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"Colgados de la brocha", por Mario Ghibellini

El presidente no tiene problema en dejar sin piso a sus ministros

"Colgados de la brocha", por Mario Ghibellini

"Colgados de la brocha", por Mario Ghibellini. (Ilustración: Mónica González)

"Colgados de la brocha", por Mario Ghibellini. (Ilustración: Mónica González)

"Colgados de la brocha", por Mario Ghibellini. (Ilustración: Mónica González)

A juzgar por la suerte que corrieron Saavedra, Vizcarra y Thorne después de que PPK les brindara públicamente su respaldo, uno pensaría que lo que les conviene a los ministros de este gobierno es que el presidente los desampare. Pero, como reza el más logrado de los haiku de Kenji, tampoco tampoco. Todo titular de cartera necesita gozar de una credibilidad frente a la ciudadanía que quien lo nombró para el cargo no debería minar. Y sin embargo, eso es exactamente lo que ha ocurrido hace unos días, con ocasión de la sonada recepción que el jefe de estado les ofreció a ciertos dirigentes regionales del magisterio en Palacio. 

Convidados de piedras
En las últimas semanas, efectivamente, los ministros de Educación e Interior se tiraron con zapatos y todo a la piscina de la definición de con quiénes estaba dispuesto a negociar el gobierno los reclamos del magisterio en huelga, y con quiénes no. “Hay sindicatos, como el Conare, con los cuales no podemos conversar porque sí hay infiltraciones del Movadef”, dijo la señora Martens.

Basombrío, por su parte, se refirió a las dirigencias magisteriales que, de manera turbulenta, querían desplazar al Sutep nacional como interlocutores del estado. “Como no son capaces de ganarle al otro sindicato, al nacional, lo que están buscando es –por la fuerza– poder político. No vamos a negociar con ellos de ninguna manera. Que eso les quede claro”, declaró. 

En la condena a los violentos, además, fue minucioso. “Ellos tienen ya de nuestra parte –tanto en Cusco, Puno y otros lugares [como] Junín y Arequipa, donde han hecho violencia– muchas denuncias penales que, lamentablemente, quedan ahí como si no pasara nada”, dijo. Y, por último, remató: “No vamos a tolerar, no existe posibilidad alguna, lo digo con toda claridad, de una negociación con esa gente. ¡Ninguna! ¡Cero!”. 

Bravo. Bien dicho. ¿Es acaso posible no estar de acuerdo con él y respaldarlo? Pues fíjense que sí. El presidente Kuczynski, hombre de recursos, lo consiguió a principios de esta semana, cuando, aturullado por la persistencia de la huelga, invitó a dialogar en Palacio a “los delegados de las distintas regiones del país” –es decir, a aquellos que Basombrío definía como incapaces “de ganarle al otro sindicato” –, siempre y cuando no hubieran “realizado actos de violencia”. Una condición cuyo cumplimiento era imposible de verificar, pero a la que se le quiso prestar verosimilitud a través de una nómina que evitaría supuestamente el ingreso de los indeseables a la cita… De la que, sin embargo, no estaba purgado, por mencionar un ejemplo, el dirigente cusqueño Ernesto Meza, sobre el que pesa precisamente una denuncia penal de la procuraduría del Ministerio del Interior por presuntos delitos contra la seguridad y tranquilidad pública. Es decir, hubo quienes tiraron piedras y fueron convidados. Y si, como es obvio, ni Martens ni Basombrío pudieron haber lanzado sus antemas sin la anuencia presidencial, la conclusión es una sola: Kuczynski los dejó colgados de la brocha. 

¿Por qué le han aguantado estos ministros la ignominiosa jalada de escalera al mandatario? Vaya uno a saber. Pero si no fuera porque ya está por salir el reglamento del chocolate, se diría que esta administración ha perdido toda sustancia en la tarea de gobierno.

Esta columna fue publicada el 12 de agosto del 2017 en la revista Somos.

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