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La marcha de las peruanas por Tacna y Arica

El país reaccionó indignado ante el laudo que dispuso la consulta popular en Tacna y Arica que definiría sus destinos

(Fotos: Avilés Hermanos / Colección privada de Ricardo Wiesse Thorndike)

RICARDO WIESSE REBAGLIATI

La década de 1920 abundó en episodios agitados, pero pocos alcanzaron en Lima los ribetes multitudinarios de la marcha cívica del sábado 14 de marzo de 1925.

Veinte mil personas acudieron a la cita de tres señoras (Mercedes Ayulo de Puente, Ana Rosa Montero y Anita Trou) para expresar la disconformidad con el laudo del presidente norteamericano Calvin Coolidge, que decretaba la realización de una consulta popular en Tacna y Arica, que determinaría si estos territorios permanecían en el Perú.

El invasor proseguía su política de “chilenización” forzada, y cancelaba toda posibilidad de juego limpio. “¡No al plebiscito!” fue la consigna. Los ánimos crispados fueron convocados a manifestarse en silencio y así fue.

El Comercio cubre ampliamente el suceso, descrito también en un volumen fotográfico titulado “El sublime patriotismo. Manifestación de protesta contra el laudo norteamericano organizado por las damas limeñas: un reportaje detallado en planos amplios y retratos al paso”. La revista “Mundial” dedicó seis páginas a reproducir, el 20 de marzo, una treintena de las 67 imágenes tomadas por los hermanos Avilés.

La concentración partió a las 2:30 p.m. del parque Neptuno, subió por la calle Belén a la plaza San Martín, alcanzó la Plaza de Armas, bajó al Paseo Colón para enrumbar a la plaza Bolognesi y concluyó al caer la tarde. Presidió el desfile un personaje venerado unánimemente: Dolores Cabero de Grau.

Protegida por un parasol, la viuda del héroe de Angamos recibe aclamaciones en el asiento posterior de un Chrysler descapotable y constata el fervor de la muchedumbre arrodillada cantando el himno nacional bajo el bronce de Bolognesi, repleto de flores. Toman la palabra Elvira García y García, José Gálvez y Óscar Miró Quesada. Abundan deudos de guerra, representantes del Centro de Señoras Tacna, Arica y Tarapacá, y matronas a la moda entre marineritos de blanco y enseñas bicolores.

Esos infantes palparon una hora histórica. Sus retinas y mentes fueron grabadas a fuego por ese brote espontáneo que restauró ideales indispensables en la escena pública. El archipiélago social amenazado desde afuera marchó unido gracias al peso simbólico de sus héroes. Nuestras abuelas decidieron legar una lección pacífica y fraterna. Y lo lograron.