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Pasos de paloma, por Fernando Berckemeyer Olaechea

"Lo que esta encuesta nos ha dicho es que, aunque nuestra Constitución siga teniendo las mismas palabras, nuestras libertades están hoy menos garantizadas que hace un año y mucho menos que hace cuatro".

Fernando Berckemeyer Olaechea Director periodístico de El Comercio

Víctor Aguilar

¿Por qué una encuesta así no ha generado, más allá de unas notables excepciones, mayor comentario y preocupación entre quienes creen en la libertad (y en sus resultados)?

¿Por qué una encuesta así no ha generado, más allá de unas notables excepciones, mayor comentario y preocupación entre quienes creen en la libertad (y en sus resultados)?

¿Por qué una encuesta así no ha generado, más allá de unas notables excepciones, mayor comentario y preocupación entre quienes creen en la libertad (y en sus resultados)?

Benjamín Constant definía la libertad de una manera práctica: “Es lo que los individuos tienen el derecho de hacer y la sociedad no tiene el derecho de impedir”.

Si esto es así, entonces el sitio en el que están escritos los alcances de nuestra libertad –lo que el Estado no tiene derecho a mandarnos– se llama “Constitución”, y lo que nos trajo hace unos días la encuesta Pulso Perú Segmentación Ideológica publicada en “Perú 21” fue una muy grave noticia. Casi la mitad de los peruanos piensa que los límites que nuestra Constitución pone al Estado son bastantes más de los que debiera.

Por ejemplo, el 46% cree que “debiera prohibirse la difusión de ideas equivocadas”, mientras que solo un 30% sostiene que las leyes no deben “entrometerse en las relaciones sexuales de personas adultas”. Y con las libertades económicas pasa algo igual: el 45% cree en limitar las importaciones “para favorecer a los productores nacionales” al tiempo en que un pasmoso 44% cree que los bancos deben ser “públicos y atender las necesidades sociales”.

Estas y otras categorías de la encuesta ocasionan que hoy en día el 45,8% de los peruanos pueda ser considerado “autoritario”. Hace solo tres años el número era un tercio menor. No ha dejado de crecer desde entonces.

¿Por qué una encuesta así no ha generado, más allá de unas notables excepciones, mayor comentario y preocupación entre quienes creen en la libertad (y en sus resultados)?

Si es porque refleja un cambio producido en el mundo de las ideas y no el de los hechos, estamos ante una visión miope. Los hechos humanos tienen siempre su origen en ideas (sofisticadas o no). Por eso es que Nietzsche decía que aun las grandes revoluciones suelen acercarse con “pasos de paloma”.

Si es que, por otra parte, la despreocupación por la encuesta obedece a que se cree que la Constitución existe justamente para garantizar los derechos individuales contra los impulsos autoritarios de las mayorías, estamos ante una ingenuidad. Es verdad que las constituciones son muros para protegernos del poder social. Pero son muros sostenidos por contrafuertes. Y esos contrafuertes están hechos de la mentalidad que tiene la ciudadanía en cada momento dado. Cuantos más ciudadanos dejen de identificarse con lo que dice una Constitución, menos defenderá el muro a quienes sí crean en ella.

Desde luego, es cuando las cosas van mal que las personas empezamos a estar más dispuestas a sacrificar nuestras libertades al caudillo que ofrezca solucionarnos la situación. No parece casualidad que el autoritarismo esté creciendo al ritmo de la encuesta desde que nuestra economía se comenzó a ralentizar (hoy ya casi no generamos empleo formal) y la inseguridad a disparar, sumándose a las condiciones de corrupción e ilegalidad generales de las que nunca logramos salir.

Así pues, lo que esta encuesta nos ha dicho es que, aunque nuestra Constitución siga teniendo las mismas palabras, nuestras libertades están hoy menos garantizadas que hace un año y mucho menos que hace cuatro. Y que, si la tendencia sigue igual, lo estarán aún menos el 2018.

¿Hasta dónde puede llegar este movimiento sin que nuestra Constitución mental, por así llamarla, termine produciendo el fin de nuestra Constitución formal? ¿Hasta dónde, sin que, a punta de rápidos pasos de paloma, acabemos desembocando en una constituyente de inspiración autoritaria? Es difícil decirlo. Pero está claro que a la actual velocidad el próximo año más de la mitad de los peruanos se contarán entre los autoritarios.

De más está señalar que esto es una mala noticia para todos los que creemos en la libertad –y que el Perú ha ganado muchísimo con ella–. Pero también para quienes quieren apostar al autoritarismo. Al fin y al cabo, nadie sabe muy bien para dónde va a ir el poder una vez que se le sueltan las riendas, y uno puede sentirse muy mayoría respecto de algunos temas para luego descubrir que es minoría respecto de otros.

Menuda responsabilidad, pues, la de quienes hoy tienen en sus manos –de forma compartida, guste o no– nuestro gobierno. Puede muy bien que, al imposibilitar por medio de estos interminables despliegues de prepotencia de un lado y torpeza del otro las muchas reformas que cada vez más urgentemente requiere el país, ambos cogobernantes de facto se están jugando no solo las consecuencias de un quinquenio perdido, sino un futuro cambio de cauce constitucional del Perú a uno estatista y autoritario.

Detrás de la noticia de que el país rozó el crecimiento cero en el último mes publicado y del ruido en un Congreso en el que la mayoría recibe con hambre a un ministro de Economía que llega a él herido por su propia mano, hay unos pasos de paloma que se aceleran.

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