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La derrota del anticorreísmo, por Carlos Meléndez

“En ese desprecio social y en su incapacidad de vencer barreras sociales yace la derrota del anti-correísmo”.

Carlos Meléndez Politólogo

La derrota del anticorreísmo, por Carlos Meléndez

La derrota del anticorreísmo, por Carlos Meléndez

El anticorreísmo perdió las elecciones presidenciales el domingo pasado en Ecuador, en un resultado apretado que expresa la división política en ese país: una nueva ruptura geográfica (la costa con el oficialista Moreno, la sierra dividida, la Amazonía con el opositor Lasso), un quiebre al interior de Quito (el sur con Moreno, el norte con Lasso) y, sobre todo, un cisma sociológico (“los de abajo” con Moreno, las “clases medias” con Lasso). Como la mayoría de proyectos populistas, el correísmo dio al Ecuador la forma que requería para ser exitoso (conectar con los más necesitados) y para avivar la rabia (despertar la repulsión de las clases acomodadas). En política no se triunfa sin un enemigo poderoso a vencer (“banqueros”, “pelucones”). El correísmo siempre lo supo. 

Toda sociedad tiene fisuras. Cuando un proyecto político toca esas fibras nerviosas, se ha ganado –para bien o para mal– un lugar en la historia. Las últimas décadas en Ecuador registran ensayos personalistas temerarios: Abdalá Bucaram (“el loco que ama”), Lucio Gutiérrez (el coronel golpista) y Álvaro Noboa (el empresario bananero) tuvieron, en su momento, el favor de las urnas, pero no montaron sus proyectos políticos sobre los desencuentros de la sociedad ecuatoriana. Rafael Correa sí lo hizo, generando pasiones enfrentadas. El ‘boom’ del precio del petróleo le dio sostenibilidad económica a sus políticas redistributivas, tuvo la virtud de conectar simbólicamente con los marginados, combinando una prédica bolivariana con el tradicionalismo social más conservador del mundo andino. 

Asimismo, Rafael Correa también creó al anticorreísmo, esa reacción política que combina el rechazo a la prepotencia autoritaria del “déspota ilustrado” y el desprecio clasista hacia los nuevos “dueños” del país. Si bien el anticorreísmo se erige bajo banderas de reivindicaciones democráticas y exigencias de cambio en la administración de la economía –destruida por prebendas y deudas–, también reproduce elitismo y formas despectivas de dirigirse a las clases populares. Por más que Lasso ensayaba discursos conciliadores especialmente durante la campaña de la segunda vuelta, sus activistas plantearon la disputa entre el “nosotros” versus los “otros” en tono despectivo, más allá de lo político. En ese desprecio social y en su incapacidad de vencer las barreras sociales yace la derrota del anticorreísmo. Mientras tanto, el correísmo encontró en las labores de reconstrucción del terremoto de abril pasado su reconexión popular. Según lo ha demostrado el politólogo Paolo Moncagatta, sin el respaldo electoral que Moreno tuvo en Manabí (la zona afectada por el sismo), la victoria hubiera sido de Lasso

Estas divisiones políticas y sociológicas imbricadas no son excepcionales (en América Latina el clivaje argentino peronismo versus el antiperonismo es el más conocido). Pero en contextos de debilitamiento del sistema partidario parecen erigirse como estilo (contemporáneo) de hacer política. Finalmente, detrás de las divisiones fujimorismo/antifujimorismo, chavismo/antichavismo, uribismo/antiuribismo, correísmo/anti-correísmo existen ciudadanos conectados con la política en sus mentes, sus corazones y también en sus vísceras.

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