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CRÓNICA: la celebración al Señor de Qoyllur Riti en Cusco

Una peregrinación de 24 horas cuyo cénit es el recibimiento al sol es la parte de mayor sincretismo

FERNANDO GONZÁLEZ-OLAECHEA

En un punto incierto entre las montañas, bien entrada la noche, un pablucha ha caído. La procesión no se ha detenido, pero todos lo han visto y siguiendo el paso han quedado atentos. El pablucha se ha levantado rápido. Ha dado unos saltos. Ha dicho algo en quechua. Ha empezado a correr. Se ha perdido por el camino de herradura entre las siguientes montañas. La procesión del Intialabado, epílogo de la celebración del Señor de Qoyllur Riti, es un reto a todo. Al dolor, a las montañas, al frío y, por todo eso, a la fe de los peregrinos.

Cuando Sabino Villafuerte, presidente de la Hermandad del Señor de Qoyllur Riti, habla sobre el Intialabado el tono de su voz se vuelve más grueso y pausado. “Es la parte menos católica de la celebración”, dice con reverencia. “Consiste en recibir al sol y darle un saludo. Nos cargamos de su energía y seguimos”, continúa.

El libro “Celebrando la fe. Fiesta y Devoción en el Cusco” (2009), editado por Jorge Flores Ochoa, recoge una serie de ensayos y artículos sobre manifestaciones religiosas. Uno de ellos (2007), de Armando Aguayo Figueroa, se centra en el Intialabado y Qoyllur Riti. El autor sostiene que el origen de la fiesta es precolombino y su incorporación por parte de la Iglesia a sus ritos se remonta a 1780, luego de la muerte de Túpac Amaru II. En ese sentido, el elemento de veneración al sol es uno de los rezagos más fuertes que quedan de la fiesta original prehispánica.

El nombre, ya se ha notado, es la unión de dos palabras: la quechua ‘inti’ (sol) y la española ‘alabado’.

Todo comienza en la explanada de Sinkara (en la provincia cusqueña de Quispicanchi), donde se celebra la fiesta de Qoyllur Riti (este año entre el 17 y el 22 de junio). Ahí durante el día principal, por un camino que sube entre dos cerros, van unos peregrinos que llegan finalmente a los dos mil.

Ellos han iniciado cerca del mediodía la procesión de 24 horas para llegar a Ocongate, capital de Quispicanchi. Pero la parte fundamental se lleva a cabo en el páramo llamado Intilloqsina. Ahí recibirán los primeros rayos de sol en fila, con el nevado Ausangate de fondo. Eso es el Intialabado.

Durante el camino portan la cruz de Tayankani. Caminan hasta el descampado de Yanakancha para esperar la noche. Van llegando ahí entre las tres y las cinco de la tarde. A las cuatro se realiza el simpay o qenqo, una suerte de coreografía en zigzag en la que las comparsas de pabluchas de las naciones peregrinas de Paucartambo y Quispicanchi bajan por los cerros hasta el llano. El lugar sirve para descansar hasta las nueve de la noche y luego continuar.

‘Jayu jayu, hermanito’ se oye en falsetos. Son los pabluchas que incitan a avanzar a quienes se han detenido exhaustos a un lado del camino. Aunque parezca que cada uno va preocupado de sus propias culpas y sus propios pasos –el camino es una forma de penitencia–, todos están pendientes del resto.

Al recibir el sol, se detiene la música de varias bandas que han acompañado frenéticamente a las comparsas de peregrinos. Todos se arrodillan a medida que el sol los ilumina. Es un acto profundamente íntimo. Michael Silvera es un pablucha de la nación Paucartambo. Es su primera vez ahí. Dice con timidez y distancia que no ha sentido nada especial al recibir el sol. Sus ojos llorosos a través de las aberturas de la máscara que lleva lo desmienten.

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