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Perdido en la traducción, por Francesca Denegri

“Parece que no son pocos los detalles que se le podrían estar escapando al presidente en el complejo trabajo de traducción que tendría que estar haciendo para gobernar”.

Francesca Denegri Profesora de Literatura de la PUCP

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“i no incorporó en su gabinete a los operadores políticos que tanta falta le hacen, es porque piensa que no los necesita”.

AFP

Una de las preguntas que sigue flotando a una semana de haber escuchado el discurso de Fiestas Patrias es: ¿De dónde le viene al presidente esa confianza a prueba de balas que le permitió asegurar que “el Perú agarrará ritmo otra vez, y yo me encargaré de eso”?

A estas alturas pocos esperan que, aun tomando en cuenta el panorama internacional más favorable y las medidas de reactivación económica para el destrabe de la inversión, semejante optimismo sea justificado. Entre otras cosas, porque ninguna de estas medidas de orden económico le hace frente a la verdadera madre del cordero que es la crisis política por la que atraviesa el país desde los 90 y que no muestra visos de menguar.

Como en la película de Sofia Coppola (“Lost in Translation”, 2003), parece que no son pocos los detalles que se le podrían estar escapando al presidente en el complejo trabajo de traducción que tendría que estar haciendo para gobernar el Perú. Pasar de un lenguaje a otro tiene sus riesgos, y en este caso la dificultad es mayor porque se trata de al menos dos traducciones que operan en simultaneidad.

La primera implica traducir lo aprendido en el pasado como banquero de inversión para usarlo ahora en su trabajo como presidente de la República. La denominación de origen del Perú es la desconfianza –como lo señalaba Marco Sifuentes en su columna– ahora exacerbada por los dos presidentes presos, uno prófugo y los otros dos investigados. Y por los jugosos negociados privados a expensas del Estado, las tesis plagiadas de figuras públicas, la industria lechera productora de leche que no es leche, las municipalidades que permiten el uso de jaulas como talleres, los congresistas vinculados al narcotráfico y un largo etcétera. El reto de pasar del lenguaje que entonces y por décadas necesitó para manejar una junta de accionistas relativamente uniforme, homogénea y hermanada por intereses comunes, al lenguaje que ahora necesita como jefe de Gobierno de un país de todas las sangres, como decía Arguedas, y en permanente estado de conflictividad social, exacerbado ahora por la acumulación de engaños, debe ser mayúsculo.

La segunda implica traducir el fair play vigente en el mundo social, político y financiero anglosajón en el que el presidente creció y se formó como profesional, a las reglas de juego tan distintas que rigen en nuestra política criolla de la era de la posverdad fujimorista. El fair play que nace con el deporte en el siglo XIX inglés, se refiere en el contexto político moderno al estándar mínimo de decencia, honestidad y respeto al adversario que son necesarios para el funcionamiento de una democracia. Si en su discurso no hubo nada para persuadir a la oposición naranja a sentarse en la mesa de negociación en lugar de seguir petardeando desde su mototaxi digital, debe ser porque el presidente confía en que la tregua que le dio el encuentro con Keiko es suficiente. Y si no incorporó en su gabinete a los operadores políticos que tanta falta le hacen, es porque piensa que no los necesita. Eso es confiar en el fair play, como lo ha venido haciendo con dudosos resultados a lo largo de todo el año, y es signo de que la traducción le está fallando.

Sin embargo, hay áreas más personales en las que la traducción sí le funciona. En un país acostumbrado a rituales de Estado particularmente secos y rígidos, el presidente se da el lujo de sacarles la lengua de vez en cuando y provocar el entusiasmo, y hasta el cariño de su sorprendido público. Aunque algunos califican de fallido su sentido del humor socarrón, creo que es al revés, que a la gente le cae bien porque lo entiende como parte de su espíritu democratizador, igual que sus gestos espontáneos, sus bailecitos fuera de protocolo y sus declaraciones desatornilladas. Aun si a veces mete la pata, son señales de una singular identidad que logran mejor traducción que su radical optimismo de llevar al país por la “senda del progreso”. Por cierto, parecería que el valsecito recién estrenado en las puertas de Palacio fue lo más aplaudido en las redes sociales.

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