Normal nomás, por Marco Sifuentes

“En el Perú de ahora es normal tener miedo”.

Normal nomás, por Marco Sifuentes

“En el Perú de ahora es normal que tengas miedo cuando sacas plata de un cajero, que tengas miedo cada vez que vas a cruzar una esquina, que tengas miedo si vas a una fiesta sola”. (Foto: Archivo El Comercio).

Marco Sifuentes

Cuando era niño, era normal que en Viernes Santo todas las radios programaran música clásica o sacra. Todas. Incluso las rockeras. Además, no solo se esperaba que nadie comiera carne, sino que los mercados ni siquiera se atrevían a venderla. Era normal que todos los canales de televisión transmitieran, en cadena, el Sermón de las Tres Horas.

Cuando era niño también era normal que la gente fume en todos lados: en el taxi, en el micro, en los restaurantes, hasta en el cine o los aviones. También eran normales los apagones, los muertos en los noticieros, la leche ENCI.

Una vez mi padre nos sacó a pasear, fuera de Lima. No recuerdo a dónde, pero había sol, un río de aguas cristalinas y mucho verde, o sea, cosas que no son normales en nuestra capital. Al fondo, en la cima de una de las montañas que rodeaba el lugar, una bandera roja. “Esa la han puesto los terrucos”, nos dijeron. Ah, ya. No hubo drama ni salimos corriendo. Total, esos están por todos lados. Normal.

En mi adolescencia era normal ver muertos reventados en las primeras planas de los diarios chicha. Al lado, calatas y, por supuesto, insultos contra periodistas y políticos opositores (gays, pitucos, prochilenos, cosas así). Todos los días. Era normal asumir que el presidente se fuese a pasear por la selva con su hijo utilizando un helicóptero de las Fuerzas Armadas. Era normal que usara un partido distinto para cada elección. Era normal que tuviera como asesor personal a un tipo expulsado del Ejército por traición.
En el Perú de ahora es normal que tengas miedo cuando sacas plata de un cajero, que tengas miedo cada vez que vas a cruzar una esquina, que tengas miedo si vas a una fiesta sola. En el Perú de ahora es normal tener miedo.

Si aparece el video de una violación en una discoteca, es normal que los comentaristas de la noticia se concentren en preguntarse qué hacía la chica allí, para qué había bebido tanto o si acaso el chico era su novio. “Esas son prácticas cotidianas”, dicen. En resumen, les parece normal.

En el Perú de ahora también es normal asumir que el Estado “pierde plata” cuando ofrece servicios básicos a sus ciudadanos. Ni educación, ni transporte, ni salud, ni una canchita (mucho menos, una piscina pública). Como si no fueran derechos elementales de todos, sin discriminación. Por eso mismo es normal que el Perú colapse cada vez que hay un fenómeno de El Niño. Las autoridades solo hacen obras que tendrán impacto inmediato, sin pensar en el largo plazo, porque no es normal pensar en los derechos de la gente. Ni reclamarlos.

Todo lo que es “normal” suele pasar desapercibido. Como las calles enrejadas o la ausencia de bibliotecas. Lo normal se convierte en parte del paisaje; lo asimilamos y seguimos con nuestras vidas. Pero si hemos mejorado como país se debe a que, antes, rechazamos otras normalidades. Y es lo único que, ahora, podemos seguir haciendo. Seguir dándonos cuenta de que nada es normal nomás. 


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