Editorial: Reacción inmadura

El presidente venezolano ha hecho de los insultos y las amenazas las únicas respuestas ante las críticas.

Editorial: Reacción inmadura

En los últimos meses, el presidente venezolano Nicolás Maduro ha arremetido de manera áspera contra todo aquel que ha criticado su gestión, como el secretario general de la OEA, Luis Almagro, o los presidentes Pedro Pablo Kuczynski y Mauricio Macri. (Foto: EFE).

El día de mañana, la Organización de los Estados Americanos (OEA) realizará un evento público para discutir la situación política y de derechos humanos en Venezuela. Esto luego de que, la semana pasada, el Consejo Permanente de la OEA recibiera un informe de su secretario general, Luis Almagro, en el que recomendaba suspender a Venezuela del organismo si es que el país no celebraba elecciones generales “a la mayor brevedad”.

La réplica del Gobierno Venezolano no tardó en llegar y lo hizo a través de un ríspido anuncio del presidente Nicolás Maduro. “Frente a la agresión de este traidorcillo inepto, llamado Luis Almagro, Venezuela no se va a quedar de brazos cruzados [...] nadie amenaza a Venezuela, menos esta basura de ser humano”, recriminó el mandatario. 

El mensaje del gobernante, no obstante su tono destemplado, no llama a la sorpresa, pues, si bien choca con el lenguaje diplomático que se esperaría de un alto cargo, respuestas viperinas de este tipo han sido una constante a lo largo de la administración chavista. Así, por ejemplo, semanas antes, Maduro había cargado contra el presidente Pedro Pablo Kuczynski luego de que este calificara la situación del país caribeño como “insostenible” durante un discurso pronunciado en la Universidad de Princeton, en Estados Unidos. “Todo el que se mete con Venezuela se seca, presidente Kuczynski”, advirtió Maduro de manera desafiante. 

Además, como si se tratara de una política gubernamental, en aquella ocasión, las amenazas del mandatario fueron secundadas a los pocos días por su canciller, Delcy Rodríguez, que aprovechó su participación en un foro público para tildar al presidente peruano de “cobarde”, “loco” y “perro simpático”. De hecho, esa no era la primera vez que la funcionaria arremetía contra el jefe del Estado Peruano. A fines de octubre del año pasado, como se recuerda, Rodríguez emplazó públicamente a Kuczynski –quien había pedido abordar la crisis venezolana en la XXV Cumbre Iberoamericana– a “quitarse su traje de empresario estadounidense”.

Este rosario de afrentas ha encontrado, como cabía esperarse, una respuesta sensata y acertada de parte del Ejecutivo y la cancillería peruana. El ministro de Relaciones Exteriores, Ricardo Luna, cursó una nota de protesta al Gobierno Venezolano y llamó a consulta al embajador peruano en Caracas, Mario López. Acciones que han sido oportunamente respaldadas por legisladores de las distintas bancadas del Congreso de la República.

Reacciones como las proferidas por Maduro y sus subalternos revelan una intención por tapar, a punta de gritos e improperios, los graves problemas que padece el país norteño. Y a la vez, traslucen su incapacidad para responder ante las válidas críticas por la grave situación política, económica y social en la que se halla sumergido el país actualmente. En ese esfuerzo distractor, construir algún ‘enemigo’ –sea local o extranjero– parece ser también parte de la receta chavista. 

Esta práctica, en efecto, no es exclusiva de Nicolás Maduro, sino que fue utilizada en reiteradas ocasiones por su líder y antecesor, el hoy fallecido Hugo Chávez. Ello quedó patente durante la campaña electoral peruana del 2006 cuando, antes de la segunda vuelta, Chávez no dudó en insultar abiertamente al ex presidente Alan García como una forma de expresar públicamente su respaldo al entonces candidato Ollanta Humala. En un acto transmitido por la televisión local, Chávez se desgañitó en oprobios contra García, que no valen la pena repetir aquí.

El insulto, como sostenía un famoso político mexicano, es el recurso al que acude todo aquel que carece de argumentos. Bravuconadas de este tipo reflejan, pues, las falencias de un gobierno a estas alturas incapaz de camuflar el azote de la crisis en la que ha caído por equivocaciones propias. Bien se sabe, sin embargo, que las injurias y las amenazas dicen menos del que las recibe que del que las pronuncia.