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(Editorial) Erradicación de la pobreza sin populismo

A tres semanas de la segunda vuelta, es indispensable que Keiko Fujimori y Ollanta Humala expliquen cómo cumplirán sus propuestas de acabar con la pobreza y expandir la cobertura social. Ambas son tareas principales para el próximo gobierno.

Son urgentes los programas sociales orientados al desarrollo de las poblaciones más necesitadas y no solo campañas asistencialistas que no logran revertir la situación de marginación y miseria que, en pleno siglo XXI, afecta a una gran proporción de compatriotas.

El fantasma del asistencialismo ha deambulado por el continente desde hace décadas y científicos sociales consideran necesario seguir discutiendo sobre la naturaleza populista o neopopulista de los últimos gobiernos militares o civiles de América Latina. Y es que el clientelismo latinoamericano no puede medirse a la luz de modelos que han funcionado en Europa o Estados Unidos.

En la región, el asistencialismo ha sido siempre nefasto para la democracia, la institucionalidad y el Estado de derecho. En tal sentido, la amenaza populista o neopopulista trasciende al debate izquierda-derecha. Los regímenes populistas –civiles o militares, de izquierda o de derecha– se han consolidado justamente con prácticas antidemocráticas y abusando de programas clientelistas que carecen de un enfoque de desarrollo social que permita el real progreso de los grupos atendidos.

El Perú necesita que el próximo gobierno no incurra en prácticas inalcanzables, electoreras, cortoplacistas e inviables desde lo económico. Ambos candidatos requieren reconocer que les convendría mantener a distancia el populismo que puede colarse con sus propuestas.

A Humala se le viene criticando su discurso redistributivo y sus simpatías no deslindadas respecto a modelos asistencialistas como el de Chávez y sus seguidores. Keiko Fujimori ha defendido el gobierno de su padre que, entre otros rasgos populistas, ejerció un liderazgo personalista y paternalista, basado en el apoyo de masas desvalidas.

El país espera que los candidatos reconozcan que, así como no deben prometer lo que no podrán cumplir, tampoco pueden confundir la aplicación de políticas universales con medidas simplistas orientadas a cubrir las precariedades de grupos muy puntuales con fines electoreros.

No se trata de dejar de lado los programas sociales sino de reformarlos para que sean más equitativos, inclusivos y transparentes, y para que atiendan a los sectores que realmente los necesitan.

El presidente Alan García perdió una oportunidad histórica al no atender las propuestas para hacer eficientes los 26 programas sociales que hoy gestiona el Estado.

El Perú aplicó durante el gobierno de Alejandro Toledo la experiencia de Juntos, siguiendo el programa social Hambre Cero de Brasil, pero no se necesitaba solamente ampliar su cobertura –como hizo el régimen aprista– sino lograr que el Estado otorgase los servicios públicos básicos que venían aparejados con ese tipo de propuestas.

Keiko Fujimori y Ollanta Humala deben ser claros para explicar cómo generarán empleo de calidad y elevarán los ingresos de las familias, para lograr sacar de la pobreza y extrema pobreza a un importante sector del Perú. Esa es una tarea impostergable.

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Editorial de El Comercio