El Pensador, por Renato Cisneros

Inolvidables sucesos nocturnos en un barrio holandés

El Pensador, por Renato Cisneros

Hace cinco años, en un viaje con amigos a Ámsterdam, conocí el Red Light District, ese famoso bloque de varias cuadras que tiene algo de museo, mucho de prostíbulo y un poco de circo. Recorrimos el barrio de arriba abajo sin dejar de ver a las perturbadoras trabajadoras sexuales que se lucían semidesnudas al interior de más de 270 vitrinas, llamándote con el dedo índice, lanzando sonrisas tan demoledoras que cualquier incauto podía llegar a pensar que eran verídicas.

Uno de mis amigos, J, quedó prendado de una ucraniana de unos 25 años, ojos turquesa, pechos delicados, piernas de modelo. Bastó que desde el otro lado del ventanal ella le guiñara el ojo con picardía para que el idiota se declarara oficialmente enamorado. “Me caso, huevones”, “mañana se la presento a mi vieja”, deliraba con una persistencia que parecía producto, más que de un sentimiento súbito, del humo que habíamos tragado en los co­ffee shop donde hicimos escalas técnicas. J siguió diciendo lo mismo toda la noche; encontraba irrelevante que la señorita de Ucrania solo hubiese abierto la boca para preguntarle “¿fuck or suck?”, e informarle que siete minutos con ella le costarían 50 euros, que era más o menos todo el presupuesto que llevábamos encima.

Antes de eso, otro amigo, Z, ingresó velozmente a un ‘Peep Show’ o ‘Mirilla Erótica’, un local donde, por dos euros, se podía apreciar sexo en vivo desde una cabina oscura. Según contó, el show era bizarro y decadente. Sobre una cama redonda un hombre con peinado militar y tatuaje en la espalda sometía a una señora de labios inyectados, tetas gastadas y peluca azabache. Ambos intimaban con un esfuerzo burocrático, sobreactuando cada onomatopeya. Dos lavadoras montándose, decía Z decepcionado, habrían ofrecido un espectáculo más lujurioso.

Recordé esas peripecias hace unos días cuando –junto a mi esposa y dos colegas suyas– volví por aquellos lares, ahora con una curiosidad distante y solo después de haber visitado el mercado de fl ores, la casa de Ana Frank y el museo de Van Gogh. En un momento divisé a un grupo de chicos aplastándose contra una vitrina mientras le regateaban el precio a una morena voluptuosa. Sonreí al recordar a mis amigos cinco años atrás. “Qué tales enfermos”, dijo de pronto una de las colegas. “Dan pena esos pervertidos”, desaprobó la otra. “Quizá sea un travesti”, especuló mi esposa. Las tres me miraron. “¡Ojalá les dé gonorrea!”, apunté yo para no desentonar.

Durante las siguientes horas, noté a las chicas tan interesadas en la dinámica del barrio rojo que me animé a contarles la historia que allí vivieron mi amigo W y su padre, un venerable octogenario que usaba muletas. Paseaban los dos frente a las vitrinas hasta que se detuvieron delante de un teatro. “Hoy: El Pensador”, leyeron en la marquesina. Intrigados, pagaron y se acomodaron en las butacas. No había más de 20 personas en la sala. Pasados unos minutos, un tipo musculoso completamente desnudo apareció detrás de las cortinas, se sentó en un banquito en medio del escenario y, asumiendo la postura de la famosa escultura de Rodin, descansó una mano en su pierna izquierda llevándose la otra a la barbilla. El público empezaba a mirarse extrañado cuando, de pronto, el hombre, con el puro esfuerzo de su concentración, logró que su miembro fl áccido fuera cobrando vigor hasta alcanzar una notoria erección que mi amigo, al ojo, calculó de unos 18 centímetros. Los asistentes no habían salido de su asombro cuando ‘El Pensador’, en el inesperado pico de su número artístico, eyaculó tres ráfagas potentes.

Mi amigo nunca supo qué lo desconcertó más: la proeza del individuo, o que su padre se pusiera de pie, sin muletas, para aplaudir rabiosamente al grito de “bravo, carajo”

Esta columna fue publicada el 8 de abril del 2017 en la revista Somos. 


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