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¿Qué pasó con los cubanos que hace 30 años llegaron exiliados al Perú?

El 4 de abril de 1980 miles de cubanos entraron a la fuerza a la embajada peruana en La Habana a pedir asilo. Cientos de ellos llegaron a nuestro país poco después. Hoy, 30 años más tarde, solo 60 quedan en Lima

Por Alberto Villar Campos

En esta habitación de paredes pintadas de un verde intenso hay tres ollas eléctricas para cocinar arroz, media docena de platos recién lavados, un afiche viejo de Louis Armstrong, una cafetera de metal pequeña y una computadora ennegrecida quién sabe por qué. Frente a ella, Mercedes Álvarez practica su último pasatiempo: un juego parecido al tetris pero en tres dimensiones. No hay música, solo un sutil aroma a huevos fritos. A unos metros de ella está su hijo Michael y más allá su altar de santería, lo único que nadie se ha atrevido a mover desde que llegaron. La bandera cubana hace meses que dejó de brillar en la sala.

La nostalgia de esta mujer menuda tiene la desangelada cadencia de un bolero de Ibrahim Ferrer. “Le doy las gracias al Perú, pero no estamos contentos ni felices”, dice. Mercedes dejó la isla hace 30 años en ese capítulo negro para la revolución cubana que fue el éxodo de Mariel y que desencadenó una salida masiva de isleños hacia otras naciones, entre ellas el Perú.

Es el 1 de abril de 1980. Luego de que un ómnibus repleto de cubanos reventara el cerco de la embajada peruana en La Habana, se produce un tiroteo que causa la muerte de un policía. Aunque luego se comprobaría que el asesino fue uno de sus colegas, el gobierno de Fidel Castro acusa a los disidentes del crimen y exige a la diplomacia peruana sacarlos de inmediato de la sede. La embajada se niega, y la madrugada del 4 de abril la dictadura responde con desprecio: retira a los guardias revolucionarios del local donde miles de disidentes sueñan ya con la libertad y les dice, por radio y altavoz, que pueden irse del país si les da la gana.

Mercedes supo que debía hacerlo cuando se vio rodeada de compatriotas en la embajada. El día en que Castro dio la orden, sus amigos le dijeron que su marido estaba allí con sus tres hijos y ella no tuvo más remedio que ir a buscarlos. “Temía que a las criaturas les pasara algo —sostiene—. Ya no me podía echar pa” atrás”.

Se estima que 10.800 cubanos lograron ingresar a la sede diplomática en esos días y el Perú aceptó, luego de duras negociaciones y afrentas de la dictadura, refugiar a 850 de ellos. Las primeras decenas llegaron al parque zonal Túpac Amaru el 18 de abril, armaron sus carpas y respiraron hondo. Habían redescubierto la libertad.

Jesús Montero pasó los primeros 13 años de su vida en un hospital y si hoy puede caminar es gracias a los tendones de canguro que médicos cubanos le injertaron en las piernas cuando era todavía un niño. Pero lo que más le duele a este hombre no es esa cojera esforzada con la que se abre paso en las pistas calientes de Villa El Salvador ni la hernia que sobresale salvajemente de su estómago. Él es un hijo que Cuba dejó ir hace 30 años.

“Me fui porque allá se trabaja para el Gobierno —rezonga—. Yo pude haber sido un ingeniero, pero mi puesto se lo hubieran dado al hijo de un policía y yo sería apenas un sepulturero o un cazador de cocodrilos”.

A pesar de ello, en su casa, una de las decenas que la ONU logró gestionar para los refugiados en la llamada colonia cubana de Villa El Salvador, Jesús pudo revivir parte del color de su isla flaca. Sobre la arena y las piedras y frente a las grises paredes de su hogar hay árboles de plátano, melocotón y palta que le dan sombra al jardín. Él, mientras, fuma un cigarro Caribe y trata de olvidar que la policía le quitó las fotos que tenía de su madre y de su familia justo antes de botarlo de Cuba.

