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Aquello que nos define, por Hugo Coya

“El arte, a través de los tiempos, ha sido siempre uno de los mayores motores de la historia de la humanidad”.

Aquello que nos define, por Hugo Coya

Aquello que nos define, por Hugo Coya

Emplea varios apellidos, aunque tiene un solo nombre. Es capaz de multiplicarse hasta el infinito, atizar el eterno conflicto entre lo bueno y lo malo; entre la luz y las tinieblas; entre lo evidente y lo incierto; entre lo bello y lo feo; entre lo humano y lo divino.

Puede obligarnos a abrir bien los ojos, apreciar la vida en forma más nítida, estimular la fantasía, la ilusión, la imaginación, la intuición, la sensación de todo lo que, sin estar, existe o puede existir. En su convulsionada trayectoria, ha traspasado fronteras, encarnado deseos y desafiado no pocas veces convenciones sociales y tradiciones.

Se cree que es tan viejo como la historia misma de la humanidad. Ha recorrido sinuosos y tortuosos caminos, plagados de conflictos que han quedado grabados en las retinas de generaciones enteras, sobre todo en momentos en que los ‘iluminados’ asumen su supuesta tarea salvadora de protegerlo en nombre de una mayoría silenciosa que resignadamente le permite arrogarse su representación para censurarlo, prohibirlo, rechazarlo.

No obstante, sigue allí incólume, arrogante, rebelde, desafiante. Como todo aquel que se precie, ha conocido días felices, las palmas, los elogios, el boato, los aplausos. También ha padecido instantes sombríos, enfrentando el escarnio, los malos tratos, la repulsa, el ostracismo, la persecución, la condena por escapar a las reglas establecidas.

Aunque se desconoce la fecha exacta de su origen, se decidió celebrarle hoy sábado 15 de abril su aniversario porque coincide con el nacimiento de uno de sus mayores cultores: Leonardo da Vinci. Hoy, pues, es el Día Mundial del Arte, fecha marcada en el calendario para promover la conciencia sobre la actividad artística y creativa en el planeta.

Un día para reflexionar: ¿Qué serían los seres humanos sin el arte? ¿Cuánto les debemos a los artistas? Tal como sostiene el filósofo estadounidense Joseph Margolis en su libro “The Arts and the Definition of the Human”, el arte da sentido a nuestra vida, marcando nuestros pensamientos, percepciones, creatividades y otras cualidades que nos hacen humanos al punto de determinar nuestra cultura y el lenguaje. Conceptos o verdades se modifican para dar sentido al arte, asegura Margolis.

Sería impensable entonces concebir el mundo y, en particular, nuestro país sin sus artistas. Ellos no sucumben, a pesar de que no pocas veces hayan tenido que enfrentar momentos difíciles o vergonzosos olvidos y no es necesario mirar demasiado hacia atrás para comprobarlo. 

En octubre del año pasado, la exposición del artista plástico Álvaro Portales sobre la memoria histórica, derechos humanos e igualdad fue censurada por la Casa de la Identidad Regional de Trujillo cuando faltaban apenas unos días para su inauguración. La justificación sería hilarante si es que no fuese uno de los tantos atentados registrados contra la libertad artística.

El encargado de la administración del local adujo que la muestra “no se ajusta a los fines y objetivos” del recinto. La exposición tenía obras referentes al ‘baguazo’, aquel enfrentamiento que costó la vida de 33 personas y a la movilización Ni Una Menos en contra de los feminicidios y la violencia machista.

Apenas meses antes, la Dircote y la Procuraduría Antiterrorismo decidieron investigar a los actores, productores y directores de la obra teatral “La cautiva”, escrita por Luis Alberto León y dirigida por Chela de Ferrari. La acusación era por el presunto delito de apología del terrorismo.

La música no ha sido ajena a este tipo de embates. Una de las primeras medidas de la dictadura del general Juan Velasco Alvarado fue combatir el rock por considerarlo un ritmo extranjerizante y ajeno a la cultura peruana, vetando las matinales juveniles. Uno de los casos más patéticos fue la prohibición del concierto del genial músico Carlos Santana en 1971 en el estadio de la Universidad de San Marcos bajo la excusa del uso de drogas con el respaldo de la entonces federación de estudiantes de esa casa de estudios que consideraba su música como alienante y propia del imperialismo yanqui.

Hipocresía, puritanismo, cucufatería, prejuicios convertidos en sus grandes enemigos, así como la creencia que solo puede ser consumido o apreciado por una élite privilegiada, aquella que voltea la mirada ante una obra que considera no posee sus mismos estándares estéticos.

El elitismo permite que se margine o postergue a muchos artistas, olvidando también que el arte es, ante todo, una cuestión de percepción de la realidad y un espacio para combatir la indiferencia. 

El arte, a través de los tiempos, ha sido siempre uno de los mayores motores de la historia de la humanidad. Se ha alzado contra quienes esgrimen que el futuro será apenas la continuación de un presente inalterable y que el pasado es solo una sucesión de efímeros recuerdos para mantener todo como está, transformándonos en meros espectadores revestidos de indolencia, peligrosamente cercana de la complicidad con el statu quo. 

Es necesario recalcar que el arte solo es arte en la medida en que se expresa pluralmente, ya que, como afirmaba la alemana Hannah Arendt, los hombres somos todos distintos y, paradójicamente, en esa enorme diferencia radica nuestra total igualdad.

La riqueza del arte estriba, entonces, en sus múltiples interpretaciones, algunas del mismo objeto, situación o lugar. Hay que considerar que el artista no produce necesariamente para sus contemporáneos, sino para aquellos que vendrán más adelante y serán ellos quienes podrán juzgar si sus obras merecen ser reconocidas.

Sin duda, el arte es y siempre será entonces un perpetuo cuestionador que navega, muchas veces, en contra de la corriente para escapar de la rutina que nos hace ver todo de una sola manera, dando testimonio de su existencia y la nuestra, evitando que una época se esfume dentro de un mundo sin memoria.

Sea esta la ocasión para agradecer a todos los artistas que desde sus trincheras luchan para que nunca olvidemos nuestra condición porque, como decía George Bernard Shaw, “los espejos se emplean para verse la cara, el arte para verse el alma”. Y nosotros necesitamos vernos cada día el alma para no olvidar nuestra verdadera esencia, la esencia de seres humanos.

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