Miseria humana, por Carlos Galdós

Cuando la gente cree que donar es deshacerse de lo que le estorba

Miseria humana, por Carlos Galdós

Ilustración: José Carlos Chihuán

Miseria 1: En plena crisis de agua en Lima, en pleno corte de suministro, con todos los canales de televisión mostrando imágenes de gente desesperada por falta de líquido, entra a la peluquería una señora que parece vive en la luna y pregunta: “¿Me puedes lavar el pelo?”. “No, señora, hoy solo estamos haciendo laceados porque no hay agua”. “¿En serio? ¡Ay! Voy a ver cómo hago”. Y se retira atribulada la clienta. Cinco minutos después aparece con cuatro botellas de agua de dos litros y medio cada una. Diez litros bajo su axila. “¡Ya está! Lávame bien la cabeza, por favor, y péiname como siempre”.

Esta escena no me la han contado. Tampoco la he imaginado. No es fantasía. Es la cruda verdad de la indolencia, la miseria humana, la estupidez resumida en una persona. Será por eso que odio cuando Carla me pide que la recoja de la peluquería, porque siempre tengo la mala suerte de cruzarme con seres que no son de mi agrado.

Miseria 2: Food Fair es una de las bodegas más famosas de Lima y tengo la suerte de que quede a la vuelta de mi casa. Hasta ahí llegan todas las amas de casa desesperadas de San Isidro buscando el último pedazo de queso gouda que les falta para la fondue de la noche. Bajan de sus camionetas grandotas con sus choferes a hacer las compras gourmet de la semana. La verdad es una suerte tener una bodega así tan cerca. Para mí es la china de la esquina y lo digo con cariño.

Una señora muy simpática me reconoce y me felicita por la campaña Dona una Carpa. Acto seguido me pregunta dónde puede dejar una que tiene en su casa. Le digo los puntos de recolección y me dice que es muy lejos. Yo, con tal de no perder la oportunidad de recolectar una carpa, le digo que si quiere, la puede dejar en mi casa, aquicito nomás. “¡Reeeeeeegio! ¡Gracias, te pasaste! Me queda cerquísima. Además, somos vecinos porque yo estoy aquí en la calle Eléspuru, a dos pasos de la casa de Barnechea”.

Un par de horas después la vecina solidaria toca la puerta de mi casa y me dice con orgullo que no solo ha traído carpas, sino también una ropita que sus hijos ya no usan y unas zapatillitas. Como yo ya sé de qué es capaz la gente, decido revisar la bolsita y la carpa. “¿Vas a revisar la ropa?”. “Sí, claro”. Por favor, les pido que me escriban a galdoscarlos@hotmail.com si es que consideran que yo estoy equivocado, porque esto hasta el día de hoy no lo puedo entender. En la bolsa, efectivamente, había ropa, pero interior. No nueva, claro está. Era de esperarse que usada, pero ¿sucia? ¿Eso está bien? ¿Es correcto regalar ropa interior sucia? Y seré más claro aún: sucia de recién puesta, sucia que acaba de sacar del cesto de ropa sucia. Asquerosa como su justificación al ver mi cara de cólera: “Peor habría sido no traer nada”. Además, el par de zapatillas estaban con la suela descosida, abierta como un pan. “Más bien las zapatillas son unas que ya mi hijo no quiere usar, pero creo que pueden servir porque son Adidas”. Y la carpa no tenía las varillas que permiten armarla y sostenerla, llevaba adheridos pelos de perro y olía a animal.

Todavía hay gente que aprovecha la oportunidad de donar para mandar toda la basura que tiene en el techo de su casa, que no usa ni nadie usaría y que más que ayuda se convierte en ofensa. No, gracias, señora. Si puede, me trae sus calzones más tarde, pero lavaditos, por favor. Lo mismo con los calzoncillos jetoneados de su marido y la carpa que usa como casa de sus perros. Usted ya está enterrada por el huaico de su miseria humana.

Esta columna fue publicada el 1 de abril del 2017 en la revista Somos. 


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