida, murió en enero de 1995.

“Amo esta tierra con toda mi alma y le tengo una gratitud eterna, porque el Perú me dio la libertad. Debajo de este suelo están mis padres y probablemente pronto descansaremos también mi esposo Felipe y yo”, culmina.

Tags relacionados

Holocausto