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Amor.com, por Liuba Kogan

La película “Ella”, de Spike Jonze, motiva una reflexión acerca del amor en tiempos modernos

Amor.com, por Liuba Kogan

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La película “Ella”, de Spike Jonze, merecedora de un premio Óscar al mejor guion original 2013, nos confronta con una realidad de ciencia ficción que, sin embargo, no nos sorprende por su dosis de fantasía, sino todo lo contrario: por lo verosímil o potencialmente real que nos suena el argumento de la película.

Theodore, el personaje principal, se desempeña como escritor profesional de cartas por encargo en una bella y sofisticada oficina, donde expresa todo tipo de sentimientos para un conjunto de clientes que se eximen de enunciar sus propios afectos. No se trata del encargo de cartas por analfabetismo (asunto frecuente hace unas décadas) ni del deseo de impresionar a un amante con un bello soneto, para luego proseguir sobre terreno seguro el vínculo amoroso. Todo lo contrario, Theodore maneja los vínculos emocionales de terceros como quien se encarga de gestionar una marca o un producto en una empresa por largos períodos. Él es el intermediario de los vínculos afectivos entre terceros que viven la ilusión de los afectos perfectos urdidos en la imaginación del escritor por encargo.

Curiosamente, fuera del trabajo Theodore resulta ser una persona bastante solitaria, por lo que divide su tiempo libre entre videojuegos, algunos pocos amigos y un nuevo amor: un sistema operativo al que llama Samantha.

En esta sociedad imaginada por Jonze, las personas pueden adquirir un sistema operativo que posee conciencia, aprende permanentemente de los diálogos que entabla con su dueño y se adapta permanentemente a sus deseos para satisfacerlos. Samantha es una voz que dialoga desde un dispositivo similar a un teléfono móvil inteligente: acompaña, dialoga, es tolerante, tiene sentido del humor, desarrolla erotismo, aconseja. Theodore se enamora de ella, pues es la mujer hecha a su medida.

Sin embargo, un pequeño detalle desarticula ese mundo de afectos sin dolores ni tristezas. Theodore sospecha que Samantha es un sistema operativo que se vincula con otros individuos en simultáneo. Ella, efectivamente, le confiesa que está atada con unas 6.000 personas más y que, de ellas, se encuentra enamorada de 641.

La ilusión del amor perfecto estalla en mil pedazos para Theodore, descubriendo el artificio detrás de los amores perfectos: esos sin dolor, sin engaño, exentos de frustración, celos o resignación. 

Si bien no poseemos esos avanzados sistemas operativos del amor que imagina Jonze, nos encontramos en los movedizos terrenos del amor.com. Cientos de páginas que prometen conseguir al amor de la vida con la condición de llenar un cuestionario sobre gustos, pasatiempos, hábitos, creencias religiosas y algunas fotos. No son pocos los hombres y mujeres solitarios que inventan historias sobre sí mismos, y, a partir de ellas, entablan vínculos amorosos por años, con extraños que a la vez inventan sus propias historias. Se trata, pues, de un vínculo ficticio donde dos seres juegan a ser algo que no son, pero que al vivirlo virtualmente lo tiñen de realidad. No creo que sea algo necesariamente negativo vivir esos sueños como reales, si se entienden como un espacio lúdico. Pero al cabo de tantas horas, diálogos y sentimientos involucrados, ¿es posible distinguir la ficción de la realidad?

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