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Juego de tronos, por Alfredo Bullard

“La disputa entre los hermanos Keiko y Kenji podría perfectamente ser el libreto de una temporada completa de la serie”.

Keiko y Kenji Fujimori

(Ilustración: Giovanni Tazza).

“El lío se centra en quién es genéticamente más hijo de Alberto Fujimori: quién lo visita más, quién lo obedece más”. (Ilustración: Giovanni Tazza).

Ilustración: Giovanni Tazza.

Es una de las series más vistas de la historia. Basada en la aún no terminada secuencia de novelas de George R. R. Martin, ha cautivado a millones de televidentes de todo el mundo. Lo enrevesado y difícil de su trama no ha sido obstáculo para su éxito. Y al margen de las complicaciones, es una historia que ha sido contada una y otra vez en distintas geografías y con otros personajes.

La serie se sostiene sobre dos vigas: la política y la familia. La lucha por el Trono de Hierro está plagada de asesinatos, torturas, violaciones e intrigas de todo tipo. Nadie es confiable y nadie es un héroe. Todos son malos y buenos dependiendo de la perspectiva. La única regla común de los personajes es tener algo de Maquiavelo.

Lo que más resalta en medio de la oscura lucha por el poder es el significado de la familia, y sobre todo de la casta, de los apellidos. Los honorables Stark en el norte, los sádicos Bolton, los desalmados Lannister (de los que solo se salva con algo de decencia el enano Tyrion), los Baratheon, los Targaryen tratando de recuperar el trono del que fueron despojados. Los clanes se enfrentan entre ellos. Pero incluso dentro de cada clan, de cada familia, unos le meten cabe a los otros.

“Juego de tronos” atrae por la forma descarnada en que muestra la política. Pero es una política primitiva, basada en la casta. Entre el caos de las guerras y los crímenes, el apellido es lo único que da cierta claridad sobre quiénes pueden tener derecho a gobernar.

Hemos evolucionado (o al menos eso creemos). Hoy la democracia liberal ha sustituido en la mayoría de países civilizados a las monarquías o, cuando no lo ha hecho, las ha democratizado y le ha quitado el verdadero poder a quienes lo adquieren solo por tener un apellido. Ello no ha librado a la política de muchas de las mezquindades y espantos que uno ve en la fantástica ficción de “Juego de tronos”. Pero al menos se tiene la esperanza de que alguna competencia en base a mérito debe existir.

Siempre se dice que el sistema político peruano es primitivo. Y es cierto. Muchos de sus rasgos se pueden reconocer en “Juego de tronos”. No hay partidos, sino clanes. De hecho, la primera mayoría en el Congreso no es un partido sino un clan familiar.

La disputa entre los hermanos Keiko y Kenji podría perfectamente ser el libreto de una temporada completa de la serie. Nada, más allá del apellido, explica la pelea. Un padre preso con pasado vergonzante de pocos escrúpulos. Un partido que en realidad es muchos partidos y ninguno al mismo tiempo. Ha estado conformado por un crepúsculo de organizaciones temporales que van desde Cambio 90 hasta Fuerza Popular, pasando por nombres como Nueva Mayoría, Vamos Vecino, Sí Cumple, Perú 2000 y Alianza por el Futuro. Curioso, además, que sus nombres, antes que identificar propiamente a una organización política, parecen más eslóganes de campaña. Y es que el verdadero nombre de la agrupación es Fujimorismo. Es el partido de los Fujimori, igualito a si estuviéramos hablando del clan de los Lannister.

Por supuesto que a nadie se le ocurriría pensar en Héctor Becerril o Martha Chávez como líderes del fujimorismo. Pero ni siquiera miembros algo más articulados como Luz Salgado o Luis Galarreta tienen una oportunidad. Alberto Fujimori tendría que reconocerlos como hijos.

¿Qué mérito le ven a Keiko o a Kenji para liderarlos? ¿Se imagina a un ‘no Fujimori’ anunciando su candidatura presidencial?

Si se mira bien, no hay nada de fondo, ni ideológico ni pragmático, en el problema que los enfrenta. El lío se centra en quién es genéticamente más hijo de Alberto Fujimori: quién lo visita más, quién lo obedece más, quién le es más leal, quién conversa y lo escucha más, a quién respalda, quién le lleva su pan con queso a otro presidente preso, quién quiere más que lo indulten. No hay verdadera alternativa democrática porque, como en “Juego de tronos”, al pueblo no le corresponde decidir quién será el líder. Todos los demás del partido, como en “Juego de tronos”, no tienen vela en el entierro: son simplemente peones útiles.

La columna de Alfredo Bullard vuelve a su día habitual de los sábados este 5 de julio.

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