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Homenaje a mi padre, por José de la Puente Brunke

“Es pertinente reflexionar sobre los muy diversos contextos en los que se desarrolla la relación entre padre e hijo, y sobre los muy distintos modos en los que un padre deja su huella”.

Víctor Sanjinez

"Mi padre, José Agustín de la Puente Candamo, siempre ha afirmado que su vocación por la historia nació en las tertulias familiares de sobremesa durante su infancia". (Ilustración: Víctor Sanjinez)

"Mi padre, José Agustín de la Puente Candamo, siempre ha afirmado que su vocación por la historia nació en las tertulias familiares de sobremesa durante su infancia". (Ilustración: Víctor Sanjinez)

"Mi padre, José Agustín de la Puente Candamo, siempre ha afirmado que su vocación por la historia nació en las tertulias familiares de sobremesa durante su infancia". (Ilustración: Víctor Sanjinez)

Con ocasión del Día del Padre, es pertinente reflexionar sobre los muy diversos contextos en los que se desarrolla la relación entre padre e hijo, y sobre los muy distintos modos en los que un padre deja su huella. En ese sentido, una situación peculiar –aunque no infrecuente– es la del hijo que tiene la misma dedicación profesional que su padre, y que trabaja junto con él. Se trata de una situación que no siempre es fácil de afrontar. Son numerosos los casos de padres e hijos abogados, médicos o ingenieros. En el ámbito de la vida académica, son muy poco frecuentes esos casos, pero los hay. El mío es uno de ellos.

Cuando recibí la invitación de este Diario para escribir algunas reflexiones sobre la relación con mi padre, José Agustín de la Puente Candamo, temí que con ello pudiera caer en el sentimentalismo o en la cursilería. Por otro lado, sin embargo, me pareció una excelente ocasión para manifestarle mi gratitud por todo lo que de él he recibido, en el contexto de una relación que abarca lo familiar, lo académico y lo profesional.

Mi padre siempre ha afirmado que su vocación por la historia nació en las tertulias familiares de sobremesa durante su infancia, en las décadas de 1920 y de 1930, escuchando las historias de su abuela Teresa Álvarez Calderón Roldán, nacida en 1850, y también las de sus padres, José de la Puente Olavegoya y Virginia Candamo Álvarez Calderón. Además de generarle una creciente pasión por la historia, esas tertulias familiares le suscitaron un genuino amor por el Perú.

En mi caso, la vocación por la historia surgió espontáneamente y del mismo modo: escuchando tantas historias que mi padre contaba, y acompañándolo desde niño a algunas reuniones académicas. Así pude conocer y conversar con Jorge Basadre y con Luis E. Valcárcel, y pude acompañar a mi padre a algunas reuniones de la Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Independencia, integrada por tantas ilustres personalidades.

Sus investigaciones más importantes han girado en torno al estudio de la Independencia del Perú y también en torno al siglo XIX peruano. Si bien mis trabajos se han referido sobre todo al Perú virreinal, precisamente las conversaciones con mi padre me fueron acercando al siglo XIX. De ese modo desarrollamos juntos dos proyectos de investigación que nos llevaron a publicar sendos libros basados en papeles del archivo de su abuelo Manuel Candamo: “El Perú desde la intimidad”, aparecido en el 2008, que recoge sus cartas personales; y “El Estado en la sombra”, publicado el año pasado, que presenta documentos administrativos sobre la ocupación chilena del Perú.

El trabajo en esos proyectos duró varios años, y pude comprobar su rigor en la investigación y su ética profesional. Por ejemplo, no dudó en dar a conocer –pudiendo no haberlo hecho– todas las cartas de su abuelo, a pesar de que varias de ellas incluían opiniones sobre el Perú que él no compartía, o comentarios “algo incómodos”, como solía calificarlos en el marco de su afición por los eufemismos, a lo que aludiré más adelante. Hoy en día tengo el gusto de trabajar en otro proyecto que le ilusiona: la publicación anotada de varias decenas de artículos que su otro abuelo –José Agustín de la Puente Cortés– publicó en este mismo Diario entre 1890 y 1905 sobre temas históricos, bajo el título genérico de “Historia nacional”.

Junto con los numerosos libros y artículos que ha publicado, debo resaltar su labor docente, mediante la cual formó a numerosas generaciones en el estudio del pasado peruano, desde el 1 de abril de 1947, cuando inició su carrera docente en la Pontificia Universidad Católica del Perú, hasta junio del 2015, cuando dictó su última clase en el campus de Pando: 68 años ininterrumpidos de docencia, que constituyen, sin duda, un notable récord. Son muchísimos los peruanos que reconocen en él a su maestro, lo cual siempre nos ha enorgullecido.

De su padre heredó el amor por las tradiciones familiares y de su madre el sentido religioso de la vida y una discreción que en nuestra casa muchas veces nos ha desesperado… Nunca habla mal de nadie y es un fiel custodio de secretos y de confidencias. Muy marcado por la personalidad de su madre, siempre me ha impresionado de él la coherencia entre lo que dice y lo que hace. De férreas convicciones, es sin embargo muy tolerante y respetuoso con quienes no piensan como él. “Nadie sabe lo de nadie” es una de las frases que más repite; siempre busca comprender y no juzgar.

Esa discreción lo ha llevado a ser muy conocido por su habitual uso de los eufemismos, para no ser duro en la descripción de una situación o de las características de alguna persona. Así, en su lenguaje habitual, alguien con ideas descabelladas puede ser referido por él como “persona algo confundida”; o una persona de aspecto timorato o dubitativo puede ser aludida como “de exterior poco decidido”. Sus discípulos recuerdan muchas anécdotas divertidas en torno a sus eufemismos, las cuales llevaron a su amigo Félix Denegri Luna a llamarlo “don Eufemio”.

Con estas líneas, en fin, agradezco de corazón –y sin eufemismos– todo lo recibido de mi padre y lo que sigue dando a toda su familia, y le rindo homenaje por su contribución al estudio de la historia y a la difusión del amor por el Perú.

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