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Corpus Christi en Cusco y Cajamarca: el día de todas las procesiones

En ambas localidades se celebra la festividad con amplia convocatoria y varias actividades a lo largo de la semana

FERNANDO GONZÁLEZ/ALFREDO SALVADOR

María Luisa Dávila se ha quedado de pie en la Plaza de Armas del Cusco aun cuando la misa ya ha terminado. Se adivina que reza porque mueve los labios. Una mano sostiene una sombrilla por el sol inesperado que ha salido en la mañana cusqueña. La otra aprieta un rosario. No se mueve, solo reza.

Su esposo, Carlos Chávarry, está un paso detrás de ella. Las personas delante de ella comienzan a moverse. La custodia, que preside las procesiones del Corpus Christi, ha empezado a dar la vuelta a la plaza.

El Corpus Christi es una de las máximas expresiones de la religiosidad cusqueña. Todo comienza a las nueve de la mañana con una misa en el atrio de la Catedral. La plaza se va llenando de gente. Hay colegios y bandas. Hay turistas y devotos.

En el atrio, además del cardenal, están las 15 imágenes que darán una vuelta a la plaza y volverán a guardarse en la iglesia por siete días más. Cada una cuenta con sus fieles y sus tradiciones.

A San Sebastián lo cargan descalzos. A San Blas con terno y un chullo. A San Cristóbal como tambaleándose de un lado a otro. La única que es solo escultura es la Virgen de Natividad de Almudena.

La imagen de San José lleva a un Niño Jesús en brazos. El niño tiene en una mano una canasta de plata. Es ahí donde María Alarcón le ha pedido a uno de los cargadores que deje un papel doblado hasta su mínima expresión. “San José, dicen, es al que se le debe pedir que interceda si se quiere vender algo”, dice María, que viene por cuarto año consecutivo a Cusco desde Andahuaylas para la fiesta. “Claro, se tiene que pedir con fe”, agrega.

EN CAJAMARCA
En la víspera de Corpus Christi, decenas de personas, jóvenes y adultas, se reúnen en la Plaza de Armas de Cajamarca. Llevan tizas, palos, sacos de aserrín y anilina de colores para construir alfombras que el día siguiente marcarán el camino de la procesión. “¿Flores? No, aquí no usamos flores. Esa es la tradición cusqueña”, responde un profesor de arte del colegio Santa Fe mientras perfila su obra en el concreto.

Para las diez de la mañana del 23 todo debe haber quedado listo. Miles de escolares y feligreses rodean la plaza y evitan el ingreso de la gente en la zona de las alfombras.

De la catedral sale el anda con un cáliz y es transportada por seis sacerdotes. A pocos metros del portón de la iglesia, los cargantes se detienen para que Cristo reciba su primer tributo: el de los chunchos y pallas. Los personajes masculinos lanzan alaridos, brincan y realizan maniobras acrobáticas. Mientras tanto, las mujeres ondean sus faldones y danzan coquetas.

Luego, ambos personajes callan y se arrodillan ante la cruz, como si un brazo invisible los obligara. Esta representación de la evangelización tiene significados tan poderosos –y dolorosos–, que es capaz de estremecer hasta al más duro de los espectadores.

La procesión comienza. El cáliz recorre la plaza, se cambia de cargadores cada veinte metros. Luego de una hora de recorrido, el altar vuelve a la iglesia y se celebra una misa, lo que pone punto final al día central del Corpus Christi.

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