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Editorial: La delgada piel democrática

El congresista del Frente Amplio Justiniano Apaza solo condena las dictaduras cuando no son ‘nacionalistas’.

Editorial: La delgada piel democrática

Editorial: La delgada piel democrática

Hay una cierta ironía en que quienes ostentan un cargo al que han llegado por la vía electoral desdeñen la democracia. Y sin embargo, en nuestro país vemos permanentemente ejemplos de ello.

En esta página hemos fustigado con frecuencia las justificaciones del golpe del 5 de abril de 1992 en las que resbala cada cierto tiempo más de un congresista fujimorista (e incluso algún aventurero que logró llegar al Parlamento confundido en la lista oficialista), así como el doble rasero con el que miden en el Frente Amplio las tiranías del continente: si las consideran de derecha (como las de Pinochet o Fujimori), a la hoguera con ellas. Pero si sintonizan con su prédica izquierdista, la voz se les adelgaza para condenar los atropellos (como les ha ocurrido a propósito del régimen chavista en Venezuela); y llegado el caso, hasta son capaces de emitir pronunciamientos de homenaje, como vimos hace poco con motivo de la muerte de Fidel Castro en Cuba, sátrapa entre los sátrapas de Latinoamérica.

Lo que no habíamos visto hasta ahora en la bancada de ese frente, sin embargo, era la defensa abierta de una dictadura local. Pero, al parecer, era cuestión de esperar. Porque esta semana, en una entrevista televisiva, el legislador Justiniano Apaza dejó muy en claro que el doble rasero del que hablábamos antes también funciona a nivel doméstico.

Mientras recordaba la deportación de la que fue víctima en mayo de 1978, durante el gobierno de facto que presidía en ese momento Francisco Morales Bermúdez, Apaza saludó la circunstancia de que este haya sido condenado a cadena perpetua por un tribunal italiano a raíz de su colaboración con una operación del Plan Cóndor (una alianza secreta entre las dictaduras militares sudamericanas de ese entonces para coordinar una persecución ‘sin fronteras’ de sus opositores). La sentencia, dijo, era “correcta y justa” y “lo mínimo” que se podía hacer con respecto a un personaje al que llamó repetidas veces –y con razón– “dictador”.

Entre los cargos que le hizo a Morales Bermúdez, no obstante, pronto asomó el de “haber traicionado los postulados de la revolución peruana encabezada por el general Juan Velasco Alvarado”, quien, como se sabe, fue tan dictador como el primero.

Preguntado entonces sobre si Velasco no merecía igual condena que quien lo sucedió en el poder, el congresista del FA ensayó primero una salida por la tangente. “Si bien es cierto que hizo un golpe, por lo menos era [de] un espíritu nacionalista”, deslizó. Pero al pedírsele una precisión sobre si, en su opinión, se le debía perdonar lo dictatorial por lo nacionalista, ya simplemente dijo: “¡Claro!”. 

Y a continuación se enredó en una justificación de los golpes de Estado “cuando hay que poner orden en el país”. Una línea argumental, dicho sea de paso, muy similar a la que desarrollan los fujimoristas cuando intentan formular coartadas para el 5 de abril.

El gobierno de Velasco, como se recuerda, aparte de dictatorial, tuvo una fuerte impronta colectivista y, en esa medida, recibió el apoyo de buena parte de la izquierda de esos años (lo que no sucedió con el de Morales Bermúdez). Es decir, ‘nacionalista’ resulta en este contexto un alias del intervencionismo de izquierda y es evidentemente esa empatía ideológica la que suscita la tolerancia de Apaza. 

La verdad, empero, es que ese es un muy mal síntoma de parte de una persona que ha llegado a representar en el Congreso a una porción importante de la población –es parlamentario por Arequipa–, precisamente en virtud del sistema y los valores que tan fácilmente está dispuesto a poner en entredicho.

Circunstancias como esta revelan, pues, que las convicciones democráticas de muchos de nuestros políticos de toda procedencia son, para nuestro infortunio, solo una delgada piel que se descascara al primer embate, cuando las afinidades o lealtades de bandería entran en juego. Y que los principales enemigos que tiene el Estado de derecho entre nosotros a veces están emplazados justamente dentro de su estructura. Una ironía, ciertamente. Pero una bastante triste.

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