La fábrica de guerras, por Santiago Roncagliolo

“Con su talento de conductor de reality shows, Donald Trump ha apuntado a tres villanos indiscutiblemente repugnantes”.

La fábrica de guerras, por Santiago Roncagliolo

“En la política exterior, el presidente de Estados Unidos goza de amplia libertad de movimientos para complacer a los nostálgicos de la America Great Again”. (Ilustración: Giovanni Tazza)

“Yo vi los bombardeos de la OTAN desde mi terraza. Volaron el puente sobre el Danubio y también algunas instalaciones militares fuera de la ciudad. Parecía tan irreal que no supe bien qué pensar. Era como ver una película. O fuegos artificiales”. 

Eso me cuenta un profesor de la ciudad serbia de Novi Sad, que visito para un festival literario. En los países balcánicos, todos recuerdan alguna historia de la guerra que desmembró Yugoslavia en los años noventa, el más violento enfrentamiento en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial. Yo ya había conocido a un viejo que presenció limpiezas étnicas en Bosnia. Y a matrimonios que de un día a otro dejaron de ser compatriotas para convertirse en enemigos. Aquí en Serbia, el momento emblemático fueron los bombardeos.

A todos ellos les he preguntado por qué fue necesaria una guerra. España o Reino Unido también sufren tensiones separatistas, pero hoy en día, ni siquiera los más exaltados defenderían una aventura bélica contra sus rivales. Ante mis preguntas, la mayoría de balcánicos culpa a los políticos de haber manipulado a la población (por supuesto, cada quien culpa a los políticos del otro país, no a los suyos). Pero en una de mis charlas de Novi Sad, una traductora me ofrece una explicación más dolorosa:

“Fuimos a la guerra porque amábamos la guerra. Todos los yugoslavos. Durante el socialismo, nos educaron con himnos de exaltación antinazi. En el colegio, escribíamos poemas sobre los fusiles. Admirábamos como héroes a gente que disparaba, no a gente que dialogaba. Cuando surgieron diferencias importantes entre nosotros, ya no éramos capaces de solucionarlas de otra manera”.

De hecho, en Novi Sad, el museo de la ciudad es prácticamente un museo militar. Durante siglos, la actual Serbia estuvo situada en la convulsa frontera entre los imperios otomano y austro-húngaro, que, para controlar el comercio fluvial, la conquistaban y reconquistaban. A comienzos del siglo XX, aquí estalló la Primera Guerra Mundial. En la segunda, la zona sufrió la mayor cantidad de muertes en proporción con la población. Cada guerra alimenta una cultura de la revancha y una glorificación de la violencia. Cada batalla es el germen de la siguiente.

Mientras escribo esto, el presidente de Estados Unidos ha abierto tres frentes bélicos inesperados. Ha bombardeado instalaciones militares en Siria, ha arrojado en Afganistán la bomba no atómica más poderosa y ha amenazado con enviar una flota nuclear a Corea del Norte. Previsiblemente, su exabrupto ha producido una escalada global de tensión. Rusia avisa que tiene una bomba más grande que la de Estados Unidos. Corea amenaza con “guerra total”.

Hasta hace dos semanas, Donald Trump defendía mantenerse al margen de los conflictos. ¿Por qué ha cambiado de opinión? Por imagen pública. Sus medidas contra inmigrantes y refugiados se habían empantanado en el Poder Judicial. Su reforma de la sanidad había chocado contra el Parlamento. En cambio, en la política exterior, el presidente de Estados Unidos goza de amplia libertad de movimientos para complacer a los nostálgicos de la America Great Again. De hecho, tras los ataques, su popularidad aumentó diez puntos.

Con su talento de conductor de reality shows, Trump ha apuntado a tres villanos indiscutiblemente repugnantes: Bashar al Assad, ISIS y Kim Jong-un. Derrotarlos, amenazarlos y hostigarlos siempre complacerá al público. Pero si le quedase un rato libre entre las órdenes de ataque y los sondeos de opinión, Trump debería darse un paseo por Serbia. Aquí aprendería que la guerra es una fábrica de guerras y que la violencia se sabe cuándo empieza, pero nunca cuándo termina.


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