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Thelma, Louise y la otra miss, por Mario Ghibellini

¿Quién empujó a Letona y Aramayo al despeñadero?

Thelma, Louise y la otra miss, por Mario Ghibellini

Thelma, Louise y la otra miss, por Mario Ghibellini

En la escena final de la película sobre la ley mordaza que quisieron impulsar, uno solo ve a las congresistas Letona y Aramayo que, como una encarnación criolla de Thelma & Louise y sabiéndose perdidas, le meten fierro a fondo al coche en el que se han embarcado y saltan al vacío. Pero si pudiéramos retroceder la filmación unos cuantos cuadros, de seguro distinguiríamos la mano de alguien más dándoles el empellón inicial. Porque, dejémonos de cosas, la defensa que han ensayado en estos días del esperpento aquel ha sido tan balbuceante y chapucera que la idea original no puede haber sido suya.    

Infamia # 101

Para ser honestos, la iniciativa exudaba torpeza desde el principio. Presentar desde el fujimorismo un proyecto de ley para poder deshacerse de los periodistas incómodos con solo denunciarlos ante la fiscalía y sujetar los contenidos de los medios a una ‘veeduría’ dependiente del Ministerio de Transportes -y hacerlo encima en los días previos al 25° aniversario del autogolpe del 5 de abril- es efectivamente una trampa tan necia que evoca las que le ponía siempre al Correcaminos el inmortal Wile E. Coyote, aunque sin su simpatía.

Pero cuando empezaron los embates contra la mola legislativa desde todos los sectores, sus presuntas gestoras le permitieron al empeño conocer nuevas dimensiones de estulticia. “Solo es un proyecto”, protestaban, como si los congresistas anduviesen presentando cosas de las que no están completamente convencidos o pidiendo clemencia porque todavía no habían metido la pata del todo. Lo peor, sin embargo, vino después, cuando zamaqueadas hasta por Kenji, tuvieron que retirar el proyecto, rezongando que les hubiera gustado que el debate que las obligó a retroceder se diera “en el Congreso, donde debe darse la discusión, y no a través de editoriales” y quejándose de que su propuesta hubiera merecido “#100 columnas de infamia”: una confirmación de que lo que existe en ellas es un tirria a la prensa crítica y una abierta ignorancia del hecho de que, en democracia, los ciudadanos discutimos lo que queremos donde queremos, y no solo en los foros en los que ellas tienen mayoría.

Presentaron las señoras a continuación un proyecto algo cambiado que mantiene varios despropósitos (y que, al parecer, va camino de una nueva modificación), pero que, aunque tozudo, no agravará ya en mucho el estigma que ellas se han auto infligido con todo esto. Porque este intento de amordazar a la prensa, como es obvio, las va a acompañar por el resto de sus carreras políticas como un feo lamparón en su currículum que sus amigos periodistas se encargarán de recordarles cada vez que quieran postular a cargo alguno.

¿Qué necesidad tenían de saltar al vacío de esa manera cuando recién empezaban a asomar por encima de la marea de extras que compone la bancada fujimorista? Evidentemente, ninguna. De ahí, pues, la sospecha de que el libreto que recitaron lo escribió otra mano.

Y si cuando ocurre un asesinato, los manuales de investigación policial aconsejan buscar un motivo verosímil para dar con el culpable, quizás sería una buena idea proceder del mismo modo en este caso. Siga usted, entonces, el hilo que se desprende de la mordaza con esa lógica y encontrará sin duda al embozado responsable de todo en el centro del laberinto.

Esta columna fue publicada el 8 de abril del 2017 de la revista Somos. 

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