¿El rey de la planificación?, por Gabriela Camacho

"Las obras del alcalde no solucionan la inmensidad de problemas que aquejan a nuestra metrópoli".

¿El rey de la planificación?, por Gabriela Camacho

(Foto: Municipalidad de Lima)

Gabriela Camacho

El próximo 1 de enero se cumplen dos años desde que el alcalde de Lima, Luis Castañeda Lossio, volvió a ocupar el sillón municipal. Aunque sus índices de aprobación son altos, hay ciertos grupos que critican su gestión por enfocarse únicamente en obras de cemento. En respuesta, hace unas semanas el alcalde se refirió a los grupos que lo habrían apodado el “rey del concreto” como “pitucos medio azurdosos” que no conocen lo que la gente más necesitada en Lima requiere.

Durante sus primeras gestiones como alcalde, entre el 2003 y el 2010, Castañeda se hizo popular atendiendo las demandas de los distintos sectores socioeconómicos de la capital a través del concreto. Es decir, con grandes obras de infraestructura de transporte para los sectores socioeconómicos que pueden movilizarse en auto propio, y escaleras y hospitales de la solidaridad para los grupos de menores recursos. Su estrategia fue exitosa.

Su campaña para la elección municipal del 2014 apeló a este recuerdo e insistió en posicionarse como el alcalde de las obras. Tras su triunfo, una de las primeras acciones que emprendió fue la construcción del ‘by-pass’ de 28 de Julio, que buscaba demostrar su gran capacidad para, en poco tiempo, ejecutar obras de infraestructura para la ciudad. Sin embargo, el ‘by-pass’ fue resistido por un grupo que consideraba que este no solucionaría los problemas de tráfico de la zona y que no respondía a ningún tipo de planificación mayor. 

Si bien el ‘by-pass’ prosiguió y hoy ya se encuentra funcionando, esta primera protesta mostró que, para un grupo de la población que reclama una planificación urbana que trascienda a proyectos aislados, las obras del alcalde no solucionan la inmensidad de problemas que aquejan a nuestra metrópoli. Es probable que, como bien menciona el burgomaestre, este grupo pertenezca a sectores socioeconómicos acomodados y que sus demandas más ‘progresistas’ no sean las de la mayoría de limeños. 

Efectivamente, existe una demanda legítima por concreto y cemento, que se traduce en obras de infraestructura que atienden necesidades básicas en la población (como son las escaleras en barrios marginales y asentamientos humanos y los hospitales de la solidaridad en un país donde el sistema público de salud está aún lejos de cubrir plenamente a toda la población). Sin embargo, estas demandas no tienen por qué ser incompatibles con aquellas que reclaman una ciudad más planificada, integrada y ordenada. 

Hace no mucho rondaba en redes sociales una cita que decía que un país desarrollado no es aquel en el que los pobres tienen auto privado, sino uno en el que los ricos utilizan el transporte público. El Metropolitano, con sus fallas y detractores, fue un proyecto que permitió mejorar la calidad de vida de personas de sectores muy diversos. De forma similar, apostar por una reforma estructural del transporte público puede generar malestar y resistencia de intereses particulares en el corto plazo, pero es beneficioso para la ciudad en el largo plazo.

En los últimos dos meses la aprobación del alcalde cayó considerablemente (de 67% en octubre a 53% en diciembre, según Ipsos), y tanto en esta última caída como en el bache de mayo del 2015, los encuestados sentían que la situación del transporte empeoraba. La población limeña reclama una solución integral a este problema. Y así como esa reforma, nada dice que mayores y mejores espacios públicos o el desarrollo de actividades culturales sean incompatibles con la construcción de escaleras y hospitales para quienes más lo necesitan. 

El derecho a la ciudad nos atañe a todos y el que existan demandas más urgentes que atender no significa que no pueda prestarse atención al mismo tiempo a otros reclamos. Si Castañeda logra integrar ambas demandas en una sola visión de ciudad que permita atender las necesidades inmediatas de los sectores más necesitados con los pedidos de planificación y de visión de ciudad de ciertos grupos más ‘progre’, le quitará el piso a quienes critican su gestión desde el válido reclamo de planificar y pensar la ciudad. 

* La autora trabajó en la Municipalidad de Lima durante la gestión de Susana Villarán.