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Del Perú al mundo, por Carmen McEvoy

“Yma y Moisés alcanzaron la fama y el reconocimiento que anhelaban y que les fue negado en su tierra”.

Carmen McEvoy Historiadora

Yma

"Yma difundió su visión de la cultura peruana, desde Buenos Aires hasta Moscú". (Foto: Archivo El Comercio)

"Yma difundió su visión de la cultura peruana, desde Buenos Aires hasta Moscú". (Foto: Archivo El Comercio)

"Yma difundió su visión de la cultura peruana, desde Buenos Aires hasta Moscú". (Foto: Archivo El Comercio)

“Nací hace dos mil años en el Perú pero estoy joven todavía”, afirmó alguna vez Yma Súmac, quien, además, aseguró que sus maestros de canto fueron un puñado de aves exóticas de su Cajamarca natal. Mediante una narrativa, en la cual la ficción y la realidad se superpusieron de manera magistral, Zoila Emperatriz Chávarri, el nombre original de Yma, junto a su esposo Moisés Vivanco, constituyeron la vanguardia de una “choledad” emprendedora que representó al Perú por el mundo entero.

Con su extraordinaria voz y el valioso apoyo de Vivanco, un eximio compositor y guitarrista ayacuchano, Yma difundió su visión de la cultura peruana, desde Buenos Aires hasta Moscú. Sin embargo, los logros de esta pareja de provincianos (Vivanco era originario de Ayacucho) no han sido valorados y menos analizados en toda su dimensión. El audaz viaje sin retorno (pues ambos fallecieron en el extranjero) que se originó en la Pampa de Amancaes y convirtió al Perú en objeto de consumo y fantasía global no puede ser explicado sin abordar el contexto histórico que ayudó a crear un estilo sumamente original.

A pesar de las duras críticas que despertó el proyecto cultural de los Vivanco-Chávarri, cuyo antecedente puede remontarse al de Gonzalo More y Helba Huara una década atrás, no se puede negar su conexión con la Patria Nueva (1918-1929). Con retazos de un pasado, asociado al incanato, el voluntarismo de un presente hipotecado al capitalismo internacional y los destellos de un futuro promisorio, Augusto B. Leguía pretendió llevar al Perú a la modernidad. En efecto, fue Leguía quien, a través de su ministro Celestino Manchego, cobijó e incluso promocionó a varios artistas provincianos, entre ellos a Vivanco, quien recibió de manos del Pachacútec-presidente un premio por su precoz talento musical.

Con la finalidad de entender la trayectoria de ese caleidoscopio viviente llamado Yma Súmac es necesario aceptar que su nombre ficticio (‘soy la más bella’ en quechua) esconde un constructo cultural, pero también alude al deseo de reconocimiento que le fue negado por los indigenistas y voceros de aquella modernidad que el Oncenio predicó sin lograr concretar.

En vista de ello se dieron las condiciones para un fenómeno cultural con antecedentes en la historia del Perú. Acá me refiero a la expansión de una frontera simbólica más allá de lo imaginable. Utilizando el legado inca –reconstruido en su momento por la pluma de Garcilaso de la Vega–, Vivanco y Chávarri forjaron un espacio experimental en el cual fue posible reproducir un Perú mítico a miles de kilómetros de distancia de su centro original.

En el Estados Unidos de la posguerra, Yma se declaró, con la ayuda de un cultor del charango ayacuchano, descendiente directa de Atahualpa. Recuperando, asimismo, los aspectos sonoros y el tiempo primordial de una región ignota y hasta ese momento extraña para el público norteamericano. Aunque sensorial, en su esencia el relato producido por Yma y Moisés no fue ajeno a la tradición peruana. En efecto, lleno de ficciones y contorsiones culturales, el mismo nos remite al abismo alegórico que refiere Mark Thurner y que se halla estrechamente unido a las ambigüedades que rodean al “nombre del Perú”.

“Una guía del Smithsonian, escrita por Disney y dirigida por Dalí” fue la descripción de un estilo que fue pionero de la fusión. Por otro lado, cabe recordar que Moisés Vivanco se autoproclamó el creador de ese Perú itinerante representado, con grandes dosis de teatralidad, por su compañera de ruta. Tal como lo hicieran otros exiliados famosos (como el previamente mencionado Garcilaso o el mismo Ventura García Calderón, una suerte de mercader de lo exótico en París), el desarraigo fue generando una imagen extrema y para muchos irreconocible de ese Perú que ambos dejaban atrás. Una situación que se irá exacerbando al entrecruzarse con la tendencia a lo exótico que apareció cuando la pareja de artistas peruanos llegó a Estados Unidos.

Yma y Moisés alcanzaron la fama y el reconocimiento que anhelaban y que les fue negado en su tierra. Sin embargo, el Perú que proyectaron internacionalmente no hubiera sido posible sin esa veta indigenista fabricada por Leguía y su ejército de operadores culturales. Hacia 1927, Ventura García Calderón corroboraba el éxito de un experimento en el que, también, participó desde los márgenes. “De las huacas colgadas de las montañas o sepultadas en la arena y de las imágenes de cólera, felicidad y melancolía de la cerámica precolombina surgió una lección”, afirmó el creador de “La venganza del cóndor”. Esta escuela de arte, fomentada por los indigenistas, era un “bien local” que solo debía ser aplicada a la “actualidad” con el objetivo de renovar una tradición casi extinguida. Por ello, se imponía una “reeducación” de las nuevas generaciones para favorecer “las cualidades adormecidas” de un pueblo que, como el peruano, “podía sorprender al mundo”. Y vaya que sorprendieron al mundo Yma y Moisés, una pareja de provincianos cuya infatigable labor es testimonio viviente de la riqueza del acervo cultural que poseemos y que nos mantiene unidos a pesar de todas las frustraciones pasadas y presentes.

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