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A 25 años de la captura del siglo, por Carlos Contreras

“Fue tal la sensación de alivio que produjo la caída de Sendero Luminoso que no hubo que aguardar mucho para que retornase la inversión”.

Carlos Contreras Carranza Historiador y profesor de la PUCP

A 25 años de la captura del siglo

A 25 años de la captura del siglo

A 25 años de la captura del siglo

A 25 años de la captura del siglo

Pocas son las ocasiones en que la prensa nacional amanece toda con la misma noticia en sus portadas. Sucedió esta semana con el triunfo de la selección de fútbol en Quito. Habría que remontarse hasta el 13 de setiembre de 1992 para topar con lo mismo. La captura de Abimael Guzmán, cabeza teocrática de Sendero Luminoso, ocurrida en la víspera, fue uno de los eventos decisivos de la historia del Perú contemporáneo. Quienes lo vivimos fuimos conscientes de que éramos testigos de un hecho histórico. Casi todos podemos recordar lo que estábamos haciendo cuando nos enteramos, con quién nos encontrábamos y cuáles fueron nuestros sentimientos y reacciones. Recordamos también el miedo que había al posible contraataque de Sendero Luminoso, que quizás intentaría liberar a su cabecilla, así como la aparición de este en un traje a rayas, como los prisioneros de los cómics. Fue presentado dentro de una especie de jaula levantada en el patio de un establecimiento policial, desde donde alcanzó a emitir un mensaje a la nación.

Su captura ocurrió junto con la de otros integrantes de su estado mayor, por lo que el golpe a esta organización terrorista fue tremendo. En los meses siguientes los atentados a los que nos había acostumbrado –interrupciones de la electricidad y “ajusticiamientos selectivos” de autoridades, empresarios, campesinos colaboracionistas o policías– disminuyeron sensiblemente y, gracias al material incautado, la policía pudo atrapar a más dirigentes, lo que diezmó al movimiento. Sin duda, fue el inicio de la pacificación de los varios años, o incluso décadas, de violencia política que había vivido el Perú, en cierta forma desde la rebelión de Trujillo de 1932.

El mérito de esta captura correspondió al Grupo de Inteligencia de la Policía Nacional, que, como en una película de espionaje, fue siguiendo el rastro de las colillas de los cigarrillos Winston y las cajas de medicamentos que consumía Guzmán, hasta dar con su paradero en un barrio burgués de la capital. Pero fue inevitable que los réditos políticos fueran aprovechados por el gobierno de Fujimori, quien cinco meses atrás había dado el autogolpe del 5 de abril. El éxito en la lucha contra el terrorismo sirvió para consolidar su gobierno y legitimarlo frente a la opinión pública. Para una parte mayoritaria de esta, si los dos grandes flagelos que había dejado el Perú del posgobierno militar: la hiperinflación y el terrorismo, estaban siendo vencidos con eficacia por ese régimen, no importaba mucho que este no respetase las normas de una democracia que, estaba visto, no solo no daba de comer, sino que tampoco garantizaba el orden. Por lo demás, no hacía mucho que los militares de Velasco Alvarado, en nombre de reformas que eran demandas históricas, habían quebrado de forma todavía más ostensible el orden constitucional. Por último, digamos que hasta esas alturas de la historia de la República los golpes palaciegos parecían una forma normal de relevo del poder.

Las consecuencias sociales y económicas del 12 de setiembre fueron asimismo importantes. Aunque la infraestructura de transportes y energía estaba destrozada por 15 años de guerra civil y crisis económica, fue tal la sensación de alivio que produjo la caída de Sendero Luminoso, que no hubo que aguardar mucho para que retornase la inversión, brotaran centros comerciales que nos parecieron entonces deslumbrantes y que, en un solo mes, se vendieran tantos vehículos como anualmente durante los años de la depresión. Las viviendas en Lima, que en lo peor de la crisis habían llegado a costar igual que un automóvil, comenzaron a recuperar su precio, y a 100 kilómetros al sur de la capital dio sus primeros balbuceos el balneario de Asia. Parecía el fin de una larga noche.
El capital político del fujimorismo se forjó con el legado de esta captura y con el ordenamiento de la economía, que la gente concibe no hubiera sido quizás posible sin aquella. No deja de resultar curiosa la distinta suerte de varios personajes del lado de los vencedores de aquella jornada: unos presos, otros proclamados héroes de la democracia.

Pasado un cuarto de siglo de ese momento crucial de la lucha social y política del país resulta oportuno preguntarse qué tipo de utopía perseguían los cabecillas de Sendero y sus seguidores. Puede que nos resulte espinoso de entender, pero los sabotajes y las masacres cometidos por sus huestes procuraban un fin, que era la derrota del Estado “fascista” y la construcción de una nueva sociedad. ¿Cómo imaginaban a esta? Periódicamente los hombres hemos sido movidos a la acción política, y en ocasiones a una de tipo violento, por el deseo de construir un orden social, económico o político que consideramos más justo o necesario. Sin duda Sendero logró encandilar a una parte importante de jóvenes de diferentes sexos y orígenes sociales (aunque mayoritariamente de abajo), con su proyecto político. No solo estudiantes universitarios o recién egresados de la secundaria, sino también artistas, profesionales de la educación o de actividades rurales encontraron en el modelo de sociedad que proponía Sendero una utopía por la que valía la pena arriesgar la vida.

Para los investigadores sociales es un desafío develar en qué consistía ese orden social por cuya búsqueda se inmolaron tantos peruanos. ¿Cómo pensaban organizar el uso de los recursos naturales, del trabajo humano? ¿Bajo qué reglas de propiedad o de comercio? ¿Cómo era su sociedad ideal? En los años ochenta no faltaron algunas ideas en ese sentido: desde la “utopía andina” que bosquejaron Manuel Burga y Alberto Flores-Galindo, hasta una versión criolla del régimen de los jémeres rojos de Camboya, en la que jóvenes militarizados gobernarían verticalmente aldeas rurales y comunas urbanas en una especie de revolución cultural importada desde la China de Mao, como sugirió Gonzalo Portocarrero. En vez de estar demoliendo supuestos mausoleos o meditando cómo exorcizar al Movadef de nuestra vida política, bien haríamos en conocer cuál fue el modelo de sociedad al que aspiraba, o quizás aún aspira, un buen número de peruanos.

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