LUIS SILVA NOLE

Sus dedos cogen con fineza la tela tendida sobre su lecho. Sabe que pronto su hija convertirá esa pieza en una sotana, como él lo hacía hasta que una caída terminó postrándolo en el 2011. “Salvo que se vaya a usar, la tijera no debe estar abierta”, advierte con autoridad este limeño con nombre de rey italiano, nacido un 28 de julio.

A sus 100 años, Víctor Manuel Franco Delgado mira fijamente las fotografías colgadas en la pared de su cuarto. Detrás de esos vidrios opacos, también lo observan sus mejores amigos y clientes: los cardenales Augusto Vargas Alzamora y Juan Luis Cipriani.

“Cada vez hay menos sastres porque ahora la confección es una industria que hace ropa en serie. El servicio personalizado es historia”, reflexiona y su rostro enjuto se cubre de un gesto adusto.

Pero la sonrisa regresa cuando evoca con lucidez cómo decidió dedicarse por completo a la confección de atuendos eclesiásticos. “A finales de los años 30 cerré mi primer taller de sastrería porque daba crédito y los civiles no pagaban. Por eso dije: mejor le hago la ropa a los curitas, ellos no son tramposos”.

A los 18 años se convirtió en sastre de la congregación de los Sagrados Corazones Recoleta. Eso le abrió las puertas de parroquias y al poco tiempo ya lo llamaban del Palacio Arzobispal. Menudo salto para alguien que aprendió el oficio en el Puericultorio Pérez Araníbar, donde llegó a los 4 años tras la muerte de sus padres. “Mi primer maestro fue Manuel Pérez Pando. A él lo formó un francés de apellido Masson. De ahí el origen de mi técnica”.

Está claro que nadie sabe más de sotanas que don Víctor, pero eso no lo obliga a hacer un voto de silencio. “Augusto Vargas Alzamora conversaba mucho conmigo. Una vez me contó que Alan García, en su primer gobierno, se escapaba de Palacio por las noches encuerado y en moto. Nos reíamos mucho”, confiesa.

Por entonces su taller se ubicaba en el Cercado de Lima, luego pasó de Barranco a Breña y casi sin darse cuenta se asentó en un distrito con nombre de santo: San Martín de Porres. Curiosamente, don Víctor debe ser el único peruano vivo que llegó a vestir a un santo.

En 1974 llegó a Lima Josemaría Escrivá de Balaguer, el fundador del Opus Dei, pero ni bien pisó la capital se le rompió la sotana negra. “Averiguó quién era el sastre de los curas y me mandó a llamar a Miraflores. Mientras le tomaba las medidas, me dijo que todo sacerdote siempre debe usar su hábito o su sotana para que lo reconozcan”.

MI AMIGO EL CARDENAL Tan agradecido quedó Escrivá que desde entonces no dejó de repetir que su sotana se la habían hecho en el Perú. “En el 2002 el Opus Dei me invitó a Roma para su canonización”, recuerda y tampoco olvida que a mediados de este año el cardenal Juan Luis Cipriani le dedicó una misa a pocos días de su centenario.

“Cuando Cipriani volvió del cónclave que eligió a Benedicto XVI, me trajo la tela y me pidió que le hiciera su sotana porque la que le habían hecho en Roma no le había gustado. Hasta ahora la usa”.

Sin que don Víctor lo sepa buscamos al cardenal. “Víctor es un querido amigo y hermano, un gran ejemplo de cómo se puede llegar a la santificación con nuestro trabajo”, le dijo monseñor Cipriani a El Comercio. Pero lo que tal vez el cardenal no sabe es que don Víctor también le ha confeccionado saco y pantalón al padre Gustavo Gutiérrez, autor del libro “Teología de la Liberación”, quien explícitamente le dijo que no quería usar sotana. “Por la polio que había sufrido, tenía una pierna más larga que la otra”, cuenta.

Don Víctor tuvo 6 hijos, dos ya fallecieron al igual que su esposa Zoraida Molfino. “De todos mis hermanos solo yo aprendí el oficio”, dice María Rosa Franco Molfino, de 65 años. “Sobran los dedos de la mano para contar a los que hacen prendas eclesiásticas. Es un trabajo meticuloso, muy técnico. Como yo no tengo hijos, pronto pediré a alguna orden religiosa que me envíe a un aprendiz”, comenta María, que ya es una adulta mayor.

Don Víctor la escucha en silencio, como si elevara una oración. Tal vez esté pensando lo mismo que nosotros. Que ese aprendiz llegue pronto para perpetuar su arte.