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Los Yuyos food court, por Javier Díaz-Albertini

“Todo lo que entorpece la relación saludable del habitante de la metrópoli con su mar no debe ser permitido”.

Javier Díaz-Albertini Sociólogo y profesor de la Universidad de Lima

Giovanni Tazza

"Poner más puestos de comida y tiendas en cualquiera de los tres únicos distritos que tienen playas aptas en la Costa Verde es un enorme despropósito". (Ilustración: Giovanni Tazza)

"Poner más puestos de comida y tiendas en cualquiera de los tres únicos distritos que tienen playas aptas en la Costa Verde es un enorme despropósito". (Ilustración: Giovanni Tazza)

"Poner más puestos de comida y tiendas en cualquiera de los tres únicos distritos que tienen playas aptas en la Costa Verde es un enorme despropósito". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Nuevamente la Costa Verde está en las noticias y –como casi siempre– estas no son buenas. Vecinos barranquinos están protestando por el proyecto denominado Ana María que incluye una plazuela, un estacionamiento, una playa flotante y un muelle de 218 metros de largo con restaurantes y tiendas. Los opositores consideran que afectará negativamente a Los Yuyos, unas de las pocas playas de arena en esta parte del litoral. Los defensores –los inversionistas y la municipalidad– insisten en que no se tocará la playa y, por el contrario, dará más opciones para los bañistas.

Ya son años que expertos claman por un tratamiento integral a la Costa Verde. Sin embargo, lo que ocurre es todo lo contrario. Actualmente, lo que tenemos es un cambalache de excepciones, intercambios y transacciones poco transparentes pero perjudiciales para la ciudad. Se trata de una vía rápida (80 km/hora) que al mismo tiempo alberga a deportistas –corredores, ciclistas, tablistas– y paseantes desprotegidos. Las pocas playas aptas tienen cada vez menos superficie porque son concesionadas a restaurantes u otros negocios. Hay poco estacionamiento y no pasa transporte público (salvo en el verano), lo cual invita al uso de autos privados y taxis, causando un mayor bloqueo de los carriles y empeorando el problema de aparcamiento. Y todo esto sin entrar en asuntos como las geomallas faltantes, los puentes peatonales a medio construir, la ausencia de control policial, los accidentes frecuentes, las fiestas masivas sin autorización, entre otros.

Como bien indica el urbanista Reynaldo Ledgard, si en el pasado lo que simbolizaba a Lima era el río Rímac y el cerro San Cristóbal, ahora es su litoral. Se ha convertido en la parte de la ciudad que logra convocarnos e identificarnos como habitantes de esta urbe. En el tiempo de la Colonia, era algo lejano, reservado para los chalacos, pescadores y veraneantes de alto nivel socioeconómico. Aun cuando se introdujo el auto, no era popular vivir cerca de la costa porque era muy húmedo, brumoso y –en el invierno– frío. Esto ha cambiado radicalmente en los últimos 25 años, y en forma creciente muchos limeños se han volcado hacia el mar. Solo basta constatar cómo los malecones de nuestra metrópoli se han llenado de edificios residenciales. Además, todos los días miles de personas acuden a la costa para pasear, correr o jugar fulbito.

Esta es una de las razones para defender su carácter fundamental como espacio público y combatir su privatización. Para el urbanismo actual, se privatiza cuando la iniciativa particular impone condiciones que limitan o niegan el carácter público de determinado espacio. En Lima hemos vivido –en los últimos años– procesos acelerados de privatización de parques, calles, veredas y playas. Como resultado, la ciudad se fragmenta más, ya que –de una forma u otra– limita las funciones básicas de todo espacio público: el acceso universal, la transparencia y la multifuncionalidad.

En una ciudad congestionada, contaminada y gris, no necesitamos más cemento, sino tomar ventaja del enorme paisaje natural que ofrece nuestra ubicación geográfica. No debemos tolerar despropósitos como el que intentó uno de los alcaldes del litoral hace unos años: ¡colocar piletas en un malecón! Todo lo que entorpece la relación saludable del habitante de la metrópoli con su mar no debe ser permitido. Mientras que toda acción que contribuya a preservar las áreas para el uso del público y facilitar el acceso en forma responsable debe ser respaldada.

Poner más puestos de comida y tiendas en cualquiera de los tres únicos distritos que tienen playas aptas en la Costa Verde es un enorme despropósito. Contribuye a generar más caos y degradar las ventajas naturales y paisajistas de la zona. El último domingo lo expresó Angus Laurie en este Diario: este tipo de desarrollo inmobiliario corresponde a las zonas no aptas como playas.

Para restaurantes y tiendas están las calles en las zonas comerciales y los ‘malls’. Sin embargo, las ventajas y los beneficios de una playa como Los Yuyos no pueden reproducirse en ningún otro lugar de la ciudad. Perder o ponerlo en peligro en aras de otro patio de comida es una barbaridad.

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