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Pasión de gavilanes, por Santiago Roncagliolo

“Nuestras figuras públicas confunden el debate político con la pelea familiar, prueba de que entienden el país como su casa”.

Familias y Política en el Perú

(Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).

“Como en los grandes clásicos del melodrama latinoamericano [...] nuestras historias de ‘prime time’ son más bien familiares”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).

Ilustración: Víctor Aguilar Rúa.

Este lunes, saliendo de visitar a Ollanta Humala en la cárcel, su señora madre expresó ante los periodistas el deseo de que el encierro del ex presidente lograse “lo más importante”: unir a su familia. Medios de todo el país reprodujeron sus palabras, y así, durante unos minutos, lo más importante del Caso Odebrecht, que ha puesto en entredicho el funcionamiento mismo de nuestra democracia, fue que una familia se quiera.

En realidad, dos familias. Porque en otro canal, pero a la misma hora, asistíamos a otra telenovela: la caída de la casa Fujimori, donde Keiko deshereda a su hermano ante la oposición del padre. ¿Triunfará el amor de Kenji o lo perderá todo ante la pérfida Keiko, empeñada en que su padre siga sepultado en una prisión hasta el fin de sus días? No se pierda el próximo capítulo.

Supongo que la política de Estados Unidos se parece a “House of Cards”, ese ‘thriller’ sobre el cinismo del poder lleno de giros espectaculares y personajes con doble moral. En cambio, la política peruana es más del estilo de “El derecho de nacer”. O “Pasión de gavilanes”. Como en los grandes clásicos del melodrama latinoamericano, las tramas de mayor audiencia de nuestra política no son las huelgas o las leyes, que los medios y el público desprecian por la mala calidad de los decorados. Nuestras historias de ‘prime time’ son más bien familiares.

Sería tentador pensar las desventuras de los Humala y los Fujimori al estilo de dramas históricos, o tragedias shakespearianas. Como los Borbones y los Habsburgo del siglo XVIII, nuestras familias reales se enfrentan por el poder. Como los Montesco y Capuleto, el amor puede florecer entre ellos, desafiando el pasado, como una rosa entre las espinas. El idilio carcelario entre Ollanta y Kenji, con sus sándwiches de queso y sus bolsas de ropa, podría hacer las delicias de los amantes de la narrativa romántica durante siglos.

Sin embargo, en desmedro de su potencial de clásicos literarios, estos dramas tienen un sabor inequívocamente culebronero. Uno los sigue en los medios de prensa casi escuchando la balada lacrimógena de los créditos, listo para el comercial de detergente. Y es que, lejos de aspirar a lo sublime, las historias de nuestras familias reales se empeñan en el chisme de callejón, en la puñalada trapera y, sobre todo, en ese pilar de la telenovela que es la traición familiar.

Además, no faltan los secundarios pintorescos, como don Isaac Humala, el padre abandonado, para quien los grandes problemas de este país son la Constitución de Fujimori y su nuera. O Antauro, el hermano vengativo, que no ha dudado en pedirle a Ollanta que, por la patria, su partido y hasta por sus hijos, se suicide. El guionista más intenso de “Los ricos también lloran” no habría concebido un diálogo así.

Nuestras figuras públicas confunden el debate político con la pelea familiar, prueba de que entienden el país como su casa. Tratan de convencernos de que los problemas nacionales no son desafíos de gestión o de justicia, sino riñas entre cuñados. Lo raro es que los medios reproducimos bobaliconamente sus líos de faldas, y los espectadores seguimos absortos sus historietas domésticas, tomando partido por la buena o el villano, apostando quién se enamorará del galán, o quién es el padre del retoño.

A fin de cuentas, todos los peruanos somos los productores de este show, porque el espectáculo se financia con dinero público.
Y obviamente, les pagamos a los políticos para que nos entretengan.
¿O no?

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