Resurrección, por Felipe Zegarra

“Para cada persona se abre cada día una esperanza: la vida es el camino a la Resurrección”.

Resurrección, por Felipe Zegarra

"¿Qué sentido tienen los días de la Semana Santa?". (Ilustración: Víctor Aguilar)

Felipe Zegarra

Para mucha gente en nuestro país –de toda condición social, etnia, idioma, cultura–, la vida es algo muy complicado. Sin duda hay momentos buenos, pero más frecuentes son –o parecen ser– las tristezas, las dificultades, los problemas. De un pasado mejor apenas hay memoria y el futuro, ¿quién sabe qué nos traerá? 

Con ese ánimo –“pesimismo de la realidad”, lo llamó Vasconcelos–, ¿qué sentido tienen los días de la Semana Santa? No son pocos los que piensan en Asia, San Bartolo o algo por el estilo. Otros sienten que pasarán días aburridos en sus casas, quizá con la compañía principal de su celular.

Para muchas y muchos con práctica cristiana, la Semana Santa se trata de ir a la Iglesia el Domingo de Ramos (hay que guardar el ramo bendito en casa) y el Viernes de Pasión… Pero eso no parece muy alentador.

¡Perdón! Pero el Viernes Santo la Iglesia lee la Pasión según San Juan, donde Jesús, que era juzgado, interroga también a Pilato, el juez, y con buen “dominio de escena”. Y ya desde ese día se abre una esperanza: la muerte de Jesús no es la última palabra. Los que no celebran el Sábado de Gloria o el Domingo de Resurrección se pierden además algo fundamental: El “Dios amigo de la vida”, que no nos creó para la muerte (Sabiduría 11,24 y 26), pues “no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (Ezequiel 18,21-28), inaugura en y con Jesús el camino de la muerte a la vida y vida en plenitud.

Ocurre que Jesús, puede decir cualquiera, “me amó y se entregó por mí” (Gálatas 2,20), pues fue siempre fiel en su servicio a la humanidad, y ese amor y la entrega que lo consumó llevó al Padre a resucitar a Jesús y a convertir a sus discípulos en testigos (ver Hechos 2,32). Amor que significó desvivirse, servir, acompañar, alegrar.

El más joven de los discípulos, junto al lago de Galilea, se limitó a exclamar al verlo: “¡Es el Señor!”. Es decir, el viviente, quien ha triunfado sobre esa terrible muerte de cruz. “Sí, claro… ¿Y a mí, qué?”, pensarán muchos. Pues que también para cada persona, entre sus dificultades y problemas, se abre cada día una esperanza: para cada uno, esta vida es el camino a la Resurrección. A una amiga desesperanzada, Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; y el que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Juan 11,25), porque nos considera semejantes a Él, y nos llama a vivir aun después de muertos.  

Los amigos y seguidores de Jesús, a lo largo de casi veinte siglos, lo han entendido así, y viven con esperanza y con una actitud compleja, hecha de confianza, libertad y audacia (Hechos 4,29-31). Es por eso que el obispo de Roma, Francisco –a quien solemos llamar “Papa”– escribió poco después de su elección un documento que llamó: “El gozo del Evangelio” (Evangelii Gaudium). Y no exageró, precisamente porque “evangelio” quiere decir “Buena Noticia” (no “mala noticia”, ¡por favor!). Así lo entendió el pueblo de Israel, tras pasar 48 años en el exilio, cuando proclamó con un profeta qué hermosos son los pies del que trae las buenas nuevas (ver Isaías 52,7). Y así puede –¡debe! – entenderlo todo el que esté dispuesto a creer y a crecer en la fe. 

Recuerdo, para terminar, dos frases importantes. Vasconcelos agregó otra a la que cité casi al inicio: “y optimismo del ideal”. Y alguien más, quizá Santa Teresa de Ávila, nos interpeló seriamente al escribir: “Velar se debe la vida de tal suerte – que viva quede en la muerte”. Es que se trata del don del Dios: el amor.


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