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Encuentro con la muerte, por Gonzalo Portocarrero

"Ahora que sé que salvarme es una posibilidad, tengo que comenzar a imaginar una nueva vida".

Encuentro con la muerte, por Gonzalo Portocarrero

Encuentro con la muerte, por Gonzalo Portocarrero

Desde que me enteré de que la enfermedad que me aqueja es un cáncer de pulmón, he vivido con miedo. La frase “yo no sé lo que digo” aparecía constantemente en mi cabeza. Esa frase era la manifestación de mi incontrolable ansiedad. Pero ahora las cosas han cambiado, pues los médicos me han dicho que soy “curable”. Entonces, ha germinado en mí una tranquilidad que me permite tomar distancia de mis circunstancias y hace posible que trate de objetivar mi situación, que intente comprenderme. El resultado de este esfuerzo son las líneas que siguen. 

La sensación de absurdo que me devoró obedece –creo– a la coexistencia de dos fuerzas opuestas que estaban empatadas, pues lo que una decía, la otra lo negaba, de modo que, por último, toda afirmación se hacía imposible. Entonces la frase “yo no sé lo que digo” era el punto final de cualquier ensayo de pensamiento. 

La primera fuerza se enraíza en un cierto alejamiento de la vida, resultado de desilusiones profundas; esas que dejan como marca la renuncia al deseo por temor a sufrir nuevos desengaños. Desde allí, la muerte se me aparece como liberación y paz. Pero, de otro lado, aparece en mí una segunda fuerza: un apego a la vida, una disposición a luchar contra la muerte. 

Este apego tiene varias fuentes. Para empezar una añoranza de todo aquello que me falta por vivir y que puedo perder. Y, junto con ese futuro que me ilusiona, la pena por dejar a mi esposa sin su compañía de siempre. Por último, de la constatación –inesperada, inquietante y comprometedora– de que hay mucha gente que desea verme vivo. Me refiero al cariño de mi familia y de mis amigos. 

Recibo sorprendido muchas demostraciones de afecto. Incluso se hace una colecta, en la Universidad Católica, donde trabajo, para ayudarme con los ingentes gastos que demanda un tratamiento en Estados Unidos, donde puedo tener las oportunidades que aquí no existen. Tanto aliento debe tener sus razones. No estoy tan solo como pensaba. Algo tendré que significar para que me cuiden tanto. Entonces, me digo: será que el mundo no es tan decepcionante como presumí de puro herido. Descubro la fuerza de la solidaridad. De repente estoy al amparo de una buena estrella. 

Si reconstruyo el encadenamiento de circunstancias que podrían llevarme a superar el cáncer, constato de inmediato la importancia del azar. Ese feo tumor en mi pulmón derecho se ha desarrollado desde hace muchos años. Dejado a su evolución natural, su destino era convertirse en metástasis. Recién entonces hubiera ido al médico que habría decretado: le queda poco tiempo de vida. 

Pero el desarrollo de mi cáncer fue mucho más enrevesado. Fue detectado tempranamente pero no fue diagnosticado como tal. Fui operado varias veces. Recibí un tratamiento con antibióticos para doblegar la infección que me produjo la propia cirugía. Desgraciadamente, los médicos se concentraron en perseguir al campana pero dejaron actuar al asesino. Estuve un año con un cáncer y sin ningún medicamento. El diagnóstico vino mucho después, hace cuatro meses, recién. 

He estado luchando contra el cáncer con todos los recursos disponibles: cirugía, quimioterapia, medicina natural, acupuntura, yoga. Pero también me estaba preparando para un desenlace que deseaba rápido, sin sufrimiento; evitando esas agonías degradantes e interminables. 

Mi vida quedó interrumpida. Nada despertaba mi interés. Salvo consultar las páginas de cáncer en la web. Artículos, conferencias, noticias: todas las noches estaba consagrado, entre dos y tres horas, a navegar el océano de referencias sobre el cáncer. 

Y ahora que sé que salvarme es una posibilidad, tengo que comenzar a imaginar una nueva vida. Una vida que presumo que tendrá que ser mejor que aquella que quedó en suspenso cuando me enteré de que era un (in)moribundo. Por lo pronto se ha desvanecido mucha de la prisa, excitante pero arrolladora, con la que he vivido desde niño. 

Termino compartiendo cierto sentimiento de culpa que me ronda. Si me salvo es no solo por el azar sino por los recursos económicos. Pienso entonces en la salud de la gente que hace largas colas para recibir una atención deficitaria. No es difícil distinguir el rostro del canceroso, especialmente cuando ha sido trajinado por la quimioterapia y las cirugías. Sin pelo, delgado, consumido, con el miedo incrustado en el trasfondo de su mirada, pero también con la esperanza y la disposición a la lucha, a flor de piel.

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