¿El fin del sistema?, por Ignazio De Ferrari

“Si la tecnocracia tiene el lugar que tiene es por el fracaso de los partidos y no al revés”.

¿El fin del sistema?, por Ignazio De Ferrari

“Si bien no se pudo evitar la carretera Interoceánica, sería bueno preguntarse cuántos otros disparates sí se pudieron evitar gracias a los candados tecnocráticos”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).

Desde la caída del fujimorismo en noviembre del año 2000, el Perú ha estado gobernado por un sistema de políticos sin partidos. Si bien Fujimori inició la era de la política antipartido, fue en el sistema que surgió en el 2001 que se consolidó el modelo del personalismo pospartidista. Durante 16 años vimos al mismo grupo de políticos, con uno que otro nuevo, protagonizar las primeras planas de los informativos. Los cuatro candidatos que más votos obtuvieron en las presidenciales del 2001 postularon también 15 años después. Ese sistema no se caracterizó solamente por su personalismo, sino por ser relativamente estable. Sus principales protagonistas defendían, o al menos defendieron al llegar al poder, lo que en el Perú entendemos por “el modelo”.

El sistema del 2001 ha muerto. Para ser más precisos, los que han pasado a mejor vida –en términos políticos– son las figuras estelares de esos 16 años. A estas alturas, no es descabellado pensar que los tres ex presidentes que gobernaron desde el 2001 terminen enfrentando largos procesos judiciales por corrupción. Durante tres lustros nos preguntamos elección tras elección si el sistema caería presa de la tentación populista que recorría la región. Al final, la gran amenaza que preferimos no ver fue nuestra bien conocida corrupción.

Una pregunta importante es si el fin del sistema del 2001 implica solamente un recambio de figuras políticas o también una transformación de las relaciones en el centro del poder. Empieza a surgir una narrativa según la cual la corrupción de las megaobras es fruto de nuestro sistema económico que deja decisiones centrales en manos de tecnócratas, quienes son presa fácil de los grandes grupos económicos. Esta narrativa obvia que la corrupción ha sido endémica en toda nuestra historia, independientemente del modelo económico. Sin embargo, es fácil imaginar por qué esta narrativa podría prender. Asigna el grueso de las culpas a la casta de políticos, ya de por sí impopulares, que le entregó el poder a esos tecnócratas. Y crea la coartada perfecta para pregonar, ahora sí de manera definitiva, el cambio del modelo económico.

Una posibilidad bastante real es que sumido en la desilusión, el sistema quede a merced de las fuerzas anti-establishment y antitecnocracia. En un sistema sin partidos –porque eso, claro está, no va a cambiar– sería el coctel perfecto para el desastre. Ausentes los contrapesos partidarios, la tecnocracia ha sido, en más de una ocasión, el último refugio frente a la irracionalidad de nuestros políticos. Si bien no se pudo evitar la carretera Interoceánica, sería bueno preguntarse cuántos otros disparates sí se pudieron evitar gracias a los candados tecnocráticos. Si la tecnocracia tiene el lugar que tiene es por el fracaso de los partidos y no al revés.

En este final de ciclo, la tecnocracia como eje central de la política no es lo único que está en juego. En esta marea de denuncias de corrupción que serán los próximos cuatro años, está también en juego la coalición electoral que eligió a Pedro Pablo Kuczynski en la segunda vuelta del año pasado. El presidente ganó con los votos del sur andino y la Lima moderna. Desencantados, los primeros podrían concluir, una vez más, que es mejor romper con el sistema, mientras que los segundos podrían refugiarse en el fujimorismo en un contexto de polarización extrema, esto último, claro está, si es que Odebrecht embarra a todos menos a Fuerza Popular. El resultado sería una especie de 2011 sin hoja de ruta por el lado de la izquierda.

Reagrupar a la coalición electoral que lo eligió debería ser una de las tareas a las que se aboque el presidente. Desde el comienzo estuvo claro que la coalición que lo eligió era endeble y sería difícil de mantener. Sin embargo, el presidente debería hacer el esfuerzo. En su electorado había una buena dosis de antifujimorismo, pero también un amplio deseo por mejores instituciones, una política que funcione libre de corrupción y un Estado más cercano. Una coalición reformista y de todas las sangres es fundamental en un país marcado por tantas divisiones históricas y frente a la incertidumbre de lo que se viene. El mensaje a la nación del último domingo, en el que expuso una batería de medidas contra la corrupción, es un paso en la dirección correcta. Si el presidente se lo propone, ese podría ser su gran punto de inflexión. 


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