Mercedes salió sin quererlo, Jesús dejó su país porque quiso, pero hay quienes se fueron antes que ellos y hoy viven y padecen como el resto en este recodo de Villa El Salvador donde los “malandros” de Lima se confunden entre la colonia cubana e infunden miedo como nadie.

Alguna vez Consuelo Manrique fue una famosa bailarina cubana que, a mediados de 1940, decidió irse de su país para nunca más volver. Esto lo dice su esposo, Toribio González, un ex luchador arequipeño que saltó a la fama por traer a Lima el Auto Fantástico en 1986. El viejo anda en pantalones cortos, guayabera y gorra blanca y lanza una anécdota sin remordimiento: “Para evitar que el régimen castrista la identificase, Consuelo solía usar un antifaz en sus presentaciones y se hacía llamar Monalisa. Tenía una sonrisa hermosa”.

Hoy, sin embargo, ella pasa los días en su casa —que también le otorgaron por ser cubana— echada en cama y con insoportables dolores pero —recalca Toribio—“vive agradecida al Perú; es su segunda patria”.

Gonzalo Reyes lleva una polera de arquero y pide un cigarrillo para hablar. Dicen de él sus vecinos que es un cubano que cayó en las drogas y el alcohol. Esto no es raro. La fama encarnada en él, aquella según la cual todos los cubanos de aquí son “malandrines”, se expandió tristemente por la capital entre 1980 y 1981, cuando 250 refugiados se quedaron a vivir en Villa El Salvador (el resto partió a Estados Unidos). La zona, para todos, se había vuelto tierra de nadie.

Pero Gonzalo, además, fue uno de los 180 cubanos que secuestraron un avión de Braniff en el aeropuerto Jorge Chávez el 29 de agosto de 1980 con la intención de escribir una nueva historia de libertad, esta vez en Miami. No lo lograron, recuerda. “Cuando llegamos al avión nos esperaba un policía en la puerta y un compatriota llamado Pinzo, que era un ex boxeador de 70 años y más de 100 kilos, lo noqueó de un puñetazo. Para entonces los pilotos ya habían salido despavoridos y la gente, antes que planear la huida, empezó a robar las cosas de los pasajeros y poco a poco se perdió el sentido por el que fuimos”, gruñe.

No tenía motivos para irme, al contrario, me arrepiento enormemente, lamenta Mercedes. Es uno de esos arranques de dolorosa lucidez por la patria perdida. Uno de esos arranques que refleja también en un álbum en el que recolecta las notas periodísticas que le han sacado en todos estos años a propósito de su exilio. “Para que mis nietos sepan qué fue lo que realmente pasó”, agrega.

A unos metros de ella está su altar de santería y fuera de su casa un cubano que se volvió loco en 1980 empieza a hablar en cuatro idiomas y posa para la cámara. “Era muy inteligente”, recuerda Michael, quien llegó a Lima a los 2 años y ahora pasa sus días vendiendo caramelos en los buses. Fuera de su distrito, confiesa, este hombre de 32 años puede sentirse seguro de decir que es cubano: antes que asustarse y llamarlo ladrón o drogadicto, la gente puede que hasta lo invite a tomarse una cerveza.

“Yo todo lo que sé de Cuba y de lo que pasó en 1980 lo sé por mis padres —sostiene—. No me quejo de haber vivido aquí. Tengo dos hermosas hijas peruanas y le agradezco a Dios por haberme dado la oportunidad de crecer en un país libre”.

El sol cae sin misericordia sobre este martes en el que el patriotismo murió un poco más. Por las calles no se siente ni una pizca de alegría: apenas el rumor de un tiempo que se fue para volver a cada rato. De los 250 cubanos que llegaron a este distrito, hoy solo quedan unos 60, repartidos en 20 familias que escriben sus memorias a cada instante. Con la intranquilidad de quien sabe que perdió su corazón en algún lado.

En Villa El Salvador, la rabia y la nostalgia se confunden en una salsa que no ha parado de sonar en 30 años.

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