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Las cadenas que aún arrastramos, por Hugo Coya

“Cada vez que suceden hechos como los del supermercado Tottus experimentamos nuestra propia mortalidad social y, a pesar de que sigamos con vida, ellos nos recuerdan la fragilidad social del país”

Victor Aguilar

"Pero tan grave como la agresión a Percy Vizcarra y la ausencia de castigo a quienes cometen tales hechos resulta ser aquel que nace también para fortificar, de manera aparentemente inocente, el propio prejuicio". (Ilustración: Víctor Aguilar)

"Pero tan grave como la agresión a Percy Vizcarra y la ausencia de castigo a quienes cometen tales hechos resulta ser aquel que nace también para fortificar, de manera aparentemente inocente, el propio prejuicio". (Ilustración: Víctor Aguilar)

Se repite una y otra vez como una letanía macabra que nos hemos condenado a repetir ante el fracaso de una sociedad que no reconoce en las diferencias su mayor riqueza, a pesar del tramo tan pequeño que nos falta recorrer para llegar a la conmemoración del bicentenario de la independencia. Vemos con pena que el racismo y la discriminación se perpetúan, alcanzan ribetes pornográficos y se tornan partes inseparables de nuestro quehacer cotidiano.

Nada ni nadie parece frenarlos, afianzándose cada día cual fatalidad natural e inmutable. Se deslizan diariamente en las escuelas, en las universidades, en las fábricas y oficinas, en las redes sociales, en las conversaciones de café, en las calles, y solo se vuelven un escándalo cuando casos como la agresión al sexagenario Percy Vizcarra, hace aproximadamente dos semanas en un supermercado de La Molina, alcanzan los medios de comunicación.

En ese momento, se transforman en anatema. Nos horrorizamos, pontificamos, censuramos y, al cabo de un tiempo, los dejamos pasar hasta que surja otro hecho que repita el mismo guion, aunque con diferentes actores y distinto escenario.

“¿Sabes con quién estás hablando?” es el recordatorio permanente de que existe alguien (o sea yo) que es superior a ti, que soy mejor que tú, que merezco más que tú, que tengo más derechos que tú, que puedo más que tú. Una frase que desnuda mi negativa a reconocer positivamente la existencia de un otro que pertenece a una raza o costumbres diferentes, pero con la misma valía que yo.

Si soy mejor que tú, puedo pasar adelante en la cola del supermercado sin importarme quienes se encuentran en ella, golpear al policía que posee rasgos andinos, insultar al vendedor por su demora en atenderme, lanzar cualquier infundio discriminatorio en las redes sociales u otorgar características animales a los futbolistas o políticos del lado contrario. Total, siendo superior, ejerzo el privilegio que te concedo de compartir conmigo el espacio que ahora ocupas y tú debes aguantarlo, tolerarlo o, si prefieres, entenderlo.

Cuando alguien me apunta con el dedo, me escudo, con total desparpajo, en que han entendido, leído o escuchado de manera distinta a mis verdaderas intenciones. Que, en realidad, se trataba de una vieja muestra de afecto, que siempre nos hemos tratado de esta manera, que todos tenemos de “inga y de mandinga”, por lo que nunca segregaría a nadie y, si el incidente pasa a mayores, apareceré ante las cámaras compungido para lamentar el suceso, amenguando mi condena moral o judicial.

Al fin y al cabo, sé que nada o poco me va a pasar. En un tiempo más corto que largo, otro ocupará mi lugar y apenas contemplaré, comiendo mi canchita, cómo lo evisceran.

Reflejo de un sistema que comienza, muchas veces, en nuestros primeros años de educación al reprender a ese niño que no tiene al castellano como lengua materna, procede de otras partes de nuestro territorio o tiene ancestros de diferentes partes del mundo, diciéndole que habla mal, que se viste mal, que actúa mal.

De esta manera, conseguimos que se sientan avergonzados de su propia cultura o lugar de origen, sumado a los medios de comunicación que normalizan la burla al distinto o la publicidad que reverbera la belleza como un valor ajeno a quienes no poseen determinadas características físicas.

Pero tan grave como la agresión a Percy Vizcarra y la ausencia de castigo a quienes cometen tales hechos resulta ser aquel que nace también para fortificar, de manera aparentemente inocente, el propio prejuicio. Aquel que lo condena y acaba estigmatizando a los perdedores; aquel que destaca que el agredido es un prominente ingeniero mecánico, que ha viajado por todo el mundo, que sus hijos estudiaron en las mejores universidades de Estados Unidos y Lima y que se codea con reconocidos artistas. Ergo, no merecía los calificativos, no porque se tratase simplemente de un ser humano igual que usted o que yo, sino porque era un hombre exitoso.

Vale decir que aquellas personas que carecen de una auspiciosa trayectoria podrían merecer semejante tratamiento por su color de piel, condición social o económica. El rezo que busca la reflexión sobre el pecado se devela en clave de misterio doloroso que no nos conduce a la expiación, apenas afianza el infierno de la marginación.

En ese mismo rosario cuyas cuentas parecen no tener límites están aquellos que intentan negar también su amplio espectro en el país al asegurar que solo existe en algunos lugares, entre algunas personas, en algunos sectores y así aislarlo, convirtiéndose lo real en irreal.

Es necesario reconocer que existe racismo, discriminación, clasismo, menosprecio por el diferente en todas las esferas y que se requiere hacer algo más que frases grandilocuentes para eliminarlo, de una vez por todas.

Olvidamos que nuestra grandeza radica en los diversos tonos de piel que nos caracterizan; en los diversos acentos y lenguas que empleamos; en los diversos lugares de este vasto territorio donde hemos nacido; en los diversos modos en que amamos, en que salimos adelante y enfrentamos la vida, en medio de tantas adversidades.

Cada vez que suceden hechos como los del supermercado Tottus experimentamos nuestra propia mortalidad social y, a pesar de que sigamos con vida, ellos nos recuerdan la fragilidad social del país y que, en un pasado no muy lejano, ha sido empleado como una de las grandes excusas por un grupo de fanáticos para enfrentarnos como peruanos con el correlato de sangre y destrucción que todos conocemos y lamentamos.

Ahora, en este mes de la patria, se requiere afianzar el compromiso, el reto mayor de romper con estruendo las “broncas cadenas”, parafraseando a nuestro himno nacional, del racismo y la discriminación que aún arrastramos como un auténtico lastre, reconociendo que todos los peruanos somos iguales y valiosos. Solo así habremos dado un paso decisivo para acabar estas terribles taras que no nos dejan avanzar como país.

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