23 de abril del 2014 21 °C

(Editorial) ¿Orden vs. democracia?

La percepción de inseguridad pone en riesgo la legitimidad democrática

(Editorial) ¿Orden vs. democracia?

Antes de 1970, los pasajeros de las líneas aéreas abordaban los aviones sin atravesar por mayores controles de seguridad. El miedo generado por los secuestros aéreos de esa última década, sin embargo, llevó a que se tolere que el Gobierno implemente puntos de control donde se revisaba los objetos personales de los viajeros. Durante los siguientes años, el incremento del contrabando y del narcotráfico condujo a que se permita al Estado realizar verificaciones cada vez más estrictas e intrusivas, como que se palpe el cuerpo de las personas para detectar sustancias y artículos prohibidos. Los atentados del 11 de setiembre del 2001, como se sabe, llevaron esta situación al límite y hoy, antes de abordar, no solo tenemos que hacer una fila donde se nos ordena quitarnos los zapatos para pasar por un detector de metales. Además, en varios países los oficiales de seguridad tienen la potestad de llevar a los pasajeros a un cuarto, desnudarlos e incluso realizar lo que muy técnicamente se denomina un “registro de cavidades corporales”.

Es una sola palabra la que ha llevado a los ciudadanos de tantas naciones a permitir que el gobierno se entrometa de esa manera en sus libertades: miedo. El miedo que produce el crimen.

Esto no es cosa nueva y no se limita ni a los aeropuertos ni a los derechos que en ellos hemos dejado. La historia está llena de pueblos que han entregado sus libertades a algún dictador que a cambio les ofreció seguridad (y de filósofos que, como Hobbes en su “Leviatán”, han buscado justificarlos). El ejemplo que más fresco deberíamos tener los peruanos es el de Fujimori. Buena parte de nuestra sociedad toleró su gobierno autocrático bajo el pretexto de que él encarnaba la “mano dura” que trajo la “paz” y el “orden” al liberarnos del terrorismo. Esta es una piedra con la que a toda nación le es fácil tropezar.

Por ello deberían preocuparnos los resultados de la encuesta del Barómetro de las Américas 2012 aplicada en los 26 países del continente. Según ella, el Perú es el país donde la percepción de inseguridad es más alta y es el segundo país en victimización por delincuencia (es decir, el hecho de haber sido víctima de un acto delictivo durante el último año). Esto podría ser el germen de un movimiento ciudadano dispuesto a entregar nuestras libertades a una alternativa autoritaria a cambio de la seguridad que el gobierno democrático parece no poder garantizar.

Otros resultados de la misma encuesta, por lo menos, parecieran soportar esta hipótesis. El Perú aparece en los últimos lugares en lo que se refiere a apoyo a la democracia y satisfacción con ella. Solo Bolivia, Guatemala y Honduras tienen un índice más bajo que el nuestro en esta variable. Y lo propio ocurre con el porcentaje de apoyo al Estado de derecho, que solo recibe un menor soporte ciudadano en Trinidad y Tobago, Ecuador y Bolivia. Paralelamente, el índice de ‘tolerancia política’ viene descendiendo apreciablemente de un 56,6 el 2006 a un 43,8 el 2012 y quienes estarían de acuerdo con un golpe militar suman la escalofriante cifra de 46,7%, la más alta de las Américas.

Nuestro Estado, lamentablemente, está muy lejos de revertir esta situación y generar un clima de paz y orden. La policía y el Poder Judicial aparecen invariablemente, en todas las encuestas, como las instituciones menos confiables o más corruptas, junto con el Congreso y los partidos políticos. Y a esto hay que sumarle la percepción general de corrupción, donde el Perú ocupa el séptimo lugar de América (aunque hay que reconocer cierta mejora relativa, pues ocupábamos el tercer lugar en el 2010).

El gobierno del presidente Humala tiene la urgente necesidad de convertirse en garante de la seguridad y de la justicia. No solo porque es su obligación constitucional proteger a los ciudadanos, sino porque ello es una vía de cerrarle el paso a eventuales iniciativas autoritarias. De continuar en la situación actual, que no quepa duda, arriesgamos a nuestra democracia a que le suceda lo mismo que al pobre viajero que termina en el cuarto de seguridad del aeropuerto.