¿Ahora sí planificamos Lima?, por Manuel de Rivero*

Lo que pasó en Lima no fue una planificación desastrosa sino un desastre planificado del que sufrimos hoy las consecuencias.

¿Ahora sí planificamos Lima?, por Manuel de Rivero*

El puente peatonal Talavera, que cruza el río Rímac a la altura de la cuadra 17 del Malecón Checa, en San Juan de Lurigancho, se desplomó el jueves a causa de la fuerza de las aguas.(El Comercio / Alessandro Currarino)

Manuel de Rivero

En 1965 –cuando San Borja y Los Olivos eran aún campos de cultivo– la Oficina Nacional de Planeamiento Urbano (ONPU), bajo la dirección del recientemente fallecido y muy querido Fernando Correa, hizo el primer estudio de planificación del territorio que ocupa actualmente Lima, considerando las cuencas de los tres ríos y definiendo las zonas eriazas que podrían servir (y las que no) para la expansión de la ciudad. Allí se definió, por ejemplo, la posibilidad de que algún día crezca la ciudad en donde hoy está Villa El Salvador o también se reservaron ciertos terrenos para que puedan convertirse en parques zonales. Los mejores profesionales planificaban el crecimiento de la ciudad. 

En 1984, después del terrible fenómeno de El Niño del año anterior, el alcalde Alfonso Barrantes encargó al equipo dirigido por el arquitecto Eduardo Figari la planificación de Huaycán. El diseño de la urbanización partió por cómo ocupar esa quebrada sin que se vea afectada por un huaico severo. Las vías principales se pensaron para conducir el huaico: su ancho y recorridos no están determinados por el flujo de autos sino por el volumen de material que discurrirá ante las peores lluvias esperadas. 

En la década de 1990 se desarticuló todo el sistema de planeamiento y, luego de decenas de amnistías y títulos de propiedad improvisados, sin mayor criterio que el de asegurar un voto, Lima alberga hoy a 10 millones de habitantes en una ciudad construida a partir de millones de decisiones descoordinadas de corto plazo y pequeña escala. Hemos –con un esfuerzo loable– construido la ciudad más barata posible. Pero lo barato sale caro. Hemos habitado las quebradas y encementado las partes planas, ignorando los milenarios canales de regadío y eliminando las áreas verdes. Lo que pasó en Lima no fue una planificación desastrosa sino un desastre planificado del que sufrimos hoy las consecuencias. 

En el 2015 la Municipalidad de Lima produjo el Plan Metropolitano (PLAM 2035), sincerando el conocimiento sobra la realidad de la ciudad y planteando cómo reorganizarla para poder canalizar y coordinar las intervenciones urbanas requeridas. Entre los hallazgos de aquel estudio se llegó a un número espeluznante: producto de la informalidad en el crecimiento de la ciudad, 250.000 habitantes se encuentran en zonas de alto riesgo. Es decir, cuando ocurra "el terremoto" tiene el potencial de hacer cinco veces más daño que el de Huaraz de 1970. ¿Qué pasó con ese plan? Los limeños eligieron a un alcalde que no cree en planes y apenas entró en funciones... ¡lo ignoró! ¡La megalópolis limeña hoy no tiene un plan metropolitano! Las obras se construyen sin coordinación, se invierten miles de millones de dólares en diversos ‘by-pass’, líneas de metro, museos, conjuntos residenciales, redes de agua y Juegos Panamericanos sin que haya relación entre ellos. ¿Por qué somos así?

Mientras en Manhattan reemplazan las autopistas ribereñas por un parque lineal que a la vez sirve de protección para los desbordes de las tormentas –que llegarán con más frecuencia por el calentamiento global (ver The dry line”)– en Lima se reemplazó el proyectado parque a lo largo del río Rímac para construir el improvisado y anacrónico viaducto de 28 julio y una remodelación cosmética del Parque de la Muralla que se inauguró este 14 de febrero y quedó destruido el 14 de marzo (llegó al mes solo porque febrero tiene 28 días). Digo yo, ¿por qué en lugar de copiar Cristos, no copiamos estas cosas?

La informalidad campea en el crecimiento de la ciudad y así, con las lluvias que vendrán, se vienen también desastres épicos a los lados de los ríos Chillón y Huaycoloro por las gigantes excavaciones de las ladrilleras informales en Carabayllo y Huachipa, donde miles de personas viven ¡debajo del nivel del río!

Si el escándalo de Odebrecht y demás constructoras, ha demostrado lo perjudicial que resulta licitar las obras antes de contar con los proyectos técnicos de arquitectura e ingeniería y saber cuánto van a costar, los recientes desastres naturales demuestran la absoluta necesidad de contar con –y aplicar– planes de ordenamiento territorial.

Los Andes se están lavando, prácticamente todas las quebradas de la costa se han activado. Está clarísimo ahora dónde se puede habitar y dónde no. El Plan Metropolitano del 2015 puede aún tomarse en cuenta. Ese es el nuevo sistema operativo que requerimos (las normas vigentes son anteriores a Windows) y sobre el que hay que generar aplicaciones para cada barrio. Felizmente, en el Perú contamos con US$60.000 millones de reservas internacionales, 15.000 arquitectos activos y 45 facultades formando profesionales en planificación urbana. Hagamos por fin las cosas bien. 

Finalmente, los huaicos avisan, pero los terremotos no. Cuando llegue el terremoto lloraremos cientos de miles de víctimas. Que quede bien claro: estos desastres no son naturales, han sido planeados por no planificar la ciudad. Ahora sí, ¿planificamos la remodelación de Lima?

 

* Miembro ad honorem del Comité Consultivo del PLAM 2035


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