Daniel Abugattás no debería ser reelegido presidente del Congreso
Es indudable que, estando próxima la elección del presidente del Congreso, debe encontrarse candidatos que cuenten con las condiciones necesarias para liderar una gestión que mejore la tan alicaída imagen del Parlamento. Por eso, siendo voceado el actual presidente para volver a ocupar esta posición (y como desde pequeños nos explican que uno debe conocer su historia a fin de no repetirla), creemos útil recordar algunos de los “incidentes” que ha protagonizado. Así, será más evidente si en él coinciden las características que debería tener quien ocupe ese importante cargo.
Una de las primeras virtudes que debería ostentar el presidente del Congreso es su disposición a ser transparente, recibir críticas y escuchar. Al señor Abugattás, lamentablemente, en algunas ocasiones la transparencia le incomoda, pues durante su gestión adoptó medidas para restringir el ingreso de la prensa al Parlamento y, más grave aun, apoyó la censurable ‘ley mordaza’, que dificulta a los medios de comunicación fiscalizar al gobierno. Al congresista, asimismo, no parece gustarle recibir críticas, pues ha declarado abiertamente que detesta a la prensa e incluso ha golpeado a un periodista de este Diario. Lo que sí le gusta es escuchar, pero no precisamente lo que debería: es recordado por opinar que debía ‘chuponearse’ a los periodistas Gorriti, Rospigliosi y Valenzuela.
Otra cualidad que debería tener el líder del Parlamento de un país democrático que anhela la superación de la pobreza es, justamente, creer en la democracia y el progreso. Cuando el señor Abugattás visitó Cuba en febrero pasado, no obstante, declaró que el Perú tenía mucho que aprender de la monarquía familiar de los hermanos Castro, una dictadura comunista estancada en la década del 50. Curioso el aprendizaje que encontró valioso.
Se esperaría, asimismo, que el presidente del Legislativo sea un ejemplo de uso sensato y profesional de los recursos públicos. Al señor Abugattás, no obstante, le pareció una buena idea utilizar el dinero de todos los peruanos para Gestores para el Desarrollo, un programa que usurpaba atribuciones del Ejecutivo para que miembros de su partido puedan impulsar su agenda ideológica. El gran profesionalismo del señor Abugattás no terminó ahí. Además, le perdonó a la señorita Nancy Obregón no tener título universitario para que pudiera participar en el programa. Y no nos olvidemos del escándalo de Punta Negra, donde propuso destinar 8,5 millones de soles a un centro de esparcimiento para el Congreso, ni tampoco pasemos por alto que dicho dinero formó parte del incremento de más de S/.59 millones del presupuesto institucional que hoy queda a libre disposición de la “Alta Dirección del Parlamento”, o en una lectura más sencilla, de Abugattás.
Hay que tener en cuenta, finalmente, que es evidente que el líder del Congreso debe ser capaz de poner el bienestar nacional sobre sus intereses particulares, cosa que no ha demostrado el señor Abugattás jugando con la estabilidad macroeconómica del país. Él, recordemos, rechazó al candidato de consenso para que presida el BCR y optó por favorecer a otro cuestionable candidato a fin de asegurarse votos para su reelección.
Claro, siempre se puede pensar que algunos políticos, por más que carezcan de todas estas aptitudes, por lo menos colaboran a la concertación con tino y prudencia. Una pena que ni siquiera este sea el caso. El señor Abugattás ha tenido desaciertos como calificar a Israel de invasor y traficante de tierras apadrinado por EE.UU. Insultó públicamente a una ex primera dama, llamó “callejonera y camionera” a una congresista y a otra la botó de su despacho. Y no ha vacilado en lanzar una grosería en pleno Congreso por estar en desacuerdo con sus pares.
Las bancadas que hoy negocian quién ocupará la presidencia del Legislativo pueden encontrar, sin duda, un mejor candidato que Daniel Abugattás. Deben ser conscientes de que si quieren cambiar la imagen del Parlamento, deberían empezar por dar un claro mensaje a quien no ha podido tomarse su alta posición realmente en serio: el juego ha terminado.