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¿Es serio este cementerio?, por Raúl Castro

Polémica sobre la nueva escalera que da acceso al cementerio Presbítero Maestro

¿Es serio este cementerio?, por Raúl Castro

¿Es serio este cementerio?, por Raúl Castro

La polémica sobre la nueva escalera que da acceso al cementerio Presbítero Maestro, encendida la semana pasada, se da luego de que algunos visitantes y especialistas en patrimonio cultural afirmaran que dicha rampa atenta contra los atributos del camposanto como monumento histórico.

Los que critican la instalación denuncian que la escalera aterriza como un objeto visualmente extraño a la armonía arquitectónica del recinto. “Cuando lo antiguo y lo moderno se combinan tan bruscamente choca a la vista y a los sentidos”, opinó, por ejemplo, Carlos Herrera Descalzi, decano del Colegio de Ingenieros del Perú.

La obra, sin embargo, cuenta con todos los vistos y buenos de las autoridades, desde la Beneficencia de Lima, que tiene su administración, hasta el Ministerio de Cultura y distintas personalidades que impulsan su preservación y mejoramiento. Entre ellos, Luis Repetto, reconocido museólogo, quien pondera sus ventajas dada la conexión que ofrece con la nueva estación del metro de Lima llamada, precisamente, Presbítero Maestro.

“Brinda seguridad al visitante, no afecta al monumento pues está instalada en la parte moderna del cementerio –que data de los años 50– y va a facilitar que las familias de las 220 mil personas allí enterradas puedan pasear por sus recintos con comodidad”, explicó Repetto.

Pero más allá de la polémica, que recién empieza, ha sido notable la pasión con la que muchas personas, expertos, vecinos y ciudadanos, se están pronunciando sobre este impresionante campo monumental, extendido sobre 22 hectáreas de los Barrios Altos.

Desde aquel colonial 31 de mayo de 1808, cuando acudieron al poco significativo Panteón de Lima el virrey Abascal, los oidores, los miembros del Cabildo, el arzobispo Bartolomé de las Heras y otros miembros de la comunidad española y criolla a poner sus primeros mármoles, el rol social de este primer Cementerio General de la capital, dirigido entonces justamente por el presbítero Matías Maestro, ha sido trascendental.

Sus mausoleos y criptas son, en principio, extraordinario testimonio de uno de los cambios de mentalidad más importantes en la historia moderna: el dejar de sentir a la muerte como una bóveda negra y hermética, como en las catacumbas medievales, para dar pase al dolor fúnebre como algo que se puede exclamar en público.

Su imponente distribución de obras de arte, esculturas y placas, guardan también el recuerdo de los hombres notables de la patria. Los que fundaron la república, como Torre Tagle, Gamarra o Castilla, tanto como nuestros héroes más importantes, como Grau, Bolognesi o Cáceres.  

Lo positivo de esta escalera  polémica es, en todo caso, que nos está llamando la atención sobre la necesidad imperiosa de poner en valor uno de los escenarios más importantes de la narrativa nacional, tal como lo es Arlington en Washington D.C., Estados Unidos o La Recoleta en Buenos Aires. El cementerio es serio. Sus deudos, todavía.

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