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Javier Ascue en el recuerdo: la historia del primer periodista que llegó a Yungay tras el terremoto

Ante la partida de nuestro compañero en El Comercio, rescatamos una crónica de 1995, ejemplo de su calidad de periodista

Javier Ascue en el recuerdo: la historia del primer periodista que llegó a Yungay tras el terremoto

JULIO VILLANUEVA CHANG
Texto publicado en mayo de 1995 en El Comercio

Uno de junio de 1970.

Sentado en la vereda de una gasolinería de Casma, el periodista Javier Ascue Sarmiento, que aún escribía a máquina con dos dedos, piensa que lo van a despedir. Le habían ordenado hacer guardia en el Grupo 8 de la Fuerza Aérea, desde donde se iban a transportar provisiones hacia Chimbote y el Callejón de Huaylas, las zonas más perjudicadas con el terremoto del día anterior. Pero Ascue había convencido al fotógrafo José Michilot para subirse al avión en vez de regresar a El Comercio, y, cuando llegaron a Chimbote, se dio cuenta de que cuatro periodistas de esta casa y de todos los diarios ya estaban allí. Y que Ascue, novato redactor de 25 años, no tenía nada que hacer.

Regresar a Lima era impostergable.

Y al llegar a la salida de Casma, Ascue, sentado en la vereda de una gasolinería en espera de un ómnibus, sigue pensando que lo van a despedir. De un patrullero, baja un policía que lo llama. Creerán que somos saqueadores, supone Ascue. Pero el alférez Ochoa, que había sido su compañero de clase en la nocturna del colegio Melitón Carvajal, ha bajado para ofrecerle ir en patrullero hasta Moro, a una hora y cuarto de Casma. Todos los periodistas se han ido a Huaraz por un camino demasiado largo, lo tienta el policía mostrándole un mapa. Incorregible, Ascue confía en llegar al Callejón de Huaylas antes que ellos. Esto sí es periodismo, compadre, le dice a Michilot.

Desde Moro parten en grupo con destino a la Cordillera Negra. La gente que no resiste la altura va tirando la toalla en el camino. A Pamparomás llega la mitad de los que partieron. Está arrasado por desbordes de piedras y los temblores no cesan. Michilot le toma una foto a una anciana arrodillada, cuya imagen dará días después la vuelta al mundo. Ascue se encuentra con el policía Pedro Armas Guardia, quien conoce un atajo hacia el Callejón de Huaylas. Si en Yungay no encuentro vivo a alguien de mi familia, le dice Armas enseñándole el tambor de su revólver, esta bala será para mí.

Caminar por la cordillera es una prueba de resistencia.

El equipaje de Ascue es una cámara Practisix y su libreta de apuntes, pero la altura ha vuelto pesado hasta el billete de 10 soles que guarda en ese saco gris a cuadritos. Ya no sabe qué fecha es, mide las distancias por cerros y se ha acostumbrado a tropezar con cadáveres de todo calibre. Descansar en una roca al costado de un muerto es tan habitual como los temblores.

Dormir es casi imposible. Pero aún así Ascue se acuesta como un murciélago para activar la circulación cerebral. Cada cinco minutos pasan lista si es de noche. Se dan cuenta de que están vivos cuando les sangran las orejas y la nariz por efectos de la altura y el frío. De esta manera llegan a una cumbre desde donde sólo se alcanza a ver un mantel de polvo.

*Ascue tiene apuntados 70 temblores. *

Pueblo Libre está al otro lado de la Cordillera Negra. El periodista se encuentra con un grupo de ingenieros y una mujer detenidos por un desborde de piedras. Los pies de Ascue están tan hinchados que piensa que si los saca de sus zapatos ya no los podrá volver a meter. Un ingeniero de casco amarillo les avisa que ellos toman la delantera. Llevan una radio que anuncia que Perú le acaba de voltear el partido a Bulgaria en el Mundial de México. El reportero se sienta a descansar en una ladera.

