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La selva: la tierra prometida de los israelitas en el Perú

Hace 17 años, miles de israelitas, dejaron sus casas dispuestos a colonizar los últimos territorios de la Amazonía

Por Nelly Luna Amancio

Detrás de la historia de conversión de un israelita hay siempre un sueño. Una revelación onírica que lo convence. Martín Muñoz, el pelilargo, barbado y enjuto seguidor de Ezequiel Ataucusi que está sentado en su casa de Islandia (sobre el río Yavarí, más cerca de Brasil que del Perú, por un caprichoso cambio en el cauce), tuvo también su propio sueño.

Un día de 1990, en Pisco, escuchó que alguien lo llamaba: Martín, Martín. “Pensé que llamaban a otro, pero más adelante otra vez: “Martín, Martín””. Dice que era la voz de un hombre. “Supe que era la voz de Dios”.

Martín habla con la calma de un sacerdote y la voz de un locutor de radio romántica. Su casa, como la del resto en Islandia, es de madera y está elevada sobre el río. Tiene una tiendita en la que vende discos de video variados, desde la gesta israelita en la Amazonía hasta películas ganadoras del Óscar y algunas telenovelas. Sobre la mesa principal de su sala se luce un cuadro con la imagen de Ezequiel y Jonás Ataucusi, el sucesor.

Martín se concentra y clava la mirada en un punto fijo. El día que escuchó esa voz abandonó su empleo de “engañador” de perfumes —se hacía pasar por puertorriqueño para vender colonias “dizque” importadas— y se entregó a las palabras de Ezequiel. Su fe no movió montañas, las atravesó. En 1992 viajó a Cerro de Pasco, luego a Pucallpa, después a Iquitos y finalmente al Yavarí, para llevar a la práctica lo que su maestro explicaba en la teoría: “Las fronteras vivas, la colonización de las fronteras”. No era solo un acto de fe, también un proyecto político.

UN ACTO DE FE
Fue uno de los más de seis mil feligreses de la Misión Israelita del Nuevo Pacto Universal que en 1993 poblaron la Amazonía convocados por Ezequiel Ataucusi Gamonal, fundador del grupo y entonces presidente del Frepap.

Martín vendió lo poco que poseía en Pisco, se despidió de sus amigos y se aventuró por la agreste selva, a buscar su tierra prometida. Muchos se fueron a Alto Monte, otros a Caballococha, en la frontera con Colombia y Brasil. Iqueños, puneños, limeños y norteños dejaron sus empleos, se mudaron a Loreto, cultivaron la tierra, enfrentaron las lluvias, lucharon contra los mosquitos, soportaron calores. “Me sentía Tarzán”.

Son las 7 a.m. en Caballococha, la capital de la provincia más extrema de Loreto. Las calles lucen desoladas. En la selva la gente se levanta un poco más tarde a pesar de que amanece más temprano. Las tiendas están cerradas y en el puerto dos policías se llevan detenido a un joven (dicen que asesinó a alguien en un ajuste de cuentas). El cielo está nublado: hay cierta tristeza en la Amazonía cuando el cielo de tiñe de gris, pero la gente que ingresa a esta hora al templo israelita sonríe.

ES CUESTIÓN DE CULTO
El culto empieza siempre con la misma y drástica puntualidad. Tules de colores cubren los largos cabellos de las mujeres, ellas usan faldas largas y van con rostros limpios, sin maquillaje. Ingresan al templo, se acomodan al lado izquierdo.

Una familia entra, la mujer carga a un niño, el hombre se sienta a la derecha, ella envía al hijo con él, el niño apenas puede caminar pero debe ir con el padre, aunque no quiera y llore. Ellos siempre se sientan a la derecha, ellas a la izquierda. La disciplina es sexista entre los israelitas.

El encuentro se inicia con una canción de tono marcial. Una niña grita detrás. Parece poseída, cierra los ojos, levanta y agita sus manos, mueve la cabeza de un lado a otro. “Soy feliz, soy feliz, contigo soy feliz”. Su canto se prolonga durante largos 25 minutos. Hay que permanecer de pie todo ese tiempo. El canto termina y todos aplauden. La niña poseída puede relajar sus músculos. El pastor coge el micro: “Hermanos, anoche tuve un sueño”. Otra vez el sueño.

El pastor narra el sueño y lo interpreta: “Se vienen tiempos difíciles”. Sus seguidores creen sin dudar, una señora llora, reza. En eso consiste la fe. “La manera de ver según la fe es cerrar los ojos de la razón”, dijo en el siglo XVIII el científico y político Benjamín Franklin. Tenía razón.

Y Martín Muñoz también la tuvo. Caballococha concentra uno de los grupos más grandes de israelitas. Son cerca de mil y con las comunidades del río Yavarí suman más de 2.500. En toda la provincia Mariscal Castilla superan, dicen, los 20 mil. No sorprendió, por eso, que en las últimas elecciones ganara Gregorio Quispe, representante del Frepap.

LA IMAGEN DE EZEQUIEL ATAUCUSI
Se llama Ronald Castellanos, tiene la piel tostada, viste de negro y conduce una moto por las calles de Leticia, en Colombia. A cuatro horas de Caballococha, este israelita de extensa cabellera —de 15 años sin cortar y escondida bajo el casco— cuenta que la primera vez que escuchó a Ezequiel Ataucusi estaba en Medellín.

El discurso lo conmovió. “Esa noche soñé con él. Me decía que debíamos trabajar la tierra para realizarnos como hombres”. Muy pronto Ronald se embarcó en una odisea que lo llevó a surcar todo el río Putumayo. Navegó durante dos semanas, comiendo lo necesario e intercambiando productos en los mercados israelitas donde el trueque reemplaza al pago.

Ronald se quita el casco y cambia de voz cuando repite que él creía ciegamente en Ezequiel, pero que dudó cuando su maestro no resucitó. “Él lo dijo y no ocurrió, fue un golpe muy duro para mí”. La muerte humanizó a Ezequiel. Pero lo que más inquietó a los israelitas colombianos —explica Ronald— fue la elección de Jonás Ezequiel Ataucusi como sucesor de Ezequiel. “Él no era del movimiento, ni era el mayor”, se queja. Y añade: “Los israelitas peruanos han trastocado la palabra del maestro, en zonas como Caballococha siembran y defienden el cultivo de la hoja de coca”.

Con la muerte del fundador del Frepap la iglesia israelita se quebró, pero no desapareció. Y los seguidores continuaron su expansión. Su prédica: una lectura exacta y fanática del Antiguo Testamento, un papel postergado para la mujer, el trabajo de la tierra. En Caballococha y Leticia se los ve vendiendo los productos que cultivan. Vestidos con sus túnicas, enfrentando el calor de la selva.

En Caballococha, una hora después de cantos e interpretaciones de sueños, el culto termina. El coro —acompañado por una orquesta de bombo, saxofón, guitarra y trompeta— interpreta el Himno Nacional. Un extraño nacionalismo se respira en este último rincón de la frontera. “Donde la roja y blanca flamea hay un hombre de cabello largo y barba”, dirá el pastor. Voz grave, pies descalzos, túnica de rigor.