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En el nombre de Luis, por Hugo Coya

"Es hora de que la escuela se transforme en un lugar seguro para todos y no en un espacio de persecución al diferente”.

En el nombre de Luis, por Hugo Coya

En el nombre de Luis, por Hugo Coya

Ha pasado mucho tiempo, pero puedo asegurar que guardo aún cada detalle doloroso en mi memoria. Durante mucho tiempo, el recuerdo me provocó pesadillas recurrentes y despertó, además, otros miedos inescrutables que, solo con el paso de los años, algunos se han ido disipando.

Todo comenzó días antes de cumplir los 8 años. De la noche a la mañana, mi padre se fue de casa para nunca regresar, y mi madre, educada apenas para el matrimonio, la atención del esposo, la procreación y el cuidado de los hijos, se vio obligada a salir adelante con cinco niños a cuestas, y yo tuve que cambiar, inevitablemente, de escuela.

Al levantarme y acostarme, rezaba y le pedía a Dios un milagro, que ocurriese algo que me impidiese ir a clases, llegando a fingir dolencias o creando cualquier situación que evitara aquello que consideraba terrorífico. No se trataba de las instalaciones educativas inadecuadas, la añoranza por mi antiguo centro de estudios, la necesidad de tener que hacer nuevos amigos o levantarme más temprano para llegar a tiempo. 

Mi mayor miedo entonces era enfrentar a mis nuevos compañeros y regresar a casa, cada día, con magulladuras provocadas en ese nuevo lugar que la vida me imponía inexorablemente y donde algunos de sus profesores enseñaban a sus alumnos que la única forma de transformarnos en hombres de verdad era a golpes. 

Pronto descubrí en mi nueva escuela que los alumnos con características que escapaban a los cánones de la mayoría eran objeto frecuente de burla o se transformaban en el blanco fácil de agresiones, promovidas, en no pocos casos, por los propios maestros. Los flacos porque eran flacos; los gordos porque eran gordos; los bajos porque eran bajos; los altos porque eran altos; los ‘chancones’ porque eran ‘chancones’ y, peor aun, si se poseía alguna discapacidad física o mental.

Así, tuve que aprender a batirme a puñetazos y tratar de aprovechar de la mejor manera posible mi condición física ya que era uno de los más altos del salón, una característica que me permitía sortear con mejor fortuna las agresiones. Algunas veces lo conseguía. Otras no. 

El salón de clases, el patio y las inmediaciones de la escuela no solo eran lugares de estudio y reflexión sino también auténticos campos de batalla, donde el más fuerte sometía al otro con la connivencia de quienes debían evitarlo, de quienes tenían que mostrar la luz en medio de la oscuridad a esos niños que debían educar.

Mi consigna, como la de muchos de mis compañeros que compartían similares aprensiones, era tratar de pasar desapercibido, de perderse en medio de la multitud, porque al poseer un elemento distinto a la mayoría se corría el riesgo de ser hostigado. Estábamos atrapados por un sistema que premiaba la mediocridad o castigaba la diferencia en nombre de la mayoría, imponiendo así la supremacía del más fuerte sobre el más débil. 

Recuerdo especialmente a uno de ellos que recibía frecuentes golpes y palizas porque lo tildaban de homosexual ante la actitud indiferente y, muchas veces, permisiva de los profesores. Algunas veces ocurrían incluso en presencia del profesor del curso de Educación Física, quien celebraba con una gran sonrisa la violencia hacia aquel niño porque aducía que “así se hace hombre”.

Un día, ese niño llamado Luis dejó de asistir a clases. Nadie supo más de él hasta que aparecieron en la televisión imágenes del edificio donde vivía en una discreta calle del distrito de Jesús María, dando cuenta de que alguien que respondía a su descripción se había subido a lo alto para intentar lanzarse. Por fortuna, un vecino se percató a tiempo, llamó a la policía y consiguió evitar la tragedia.

Nunca me atreví a contarle a mi madre, en aquella época, el martirio que significaba asistir a esa escuela primaria porque, tal vez debido a mi condición de hermano mayor, era testigo excepcional de cómo poco a poco sus manos suaves se fueron encalleciendo con el duro trabajo que realizaba para alimentarnos, vestirnos y darnos una vivienda digna, y no quería incrementar sus tribulaciones.

Con el paso de los años, pretendí sumergirme en la desmemoria, intentando borrar aquellas escenas al cambiar a un gran colegio en la secundaria, aunque aquellos recuerdos lacerantes de mi niñez formen parte todavía, sin quererlo, de mi biografía. 

Tal vez, me hubiera gustado que aquella experiencia sea apenas parte de mi pasado, de un hecho aislado. Un caso en un millón, en miles de millones, en un hecho que ni siquiera pudiera considerarse dentro del margen del error estadístico. Lamentablemente, no lo fue ni lo es todavía en nuestro país.

¿Cuántos niños hay en las escuelas que viven enfrentando el miedo y el terror porque no se toman medidas para evitarlo? ¿Cuántas marcas quedarán en los niños maltratados en los colegios y que después se transformarán en hombres que conciban que la violencia es el único camino para demostrar su hombría? ¿Cuántos niños no conseguirán como Luis ser salvados a tiempo? 

La realidad de hoy sigue siendo escalofriante, angustiosa. Según un estudio realizado en el 2016 por el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), 65 de cada 100 escolares han sufrido alguna vez violencia física o psicológica y el 80% de estas agresiones ocurrió dentro de las aulas. Entre las víctimas de ‘bullying’, un 14% reconoció que había considerado la posibilidad del suicidio.

Nadie niega el papel fundamental de la familia en la formación de niños y niñas, pero tampoco se puede soslayar la importancia que poseen los maestros y la educación, especialmente escolar, en la instauración o no de conceptos como bondad, maldad, egoísmo, tolerancia, igualdad, convivencia entre distintos.

Es hora de que la escuela se transforme en un lugar seguro para todos y no en un espacio de persecución al diferente. Evitemos que la única esperanza que les quede a los estudiantes, quienes hoy sufren o serán testigos de este tipo de violencia, sea apenas escribir líneas como estas en el futuro, a modo de desahogo. No hacerlo se convertirá, a la larga, en un auténtico suicidio general como sociedad.

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