Un temblor libera otra avalancha de piedras. Ascue y Michilot se salvan dentro de una cueva y, luego de media hora de caminata, vuelven a encontrar al ingeniero y la mujer. Pero esta vez bajo unas piedras, con los cráneos destrozados.

Ascue juega con una piedra en su boca para quitarse la languidez.

Los muertos aplastados se multiplican a medida que descienden. Javier ha aprendido a tocarles el hombro y las manos para comprobar si están muertos. Ya en Pueblo Libre, encuentran a un chofer que conduce un camión volquete. Al frente está Caraz, les avisa, allí ha habido un aluvión. Allí está la noticia, piensa Ascue. Los lleva hasta una mina de carbón en Pahuas, al frente de Caraz. Se oyen los gritos ahogados de unos mineros atrapados en un socavón. Hay una oroya que atraviesa el río Santa y los periodistas cruzan el abismo a través de ella.

Caraz está en sus narices.

CALLEJON DE LA MUERTE
Una anciana en la fantasmal Plaza de Armas parece la única sobreviviente. Caraz está en escombros y su población se ha mudado a los cerros. Trepándolos, a Ascue y Michilot les cae una avalancha de niños con preguntas. Ninguno cree que han venido desde Lima. Ya es de noche. Para dormir han improvisado cabañas hechas de maleza y eucalipto. El subprefecto de Caraz les ofrece una taza de quáquer. Desde Casma, los reporteros sólo habían probado su saliva.

Esa misma noche llegan a Yungay.

Ascue empieza a entrevistar a la gente. Tiene los pies enfangados, pero le extraña que el piso esté demasiado blando. Entonces se da cuenta de que está encima de la barriga de un cadáver. Durante un par de años, a Ascue le quedará la manía de mirar el piso antes de pararse. Michilot hace equilibrio sobre unas tablas y dispara su flash contra las cuatro palmeras sobrevivientes.

Yungay es otra dimensión.

La cantidad de muertos con que se tropiezan les ha revuelto el estómago y la mirada. Ven cadáveres de niños abrazados a los de sus padres. Quieren escapar de allí cuanto antes. Lloran, gritan, se tiran al suelo. Acaban huyendo al distrito de Mancos.

Un helicóptero aterriza. Al mayor Cabrera le cuesta creerles que han llegado a pie desde Casma. Los mira de arriba hacia abajo: el rostro tajado por la altura y el frío, la ropa raída. Coman esto, les dice entregándoles sus sánguches. Ascue le entrega sus apuntes y las fotos para que se las lleve al corresponsal de Chimbote, José Gutiérrez. A la tarde siguiente, regresa el helicóptero. Toma tu diario, le entrega el mayor Cabrera a Javier. Hay una foto con cuatro palmeras y un testimonio en la primera página.

Ascue besa el periódico.

Suban al helicóptero que me voy a Anta, les dice el oficial FAP a los periodistas. En Huaraz, Ascue y Michilot recogen pollos a la brasa lanzados a tierra por aviones chilenos. La ayuda internacional empieza a llegar. Los periodistas de los demás medios, al enterarse que habían estado en Yungay, parten hacia esa tierra castigada. Ascue vuelve a Lima con la ropa apestando a muerto.

Esa noche y las de las dos semanas siguientes no iba a lograr conciliar el sueño.

A la mañana siguiente, el doctor Aurelio Miró Quesada Sosa lo espera en su oficina. Ascue vuelve a pensar, como en la gasolinería de Casma, que va a ser despedido. ¿Usted sabe lo que ha hecho?, le dice seriamente el director de El Comercio.

-Sé que sólo debí llegar al Grupo Ocho, doctor. Pero mi espíritu de periodista me ha llevado hasta allí -se disculpa Ascue.

-¿Usted no sabe lo que ha hecho? -insiste con más seriedad Aurelio Miró Quesada.

Doctor -repite Ascue, perdóneme la desobediencia.

-Lo que usted hizo ha dado la vuelta al mundo -le anuncia el director.

Y lo nombró redactor principal.