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Tras la violencia en Amazonas, las ofensas tardan más en curar

9:09 | Muchos indígenas no han vuelto a casa debido al desorden tras enfrentamiento. Nieva, capital de la provincia, quedó sin clases, sin juez, sin fiscal ni policías

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Por: Roxabel Ramón Enviada especial

El río Marañón está crecido por estos días. Para los awajun y wampis, que habitan sus márgenes a lo largo de la provincia de Condorcanqui (Amazonas), esa es una señal de que sus hijos regresarán. Vivos o muertos. En la comunidad de Canampa, niños calatos hacen clavados sobre pozas cristalinas mientras los adultos vigilan por turnos ese cauce agitado de olas brillantes.

El ritual se repite en las otras cuatro cuencas de la provincia: Domingusa, Cenepa, Nieva y Santiago. Y el domingo pasado la alegría se trasladó en peque peque a la comunidad wampis de Chapiza: de la embarcación saltaron los hermanos Lidia y Euclides. Ellos llegaron sonrientes a pesar de haber dedicado veinte horas a un viaje de caminos imposibles, que emprendieron tras haber permanecido cinco días ocultos en una casa de Bagua.

Ellos y otros cuatro mil indígenas del pueblo jíbaro (awajun y wampis) salieron hace dos meses de casi 200 comunidades asentadas en la selva espesa de Condorcanqui, para sumarse a la toma de la carretera Fernando Belaunde, en Bagua. A su paso obligado por el pequeño poblado de Nieva, capital de la provincia, recibieron respaldo y provisiones de los pocos mestizos que viven allí.

“Pasaban con sus lanzas de palmera diciendo que iban a hacerse escuchar por el gobierno. Pedían que los acompañáramos, pero nosotros qué vamos a resistir. Ellos con su masato sí pueden aguantar meses”, dice Élida Álvarez, cajamarquina afincada en Nieva desde hace 15 años.

Unos 20 choferes de colectivo que hacen la ruta Bagua-Nieva los llevaron en varias vueltas. Camioneros, balseros y dueños de restaurantes también pusieron su cuota y varios mestizos se sumaron a la toma. Unos por convicción, otros por miedo a ser “ishangueados” (castigo que los indígenas infligen a los colonos que se portan mal, azotándolos con ramas de ortiga).

Cuando el último 5 de junio la protesta terminó en matanza —las cifras oficiales hablan de 34 peruanos muertos, entre policías y civiles—, Nieva se quedó sin comisaría, sin fiscalía, sin juzgado, sin clases. Los empleados públicos, así como muchos colonos salieron en estampida por temor a represalias. Los que se quedaron ni pudieron dormir, pues conocen la tradición bélica de los jíbaros y el alto sentido de obligación de vengar la muerte de los suyos.

“El que no mata al que mató a su hermano se vuelve en un objeto de burla en la comunidad”, explica Hermenegildo Espejo, joven awajun que estudia Lingüística en San Marcos. Agrega que sus paisanos sirvieron con inusual coraje en la guerra del Cenepa (1995), no tanto en nombre del Perú —ese país lejano que nunca les dio nada, pero siempre les ha pedido soldados y riquezas—, sino para vengar a los hermanos que caían en manos ecuatorianas.

“Creímos que volverían a matarnos, pero volvieron tristes, diciendo que había sido un error matarse entre hermanos (indígenas y policías). Los más políticos decían que habían caído en una trampa del gobierno”, narran los esposos Álvarez, dueños de un hotel en Nieva.

LA SELVA ES NUESTRA MADRE
“Nosotros no queremos comprar agua, queremos tomarla del río. Esa es nuestra alegría”, se expresa en accidentado castellano Teresa Bermeo, matriarca de Canampa. Hundiendo sus tobillos ágiles en el barro, nos lleva a casa de Noria. Otra abuela que llora cantando (la melodía se llama “anem”) la ausencia de su nieto de 15 años: Jamer Tetsa.

Según la Defensoría del Pueblo, Jamer fue llevado a un centro para menores en Chiclayo porque cargaba un arma que habría recogido en la Curva del Diablo, ese tramo de nombre presagioso en la carretera Belaunde. A su abuela nadie le ha dicho aún dónde está su único compañero.

Tras el enfrentamiento, los apus de las cinco cuencas dieron cuenta de unos 400 ausentes. Cifra que va disminuyendo a medida que los indígenas retornan a casa. Vivos. O muertos, como José Timias (18) y Romel Tenazoa (25), de la comunidad de Japayme. Uno era escolar, el otro sirvió en el ejército y era padre de familia. Ambos cultivaban chacras.

VERSIÓN QUE SIEMBRA DUDA
El apu de Canampa pidió permiso a la asamblea para que periodistas de El Comercio entrasen a la comunidad. “Van a escucharlos y van a llevar el mensaje a Lima”, los convenció en awajun. “Queremos los cuerpos de nuestros hermanos, que la policía se llevó en helicópteros”, respondieron varias voces. “Nos han dicho salvajes genocidas. ¿Acaso todos los indígenas hemos matado?”.

En Bagua contactamos con dirigentes indígenas en la clandestinidad, como Nélida Calvo, Mateo Inpi o Edwin Montenegro, quienes repiten esa versión sin señalar nombres ni pruebas. La prensa local se suma a su difusión, que llega a Condorcanqui como un “naeddeswgki” o una lanza hiriente.

Levantan toque de queda en Bagua
Después de quince días se levantó el toque de queda en las provincias de Bagua y Utcubamba en la región Amazonas y en Jaén y San Ignacio en Cajamarca. Sin embargo, el estado de emergencia continúa en estas localidades. Ahora los pobladores podrán retomar su rutina nocturna, tanto para el negocio como para la diversión.


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