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(Editorial) No rompamos la cadena

No debe dificultarse que los proveedores de nuestro sector exportador realicen contratos temporales de trabajo

(Editorial) No rompamos la cadena

Recientemente, el Tribunal Constitucional (TC) sentenció que la única forma de que las empresas de exportación no tradicional puedan contratar de manera temporal a sus trabajadores es que cumplan con los requisitos legales exigidos (poseer un contrato explícito de exportación, órdenes de compra del extranjero y documentos que originen la exportación). Es decir, que pueda ser demostrado objetivamente que son exportadores.

Hasta ahí, todo es lógico. El problema del fallo, sin embargo, nace de su falta de claridad respecto a la situación en que quedarían las empresas proveedoras de insumos o servicios anexos a la cadena productiva del sector exportador, que hoy usan contratos de trabajo temporales. Concretamente, de la lectura literal del fallo podría desprenderse que cualquier empresa que utilice contratos temporales y que alegue hacerlo a raíz de la temporalidad de las campañas exportadoras tendría que poder justificarlo con los documentos antes mencionados. Lo que, desde luego, presenta un pequeño problema para los proveedores (de fertilizantes, de semillas, de insecticidas, de maquinarias, etc.) de nuestras exportadoras: como ellos no son quienes exportan, no producen los documentos propios de la exportación.

Ya hemos hablado antes de lo importante que resulta para el ‘boom’ de las agroexportaciones el régimen laboral especial que se les aplica, incluyendo, muy específicamente, los contratos temporales. En la agroexportación, por ejemplo, las necesidades de personal son eminentemente estacionales (hay ciclos naturales de preparación de la tierra, de siembra, de espera y de cosecha). Lo que hace, pues el contrato temporal es permitir al exportador gastar solo en la fuerza de trabajo que necesita y no tener que comprar a lo largo del año una serie de horas de trabajo para las que no tiene uso –es decir, para sus efectos, aire.

Obligar a alguien a comprar horas de trabajo que no necesita puede parecer “solidario” y bueno para los trabajadores que así ven garantizado un trabajo fijo. Pero se trata, en realidad, de una medida contraproducente. Todas las horas que el empresario se ve obligado a comprar a lo largo del año encarecen artificialmente (es decir, más allá de las necesidades reales de su producción) sus costos y, por tanto, reducen sus posibilidades de competir internacionalmente con productores de otros países que no tengan que pagar por meses de calentamiento de asientos que no les aportaran valor. Todo lo cual, naturalmente, tiene su repercusión en los márgenes que quedan para el empresario y, con ello, en los incentivos que existen para invertir – y contratar trabajadores– en un sector.

Pues bien, lo dicho se aplica tal cual a los proveedores de los exportadores, cuya producción, ventas y, consiguientemente, necesidad de fuerza laboral dependen, como es evidente, de los ciclos de aquellos. La misma razón, pues, que justifica los contratos temporales en los exportadores no tradicionales los justifica en sus proveedores: no forzarlos a comprar algo que no necesitan, castigando su competitividad y, por efecto dominó, la de los exportadores a los que proveen. Después de todo, proveedores y compradores son parte de una misma cadena productiva: a mayores costos para sus proveedores, mayores costos para los exportadores y peores precios para quienes les compran en el exterior.

Entonces, el TC debe aclarar su sentencia para que no le queden dudas a las autoridades laborales de que los contratos temporales son aplicables a los proveedores de la exportación no tradicional. Y debe hacerlo, entre otras cosas, por el bien de los trabajadores del sector. Al fin y al cabo, si en los valles de nuestra agroexportación lo jornales promedio en época de demanda alta han pasado de S/.18 en el 2000 a S/.33 en el 2012 (habiendo cada vez más fundos que tienen que pagar hasta S/.50 en tiempo de cosecha), ello no ha sido por efecto de ninguna protección laboral. Ha sido más bien porque, en gran parte gracias al régimen laboral flexible que tiene, en la última década se han multiplicado por seis nuestras exportaciones no tradicionales y, consiguientemente, el número de las empresas que existen en ese sector compitiendo por trabajadores. No hay, en suma, motivo para empezar a obstaculizar ahora este camino despejado por el que han venido pasando tantas cosas buenas.

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Editorial de El Comercio