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¿Y si la vida fuese una fiesta permanente?, por Hugo Coya

“Constatar que estamos aburridos es la mejor advertencia de que no estamos muertos porque reconocemos, tácitamente, que aquello que venimos realizando no nos satisface”.

Giovanni Tazza

"No es casualidad, entonces, que el concepto de aburrimiento haya ido evolucionando. Hoy, por ejemplo, nos conducimos, algunas veces de manera adictiva, a procurar en las pantallas de las computadoras y celulares". (Ilustración: Giovanni Tazza)

"No es casualidad, entonces, que el concepto de aburrimiento haya ido evolucionando. Hoy, por ejemplo, nos conducimos, algunas veces de manera adictiva, a procurar en las pantallas de las computadoras y celulares". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Quizás sea una de las sensaciones menos valoradas y hasta repudiadas por el ser humano. Pocos se atreven a reconocer que han caído en sus garras o tratan de esconder que sucumbieron ante ella cuando, en el fondo, la sufren y soportan cada día; y si alguien me preguntase si fui una de sus víctimas al escribir esta columna, lo negaré enfáticamente con un pasmoso descaro.

Resulta tan hábil y extraña que, algunas veces, simula estar dormida, pero solo está aguardando el menor pestañeo, el mínimo error para salir de su cueva y lanzar su zarpazo como una fiera hambrienta que, después de acorralar a su presa y cebarse con ella, convoca al resto de la manada para acabar por devorarla.

Poco sabemos realmente qué la detona. Solo que casi nunca advierte su llegada. Arriba sin pedir permiso y siempre se le ignora hasta que nos percatamos de su ostensible presencia porque se vuelve agobiante, tediosa y, a veces, completamente insoportable.

Se manifiesta de múltiples maneras, aunque su forma más recurrente sea deslizarse pausadamente hasta que asumamos que nada mejor nos depara el futuro, que nuestra mente comienza a vagar sin rumbo, que el tiempo se vuelve más lento, que nuestros músculos y huesos crujen con una fatiga inexplicable para apoderarse, finalmente, de todo nuestro cuerpo.

Al principio, no sospechamos aquello que nos está pasando, pues resulta más fácil atribuirles a otros la causa de esa emoción que hurgar en nosotros mismos. Esto, por supuesto, sin obviar a algunas personas que contribuyen de manera notable a hacer la vida del otro un poco más inaguantable y angustiosa.

Y como si fuera sacado de un poema vallejiano, esta sensación crece como el dolor, no a treinta minutos por segundo, sino a cincuenta, a cien, a mil. Y crece e inunda todo hasta hacerlo nebuloso, enrarecido, irrespirable.

Y lo encontramos ya no en los gramófonos de “Los nueve monstruos”, ahora circula en los letreros de la Vía Expresa que repudian conceptos imaginarios, en la indolencia reiterada de los choferes de combi, en la incontinencia verbal de algún congresista, en el corrupto que tiene más versiones que “Despacito” para justificar sus fechorías, en las guerras efímeras y, muchas veces, vacías de las redes sociales, en los programas de televisión, en los diarios, en las radios que fingen cambiar de tema sin variar un ápice, en la apatía burocrática de las oficinas, en el irrespeto al diferente, en la acompasada vida ajena a cualquier estridencia. Y así nadie puede escapar a ella, ni el dinero puede evitarlo. Lo sufre el rico y el pobre, el rey o el mendigo.

Se trata de algo que nos persigue a todos los seres humanos casi desde que nacemos. Pero ha llegado la hora de sacarlo por completo del clóset, de reivindicar su valía, de apreciar su importancia, de reconocer su verdadero valor. Ha llegado la hora de alzar nuestra voz a favor de él y de lo que representa. Ha llegado la hora de aplaudir al aburrimiento.

Me pueden tildar de insensato, pero ¿se ha preguntado qué haríamos si no existiese? ¿Qué pasaría si todos los días fuesen entretenidos, divertidos, como en una fiesta permanente? ¿Se ha puesto a pensar cuántos descubrimientos o hallazgos se habrían dejado de realizar sin ese ritual tan demonizado como terrenal? ¿Cuántas vidas habrían pasado a la posteridad sin degustar algún momento salpimentado?

Constatar que estamos aburridos es la mejor advertencia de que no estamos muertos porque reconocemos, tácitamente, que aquello que venimos realizando no nos satisface, que estamos hambrientos de alguna novedad y eso puede derivar en un impulso que nos obligue a abandonar el marasmo, sacándonos de esa situación repetitiva y monótona en que se ha transformado nuestra existencia.

En los últimos años, han aparecido una serie de escritos acerca de la relevancia del aburrimiento y la necesidad de enorgullecernos de percibirlo porque ese sentimiento tan menospreciado tiene la capacidad de promover nuestro bienestar y contribuir al crecimiento personal ya sea para construir o reconstruir nuestras propias vidas, tal como sostiene Andreas Elpidorou, profesor de Filosofía de la Universidad de Louisville, considerado una autoridad por sus numerosos ensayos y libros sobre el tema.

Elpidorou afirma que sin el aburrimiento “uno quedaría atrapado en situaciones insatisfactorias”, perdiéndose “muchas experiencias emocional, cognitiva y socialmente gratificantes. El aburrimiento es tanto una advertencia de que no estamos haciendo lo que queremos estar haciendo y un empuje que nos motiva a cambiar de objetivos y proyectos”.

No es casualidad, entonces, que el concepto de aburrimiento haya ido evolucionando. Hoy, por ejemplo, nos conducimos, algunas veces de manera adictiva, a procurar en las pantallas de las computadoras y celulares nuevos mensajes en las redes sociales como el Facebook y el Twitter como modo de sacarnos de la inercia, de encontrar algo fresco y de estimular nuestra curiosidad en un ritmo, por momentos, vertiginoso. Actualmente emprendemos búsquedas compulsivas, viajes inexplicables, renuncias abruptas, separaciones y divorcios dolorosos, todo en nombre de un porvenir que nos extraiga de la somnolencia que nos provoca hacer algo una y otra vez.

Así que cada vez que perciba que su vida se evapora en medio del desgano en su centro de estudios, trabajo o casa, agradezca porque, en realidad, su mente le está pidiendo que salga a buscar algo distinto.

Hoy, por eso, decidí esquivar la monotonía del aquí y ahora para sumergirme en un texto que me extraiga de la rutina a fin de no caer en el aburrimiento de quien escribe apenas para dar testimonio de que todavía está vivo.

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