La democracia por sorteo, por Santiago Roncagliolo

“Quizá, a Europa le vendría bien mirar al mundo con más humildad”.

La democracia por sorteo, por Santiago Roncagliolo

“¿Escogería usted a sus representantes por sorteo? ¿Sacaría a los congresistas o al presidente de una balota, como en el bingo?”. (Ilustración: Rolando Pinillos Romero).

¿Escogería usted a sus representantes por sorteo? ¿Sacaría a los congresistas o al presidente de una balota, como en el bingo? Y si fuera usted el elegido, ¿se atrevería a ocupar el puesto?

Eso es lo que propone “Contra las elecciones” de David Van Reybrouck, el ensayo político del que todo el mundo habla en Europa. Trece ediciones en su Bélgica natal, numerosas traducciones y una intensa polémica han puesto en boca de todo el mundo su propuesta, innovadora para sus defensores y extravagante para sus detractores.

Reybrouck sostiene que la democracia de partidos se encuentra en crisis a nivel mundial. Los votantes, dice, ya no creen en sus representantes, y sienten cada vez mayor desapego hacia la política. En su opinión, eso se debe a que las elecciones no son realmente democráticas, sino aristocráticas: ponen al mando a una élite alejada de las preocupaciones de la calle. Para resolver la crisis, es necesario incorporar activamente a los ciudadanos en la toma de decisiones. Con ese fin, Reybrouck propone recuperar el sistema que se usaba en la cuna de la democracia: el azar.

“En la Atenas clásica de los siglos V y IV a. C., los órganos de gobierno más relevantes los ocupaban cargos elegidos por sorteo”, recuerda Reybrouck. La idea fue rescatada en la Edad Media por algunas repúblicas italianas del Norte de Italia, como Florencia y Venecia. Y en los últimos quince años, Canadá, Países Bajos, Irlanda e Islandia han organizado asambleas de ciudadanos elegidos al azar para cambiar sus leyes electorales y modificar sus Constituciones.

Después de leer “Contra las elecciones”, uno debe admitir que su tesis no es delirante como parece al principio. En efecto, para proteger la democracia es importante involucrar en ella a la ciudadanía, y este experimento podría dar resultados, empezando por el nivel local, donde efectivamente, iniciativas de este tipo son cada vez más comunes.

Lo que resulta chocante, incluso prepotente, es que Reybrouck asume sin dudar que sus conclusiones son de inmediato válidas para todo el planeta.

Sus ejemplos salen exclusivamente de países occidentales muy ricos con poblaciones muy reducidas y homogéneas. En las sociedades del pasado que menciona, tales asambleas solo incluían a los varones de buena posición, sin esclavos ni mujeres. Y en las del presente, solo se deciden reformas políticas generales. Aun así, Reybrouck considera que, si un intelectual belga está preocupado por algo, todo el mundo debe estarlo. 

Entre sus escasas referencias extraeuropeas, afirma que los países de la primavera árabe se decepcionaron muy rápido de la democracia, obviando el hecho de que casi ninguno de ellos llegó a ser una democracia. Lamenta el caso de Brasil, donde “una presidenta que en su día representó la esperanza de todo un continente fue destituida”. No parece saber de la atroz corrupción del partido de esa presidenta. Ni que, en su día, la democracia brasileña también echó del poder a Collor de Melo, de signo ideológico contrario. Y si conociese Venezuela, a lo mejor no pensaría que la gente está cansada de la democracia electoral. Mas bien, está cansada de no tenerla, o de tenerla a medias.

Reybrouck no tiene empacho en vender su propuesta como la panacea mundial, aunque todos sus síntomas de crisis tienen que ver con el Brexit o la extrema derecha alemana. Quizá, a Europa le vendría bien mirar al mundo con más humildad, en vez de creer que un europeo encontrará la solución y todos los demás correrán a imitarlo. Si el Viejo Continente no entiende eso, sus pensadores se convertirán en los próximos autores de realismo mágico. 


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