Morir en vida, por Kenji Fujimori

"Obedeciendo a mis propias convicciones, me opuse públicamente a la decisión tomada en el Consejo Directivo del Congreso".

Morir en vida, por Kenji Fujimori

Por mayoría, el Consejo Directivo del Congreso archivó la moción para indagar sobre abusos del Sodalicio de Vida Cristiana (Foto: El Comercio)

Kenji Fujimori Higuchi

Una violación marca a una persona. Trauma tanto más a una niña o a un niño, siempre, de por vida. Sin ayuda, es difícil escapar de esa prisión. 

Es una de muchas formas de abuso de los seres humanos. Existe igualmente el abuso psicológico y le otorgo a este tema la prioridad que le corresponde también porque tengo particular experiencia en la materia. Yo lo viví en carne propia cuando era un niño. Sufrí por años un ‘bullying’ implacable a raíz de videos que fueron difundidos una y otra vez en todos los medios sin censura alguna. Es para un adolescente una situación difícil de sobrellevar. De ahí nacen quizás una sensibilidad y una espontánea solidaridad de mi parte para con todos los niños que sufren vejaciones. 

Y es esto lo que me lleva a afirmar una posición inflexible ante el caso de los pederastas, y especialmente con aquellos que utilizan sin escrúpulos la fe y la elevación del espíritu humano como instrumento y vehículo para las mayores bajezas de las que, desgraciadamente, también son capaces los hombres. Es el súbito despeñadero de la inocencia en la miseria moral lo que desgarra el alma de una víctima. Es eso lo que incuba poco a poco la soledad de un corazón endurecido, casi inalcanzable. La única forma de escapar de ese círculo del infierno es descargando ese inmenso peso en el regazo de la verdad.

¿Qué implicaba la formación de una comisión investigadora en el Congreso? Más allá del ininteligible lenguaje legal, es sencillo: simplemente escuchar a las víctimas y también a los supuestos victimarios, por poderosos que fueran. Es un gesto ante la sociedad que serviría de ejemplo para que jamás se repita. Las víctimas nunca deberían ser forzadas a abrir sus vidas a desconocidos, pero quizás no saben que necesitan ser escuchadas y pueden aprender de otros. No podemos dar la espalda a ninguna de ellas. 

Obedeciendo a mis propias convicciones, me opuse públicamente a la decisión tomada en el Consejo Directivo del Congreso al tener conocimiento de ella. No me atribuyo ningún mérito en cuanto a haber hecho cambiar la posición del partido en la materia. Por el contrario, quiero saludar a mi hermana Keiko, presidenta de Fuerza Popular, por la difícil decisión que tomó al pedir la reconsideración del acuerdo del Consejo Directivo. Y quiero agradecer muy especialmente a los 71 congresistas que me acompañan en la bancada de Fuerza Popular por haber debatido el tema en conciencia y tomado una decisión que muestra su enorme calidad humana al reconsiderar el archivamiento y optar por un camino que permite a la Defensoría del Pueblo investigar y al Congreso hacer un seguimiento vigilante a través de la Comisión de Justicia. 

No es fácil rectificar, pero es necesario hacerlo cuando de por medio hay una materia de conciencia. No se puede encubrir ni siquiera involuntariamente la violación de un niño. No importan las consecuencias políticas. La política, el liderazgo político en el mejor sentido de la palabra, no es nada en sí mismo si no se halla al servicio de una causa. Cuando se busca el poder sin una causa que lo trascienda es soberbia, un narcisismo sin límites que ya no sabe dónde detenerse, que de pronto llega sin advertirlo a justificar las mayores atrocidades en la necesidad política. 

Como congresista de la República, he sido elegido por personas, no por instituciones. No le debo favor alguno a instituciones laicas o religiosas. Y ciertamente no especulo políticamente con un tema tan doloroso como este. Por encima de toda ideología, posición o conveniencia, se encuentran los principios a los que los líderes y los partidos políticos se deben, y sin los cuales pierden fácilmente de vista el rumbo y la razón de ser de sus actos. 

Hay pruebas en la vida de cada persona, líneas que no se deben cruzar. Y hacerlo traicionando nuestras más íntimas convicciones significa morir en vida.