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La China c’est moi, por Francesca Denegri

"El problema es que la China se quedó congelada en el tiempo y su lenguaje no cambió al ritmo que la sociedad le exigía".

Francesca Denegri Profesora de Literatura de la PUCP

Rafo León

"No sé si Rafo enterrará a Lorena o la corregirá como los tiempos mandan. Es su libertad y terquedad de autor". (Foto: USI)

"La pregunta es si podemos acusar de racista a Rafo León, autor precisamente de un personaje que caricaturiza a una mujer discriminadora, tan clasista como racista, para mofarse de ella". (Foto: USI)

"No sé si Rafo enterrará a Lorena o la corregirá como los tiempos mandan. Es su libertad y terquedad de autor". (Foto: USI)

Poco importa si Flaubert dijo o no dijo “Madame Bovary c’est moi”, lo que interesa es que sus lectores están convencidos de que se buscó a sí mismo en su personaje, y que tal vez se encontró en él. El novelista escribió acerca de su particular capacidad para entrar debajo de la piel de Emma, hasta el punto de sentir miedo frente a la posibilidad de envenenarse con el arsénico que ella tomara para matarse. Emma Bovary no era real, pero la crisis de identidad que vivió el autor en el proceso de su creación fue tan intensa que las fronteras con el personaje terminaron borrándose y así fue como la frase “Emma soy yo” pasó a la historia.

El asunto de la lectoría es fundamental para entender lo que hoy está pasando con la columna de la China Tudela. En los noventa no era tan difícil lograr que el lector promedio de “Caretas” se riera a costa del “jalado con modales agropecuarios” y “vista de rendija”, o del “Wantán Mayor” y su “mancha amarilla”, como se refería la China al patriarca Fujimori y a su entorno en Palacio. Ello porque el Perú de entonces era acaso tan racista como el de hoy, pero con la diferencia de que tenía apenas conciencia de su racismo. Hoy, en cambio, son bastante menos los lectores que se animan a celebrar el chiste de la “porcina ojos jalados”, no solo porque deploran la ofensa, sino también porque hay conciencia del daño que este mal endémico causa en el tejido social del que todos somos parte. El problema es que la China se quedó congelada en el tiempo y su lenguaje no cambió al ritmo que la sociedad le exigía; y como sabemos, no hay texto sin lector, o mejor dicho, al texto lo hace la lectora o el lector.

La prueba del cambio operado en el país está en las denuncias y sanciones contra personas de carne y hueso como Butters, y personajes cómicos como la Paisana Jacinta o el Negro Mama; también contra ciudadanos ampayados en el banco o en el aeropuerto en pleno ademán discriminatorio que son grabados y denunciados en las redes ante la indignación de muchos. No es exagerado decir que hoy hay una masa crítica de peruanos y peruanas de todas las generaciones y grupos sociales, pero sobre todo de jóvenes que están dispuestos a combatir el racismo en los colores y texturas en que este se presente. Entre ellos habrá también más de un sanisidrino que va a Asia como la China, a quienes la columna de marras ya no les causa tanta gracia como a sus padres.

La pregunta es si podemos acusar de racista a Rafo León, autor precisamente de un personaje que caricaturiza a una mujer discriminadora, tan clasista como racista, para mofarse de ella. En “Dueño de nadie”, su columna semanal, León escribe con aprecio acerca del humilde vigilante lector, del alcalde de Motupe o de los devotos de la Cruz del Chalpón, gente que se debe a sus pueblos y que él conoce gracias a sus viajes para el programa que conduce en la televisión. Sin embargo, el asunto se complica con las publicaciones en su página de Facebook, donde expresa con el mismo desdén que la China, y una dosis de malhumor, su impaciencia frente a la clase emergente “que toma Frugos”, se corta el pelo al rape y trabaja en locales apestosos. Así, lo que es aprecio por los peruanos pobres diseminados en el interior del país, parece convertirse en irritación cuando estos pasan a ser vecinos suyos.

Tal vez haya razones para pensar que con los años al autor de la polémica sátira se le hace difícil mantener la distancia con su personaje, como algunos lectores en las redes lo sugieren. Pero si los lectores de Flaubert se identifican hoy con lo de “Madame Bovary c’est moi” porque los dilemas morales de su heroína son también los propios, no podríamos decir lo mismo de “la China c’est moi”. Puede ser que su autor hable cada vez más como su personaje, pero el hecho es que con sus lectores parece que sucediera precisamente lo contrario.

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