¿Reconstruyéndonos?, por Carlos Adrianzén

“Querer hacer todo al mismo tiempo implica usualmente hacerlo mal, de manera costosa e improvisada”.

¿Reconstruyéndonos?, por Carlos Adrianzén

“Es cierto que existen unos US$8.000 millones en el Fondo de Estabilización Fiscal, pero los requerimientos resultan mucho mayores a los fondos disponibles. En español: habrá que cortar o sacar de otro lugar. No hay magia”. (Ilustración: Giovanni Tazza).

Carlos Adrianzén

El objeto de estas líneas es sucinto. Nos vamos a enfocar en el proceso de reconstrucción para los daños causados por El Niño costero. Y lo haremos con interrogantes.

Para ello cabe delinear cuatro preguntas básicas: ¿De qué tamaño es la factura de El Niño costero? ¿Qué tipo de reconstrucción podríamos realmente desarrollar? ¿Cómo financiaríamos la reconstrucción? ¿Qué efectos económicos de corto y largo plazo tendrían cada una de las alternativas visualizadas?

Vayamos pregunta por pregunta. Como punto de partida enfrentaremos lo que le costará a los privados y a la burocracia asistir a los damnificados (personas y negocios) y reconectar preliminarmente la infraestructura y servicios públicos interrumpidos por los desastres y la pésima ubicación geográfica.

Aunque pagar esta cuenta no está sujeto a mayores disquisiciones (es de requerimiento palmario), en los hechos la asistencia puede ser tardía, dispersa o inexistente, y la reconexión temporalmente diferida (tomemos como ejemplo negativo el accionar del gobierno luego de El Niño de 1983 o del terremoto en Pisco en el 2007). Así, los privados pueden tomar varios años en recuperar sus activos y capacidades productivas, mientras que los burócratas pueden carecer de los recursos fiscales y administrativos u operacionales para implementar una eficiente y  rápida reconexión de los servicios públicos.

Primera observación: resulta muy complejo estimar un valor ex ante del costo de la asistencia y reconexión, dada tanto la informalidad privada como la inoperancia burocrática local prevaleciente.

Segunda observación: la asistencia y reconexión se dará gradualmente. Consecuentemente, la pagaremos y la podremos estimar solo ex post. Nótese además que este desarrollo afectará el nivel actual y potencial de la producción en las zonas afectadas.

La porción de la factura vinculada a la reconstrucción nos enlaza con la segunda interrogante. ¿De qué tipo de reconstrucción podríamos estar hablando? En español sencillo: nadie conoce de qué tipo de puentes y carreteras estaría hablando el Banco Central de Reserva cuando estima un costo de reconstrucción de US$3.760 millones. 

Pero sobran otras incógnitas: ¿Se realizarían nuevos diseños en ubicaciones geográficas adecuadas? ¿Y el resto de la infraestructura pública dañada (como colegios y hospitales)? ¿Y la privada?

Y respecto a su verosimilitud, debemos recordar la escala del déficit fiscal antes del desastre, el derrumbe poshumalista de la presión tributaria, los compromisos adquiridos por los Juegos Panamericanos. Agreguemos a esta batahola la factura del último paquete reactivador (de aproximadamente US$1.500 millones). Es cierto que existen unos US$8.000 millones en el Fondo de Estabilización Fiscal, pero los requerimientos resultan mucho mayores a los fondos disponibles. En español: habrá que cortar o sacar de otro lugar. No hay magia.

Cómo se financiará la reconstrucción implica otro nudo gordiano. Se puede corretear con unos Juegos Panamericanos con  infraestructuras deportivas reajustadas. Es decir, unos Juegos opacos acompañados por una reconstrucción tardía e incompleta se registrarían en tiempos donde la austeridad fiscal será creciente o extrema. Esto a menos que se busque el camino fácil y torpe: elevar drásticamente impuestos, echar mano a los fondos del sistema previsional privado o tomar desesperadamente deuda pública muy cara (mayor al 6% anual).

Querer hacer todo al mismo tiempo (asistencia, reconstrucción, Juegos Panamericanos, paquetes, etc.) implica usualmente hacerlo mal, de manera costosa e improvisada y con altos riesgos de repetir episodios de corrupción. Por más buenas intenciones que tengan las altas autoridades del actual gobierno, dados los recursos financieros y humanos disponibles, esto sería lo previsible.

Políticamente hablando, los huaicos pueden despertar un huaico mucho más destructivo. No debemos olvidar el severo cambio de humor electoral de los peruanos de la costa norte luego de la desatención del fenómeno El Niño de 1983, y su relación con la elección de las desastrosas ideas socialistas de la alianza Apra-Izquierda Unida poco tiempo después.

Sobre los otros efectos de corto y largo plazo el panorama es más incierto aun. ¿Qué terminará haciendo el gobierno en medio de los escándalos de corrupción? ¿Cuánto lo impactarán?

Esa es una enorme interrogante... abierta.